MUÑECAS
A veces hay historias que uno escucha por ahí, y que resultan de tal manera significativas, que uno no tiene cómo deshacerse de ella, aunque tampoco se sepa muy bien cómo plasmarlas. Por lo tanto, se podría decir que esto es apenas un intento, un bosquejo de algo que busco, que lo tengo frente a mis narices y que me ha partido la cabeza en varias ocasiones, en tentativas que se han ido multiplicando con el tiempo. Hoy encontré no uno, si no dos manuscritos a medio terminar que intentaban narrar la historia que contaré, y para la que siempre he tenido en mente el título de “Muñecas”. Pues bien, la historia comienza aquí:
Íbamos con Duarte al mismo pub en donde habíamos visto quedarse dormido en la taza, con la mierda desparramada, a aquel adorable curado que se lo quería meter a un perro. Nos encontramos con Kathy, la novia de Duarte, y un par de amigas de Kathy con las que nos veníamos juntando desde hacía un rato. Siempre quedábamos los viernes por la tarde, después de las siete u ocho de la noche. En el local ya nos conocían, y éramos de los privilegiados que dejábamos los bolsos y chaquetas dentro de una trastienda al fondo de la barra, podíamos servirnos solos y cancelarnos nosotros mismos en la caja, o incluso pedir alguna cerveza al lápiz de vez en cuando. Ahora era un cumpleaños, el de una de las amigas de Kathy, una chica morena y de ojos grandes llamada Magali. Pololeaba con un tipo llamado Guillermo, que no se encontraba en ese momento. La otra amiga era Carola, una chica que había terminado hacía poco con su novio de años, y que aún se encontraba resentida por ello. Ellas ya estaban allá cuando llegamos con Duarte, directo desde Conchalí. Para variar un poco, pasamos a comprar un par de porros y ya íbamos bien volados. A Duarte se le notaban los ojos chicos, y tenía una sonrisa estúpida en la cara, que se amplificaba cuando su novia le decía cualquier cosa. Yo me senté frente a él, así las chicas nos rodearían. Las saludé a todas de beso en la cara, y felicité a la cumpleañera, dedicándole una sonrisa sincera. El tiempo comenzó a fluir con velocidad, la gente hablaba y reía y las botellas de cerveza comenzaban vaciarse. De pronto el tránsito de la gente por la calle comenzó a hacerse más activo y en un solo sentido. Debíamos haber llegado antes de las siete, pues a esa hora debían llegar los internos que ocupaban el Centro de Reclusión Nocturna (¡vaya nombre para una cárcel!), y que estaba a menos de una cuadra hacia el oriente. Se me ocurrió que sería un lindo gesto regalarle un cigarro a uno de los presos, al primero que pasara o que se detuviera frente a la reja que separaba la terraza de la vereda. Llamé a un par de tipos que no me pescaron, pero el tercero se paró en la reja. Le ofrecí una cajetilla de cigarros que andaba trayendo desde hacía un rato, y se lo extendí por entre las mallas metálicas. “Compadre, para que palee un poco el aburrimiento”. “Gracias, hermano”. Tenía pinta de hippie, con una polera multicolor, unos pantalones de hilo café, zapatos de gamuza y un morral tejido que llevaba a su costado. Sus ropas estaban sucias, avejentadas, llevaba una gruesa barba y el pelo hecho dreadlocks, su rostro parecía muy viejo, con grandes surcos que lo volvían más expresivo. Olía como el demonio, pero me dio un sincero apretón de manos, y me dijo “gracias, hermano, hoy es mi cumpleaños y es el primer regalo que recibo”. Todos quedamos perplejos, le di la cajetilla entera y el tipo se fue corriendo ansioso, como si hubiera recibido un enorme premio y tuviera compulsión por cobrarlo, o como un niño al que se le regala un dulce y quisiera compartirlo con sus amigos.
- Eso fue lindo –me dijo Carola.
- Sólo fue una cajetilla, yo puedo comprarme otra.
- Ése no es el punto. La cosa es que nadie más se había dado cuenta de que pasaban, y menos se preguntaban quiénes serían aquellos tipos.
- Todos saben quiénes son.
- Yo no, no tenía idea –replicó Carola.
- Yo tampoco –dijo Kathy, abrazada a Duarte, que seguía con un vaso pegado a su mano.
- Bueno, ahora lo saben. Eso no cambia mucho las cosas. Nosotros seguimos aquí, ellos siguen teniendo que venir cada noche.
- Pero ese tipo te dio la mano, y era su cumpleaños –dijo Carola.
- Pudo estar mintiendo.
- Eso no es importante, a lo mejor es el primer regalo que recibe en meses. Además, está de cumpleaños el mismo día que Magali.
- Bueno, salud por eso –levanté mi vaso y los demás siguieron el ejemplo. Quise olvidar la situación, no darle tanta importancia, pero no pude dejar de sonreír sólo por un instante.
- Eso me recuerda otra historia, también en un cumpleaños –dijo Magali.
- A ver, cuéntala.
- No, es muy triste.
- Ya pues, cómo no la vas a contar, si ya empezaste.
- No, es que de verdad es triste.
- Cuéntala. Después estaremos tan ebrios que ni nos acordaremos –no fue mi mejor argumento. Me sentí bastante huevón, pero ella se rió.
- Bueno… aquí va.
Una amiga suya, Fernanda, tenía una hija que estaba a punto de cumplir cinco años. Como era todo un evento para la pequeña, la madre organizó una fiesta casi a regañadientes, pues trabajaba duramente por un sueldo mísero, y sólo tenía un par de piezas que arrendaba en un cité del centro. La niña se llamaba Violeta, y se habían visto con Magali varias veces, debido a que Fernanda iba con cierta regularidad a contarle sus dramas, y no podía dejar a la pequeña sola. Después de un tiempo, Violeta comenzó a jugar con Magali, y se habían hecho muy amigas, así que se podía decir que la invitación era directa de parte de la festejada. Magali se perdió antes de llegar a la fiesta, pues nunca había ido a casa de Fernanda, y Violeta había hecho notar esta situación, decidida a que cambiara, y le dijo a su madre un argumento que no pudo rechazar para la fiesta: nunca volvería a tener cinco años. Bastó un llamado por celular para que Fernanda saliera a buscar a la perdida, y la llevara por el espeso barrial que se formaba en la estrechez del cité, luego de atravesar un enorme portón negro que separaba al interior de la calle. Era un camino oscuro, además, incluso de día no llegaba la luz del sol. Así que el lugar era húmedo y frío en invierno, y asfixiante en el verano. En las dos piezas había música, un par de adultos sentados en los sillones bebiendo pisco sour, y varios niños jugando alrededor, con sombreros de colores en sus cabezas, y serpentinas y challas que colgaban de las paredes. Magali saludó a los grandes, que parecían estar muy cansados de quizás qué.
- Oye, tu casa está linda –dijo Magali. Lo decía en serio, aunque no podía obviar el hecho de que era un sitio muy pobre.
- Gracias, pero no es tanto. No me gusta vivir aquí, lo hago porque no tengo otro lugar. Mira, acá –se paró frente a ella en la misma habitación, y mostró todo lo que la rodeaba- está la cocina y el living-comedor, todo en uno. El baño está afuera, a mano derecha, te aviso al tiro por si te da por ir.
- ¿Y el dormitorio?
- Está por acá –la llevó hacia la derecha y cruzaron una puerta emplazada en un delgado tabique que servía de separación. El dormitorio era mucho más oscuro que el living. Había una cama de dos plazas, un velador y una mesita pequeña con libros y útiles escolares, además de mucha ropa tirada por ahí y algunas cosas que la oscuridad ocultaba-. Acá dormimos las dos con la Violeta.
- ¿Y dónde está ella?
- Por ahí debe andar, jugando. La saludas cuando volvamos.
- Quiero entregarle el regalo.
- Despreocúpate, le llegaron hartos regalos, así que todavía los está inspeccionando y mostrándoselo a sus amigos.
- ¿Esa muñeca también? –preguntó, apuntando a una enorme muñeca que estaba guardada en una caja sobre la cama, sobre una estantería, y que se hizo visible cuando Magali se acostumbró a la oscuridad.
- No, ésa se la regalaron hace rato.
- Pero es preciosa, mírala, qué linda. Parece una niña de verdad.
- Lo sé. Se la regalaron cuando nació, un amigo que yo tenía en esa época, y que lo he visto muy poco después de que terminé con Carlos.
- ¿O sea que hace cinco años que la tienes ahí?
- Sí, la Violeta me ha pedido que la saque, pero no he querido hacerlo. Siempre ha estado en la caja.
- Pero huevona, cómo no se la pasas. Hace cinco años que la tienes ¿Por qué no se la pasas para que juegue un rato?
- No se la paso porque… chucha, qué fuerte decir esto… no se la he pasado nunca porque es lo más caro que hay en la casa…
Magali no supo qué decir. Era una idea tan compleja concebir la pobreza así, mirarla así. Sólo se quedó mirando a su amiga, sin poder decirle nada. Sentía los ojos llorosos, pero no quiso soltar ni una lágrima, era el cumpleaños de Violeta.
- ¿Por qué no la sacas? Un momento, para que juegue con ella.
- Pero son cinco años, es lo más caro que tengo
- Es el cumpleaños de tu hija. Ella misma lo dijo, no volverá a tener cinco años.
Aquel maldito argumento le volvió a pegar de manera irrefutable. Fernanda no tuvo otra opción más que bajar la muñeca con caja y todo, llamar a su hija, que corría entrando y saliendo con regularidad de la casa, mientras sacaba con sigilo a la muñeca del envase. Cuando Violeta escuchó su nombre y advirtió que estaba Magali, partió corriendo a darle un fuerte abrazo a sus piernas. Llevaba un vestido blanco, con vuelos y una gran faja púrpura que le daba la vuelta a su panza y que estaba amarrada en su espalda, además de medias blancas y zapatos morados. Unas bellas alas de angelito estaban adosadas a sus hombros, y todo era complementado con un cintillo de la misma tela que llevaba en la barriga. Se veía hermosa.
- ¡Hola, tía Magali!
- Hola, mi amor, feliz cumpleaños. Mira, te traje un regalo –abrió su bolso y hurgó dentro, hasta que sacó un pequeño y hermoso paquete, que se lo entregó a la niña extendiendo su mano. Se había colocado de tal manera que la niña no podía ver lo que su madre hacía.
- ¡Gracias, tía! ¿Qué es?
- Tendrás que verlo solita, porque no te quiero embarrar la sorpresa. Además, te tengo otro regalo.
- ¿En serio? ¿Y qué es?
Entonces Magali se hizo a un lado, y su madre le ofreció aquella inmensa muñeca rubia, que aún conservaba las pilas originales y que nunca había estado expuesta al aire, al polvo, a nada. Violeta miraba a la muñeca, como hipnotizada. Dio un paso muy breve, de manera que quedaron con las miradas enfrentadas. Violeta no decía nada, parecía congelada; extendió de pronto los brazos, y rodeó al juguete, lo abrazó con mucha fuerza, pero aún permanecía muda, al igual que la muñeca y su expresión estática. Magali miraba la escena esperando que algo ocurriera, pero Fernanda parecía casi tan inmóvil como su hija, aprisionadas sus manos en un agarrón mutuo, como si rezara. Finalmente, la niña dejó caer una lágrima por su rostro, y luego fue otra, y varias más les siguieron. Ninguna se movía. Sólo Violeta atinó a decir algo, que era lo más apropiado para ese momento, y que ninguna pudo haber dicho: “Feliz cumpleaños”. Y siguió abrazando a su muñeca.
Todos estábamos boquiabiertos. Era una historia preciosa, de verdad. Prometí que en algún momento la escribiría, y de eso han pasado ya unos cuantos años. Aún recuerdo la impresión que me produjo, y creo haberla contado unas cinco veces en algunos lugares. Pero nunca olvidaré que la escuché ahí por primera vez, el silencio producido y la sensación de querer abrazar a la pequeña y a su juguete. “Y en este momento todos lloran” dijo Duarte. Nos cagamos de la risa. Cuando dejamos de reir, alzamos los vasos de nuevo, e hicimos salud. “Feliz cumpleaños” repetimos todos, y nos quedamos en silencio unos cuantos minutos. Afuera, ya no pasaba ningún preso.
viernes, julio 10, 2009
miércoles, julio 08, 2009
XI.- ELLA
Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano…
Esto era distinto, sin lugar a dudas. Tenía la piel tensa, los brazos estirados, una sonrisa congelada en el rostro que no supe ni quise ocultar, y una expectativa enorme. Me lanzó una mirada indescifrable, de esas que dicen de todo en un solo segundo, cuando todo se cae a pedazos y uno se hace el loco intentando recomponer las cosas, pero entonces aquel caos instantáneo empieza a tener sentido, totalmente distinto, sin lugar a dudas. Algo así me ocurrió a mí, cuando Mario, mi primo, me dijo “¿Ves a la chica que va allá, con muletas? Ésa es tu hermana…”.
No sé si ocurrió así, pero creo que puedo imaginarlo, comprenderlo de ese modo. A lo mejor es pura ficción, pero qué importa. Todo esto me pregunto mientras escribo ahora, y capaz que todo pase piola como un cuento, aunque no faltará el que se pregunte si esto de verdad fue así. Si lo recuerdo, sonreiré, y pensaré en la palabra “quizás”. Pero en una de esas, puede que la historia haya comenzado con mi padre muy joven, aburriéndose hasta el hartazgo en Dichato, una pequeña bahía al norte de Concepción, pasando por Lirquén, Penco y Tomé. De hecho, él mismo comentó un par de veces que había un dicho a raíz de que en este último lugar, el lema del escudo municipal decía “Tomé es amor”, lo que era complementado con “Penco ternura y Dichato, cacha segura”. Es que en el lugar en donde vivía mi viejo su adolescencia, sólo había tres cosas divertidas de hacer: trabajar, beber y culear. Cansado ya de las tres cosas, se fue a la capital, buscando mejor pega, mejor carrete y mejores mujeres. Imagino que durante los primeros meses debió juntar el dinero suficiente para ir a ver a su mamá, mi abuela, quizás en un fin de semana largo. Lo que es seguro, es que mi viejo cambió el aserradero donde lo llevó mi abuelo a que trabajara para ayudar a sus hermanos, por una fábrica textil en donde trabajaba de noche y salía de la pega temprano en la mañana, listo para meterse al cine. Varias veces nos sacó pica a mi hermano y mí porque estuvo presente en el estreno de “El Padrino”, la primera función que dieron en Chile. Pero ahí, de vuelta por primera vez en la bahía, luego de que se fuera, sin plata en los bolsillos, pero con actitud canchera, invitaba a tomarse una pilsen a los amigos, los mismos que antes compartían laburo con él, al bar de la Rosita, que terminó casándose con uno de esos mismos amigos. Y entre chela y chela (que en esa época eran de a 600 cc., pero que venían en cajas de madera de a veinticuatro), se le acercó la polola que había dejado atrás, y le dijo al oído, como coqueteando, “vamos a tener un hijo”, y algo duro y frío bajó lentamente por la tráquea de papá. Igual que la primera vez que se fue, cuando regresó a Santiago lo hizo sin despedirse, excepto de la abuela.
Andábamos los tres en esas vacaciones: Pamela, Mario, y yo. Ella era mi polola de entonces, y él, mi primo. Lástima que después de un tiempo, no volveríamos a reunirnos nunca, pero eso es tema de otra historia. Pero en esa época, éramos inseparables, salíamos juntos a todos lados, ya fueran tocatas, carretes, conciertos, tomateras o cualquier cosa, y poco antes de estar ahí parados en la calle, Mario nos invitó a pasar los días del 18 de septiembre a Dichato, pues él había sido criado por la abuela, y para él ésa siempre había sido su casa. Así que partimos. Llegamos la mañana del 17, justo cuando inauguraban las fondas y ramadas. El pueblo no había recibido tantos visitantes, pero se notaba una cierta vibración producto de la actividad en las calles y en las playas, las hordas de borrachos impenitentes que estaban en su salsa. Con mi primo siempre hablábamos de Rita, mi hermana, y él ya me había dicho un par de veces que si se lo pedía, él me la presentaba. Yo estaba reticente a la idea, después de todo, ella era un tema tabú en mi familia, pues con mi padre tenían nula relación. Al menos, eso pensaba yo. Me inquietaba la posibilidad de encontrarme con ella, con algo que, quisiera o no, me había hecho falta en algún momento. Esa noche, los tres íbamos enfundados en nuestras chaquetas de cuero, y Rita apareció en la conversación.
- Pero dime, ¿qué pasa si ahora te encuentras con ella?
- No sé, huevón, no tengo idea. Capaz que la abrace, no sé. Lo más probable es que intentaría conversar con ella, pero no sé. Depende mucho de cómo nos aceptemos, o si eso no pasa eso último.
- ¿Cuántas veces hemos hablado de esto? Tú mismo me decías que querías conocerla.
- Sí, pero una cosa es que quiera hacerlo, y otra es la reacción que tenga ella. No quiero que se sienta invadida. A lo mejor ella no está ni ahí, y yo llego a molestarla.
- O a lo mejor no –replicó Pamela.
- A lo mejor no, pero igual pienso en ello, y me provoca cierta reticencia. No creo que para ella lo de mi viejo sea un tema cerrado. En una de esas me termina odiando a mí y a mi familia.
- No creo –interrumpió ella, de nuevo-. No tienes nada que perder. Tienes que confiar en ti, no más. Yo sé que lo tomarás de la mejor forma y que a ella la harás sentir cómoda.
Cómo quería creer en esas palabras.
Entonces, un día en la micro, el viejo sale de la pega, con el aire helado de la mañana, frotándose las manos y echando vapor por la boca, y toma asiento al lado de la ventana, de cara a la vereda, y se va mirando a la gente, el vuelo de las palomas, las nubes de algodón que se empinan por el borde de la cordillera nevada, la escarcha que claquea en las aguas estancadas, los autos veloces en la calzada. De pronto, una mujer se sienta a su lado, con un montón de bolsas plásticas llenas de cojines y retazos de tela, que a mi padre le encanta fabricar. Él observa las bolsas, e intenta mirar la cara de la mujer que lleva aquellas confecciones. Es linda, piensa, no es tan alta, es delgada, tiene el pelo negro y largo. Lleva unos lentes que le dan un aire interesante. Para no ser tan obvio, mi padre mira hacia la calle, en el momento en que la micro pasa frente al cine de Santa Lucía, el supercinerama. Dan la última de Clint Eastwood. “Podría bajarme y pasar a verla”, se dice. La mujer que va al lado se queda mirando el afiche en donde sale el actor ataviado de vaquero, con una enorme pistola en su mano, y murmura “ya la vendré a ver”, casi imperceptiblemente. Casi. Mi padre, como quien no quiere la cosa, le pregunta a ella “disculpa, ¿te gusta Clint Eastwood?”. “Claro”, responde ella, “me encanta”. “¿Te molestaría si te invito al cine? Soy admirador de Eastwood”. Ella sonrió. Esa misma tarde, se juntaron a ver la película. Seis meses después, se casaron. Hasta ahora permanecen juntos.
“¿Ves a la chica que va allá, con muletas? Ésa es tu hermana…”. Quedé de una pieza, como despertando de un sueño vívido. La recordaba de chico, no debo haber tenido más de cuatro o cinco años. Llevaba lentes, y colgaba ropa en el patio trasero de la casa de la abuela. Y ahora, está allí, cerca, salgo detrás de ella, corriendo entre la gente. La pierdo un instante, pero de pronto aparece junto a mí, casi tocando mi brazo. Está hablando con alguien más. No soy más que nervios, un montón de temblores que se mueve con lentitud, con miedo. No sé qué mierda pasará, pero lo hago, sin pensarlo mucho toco su hombro, y le digo “¿Rita?”, y ella se me queda mirando como si esperara a que yo le refresque la memoria, que mi cara cuadre en su memoria con la de un amigo o con la de alguien que conoció por ahí, con un nombre, o algo. “Soy el Capitán”. “¿Quién?”, me dice. Yo, tu hermano.
Mi madre llora. No puede con esto, es mucho para ella, tal revelación. Mi padre corre detrás de ella, la voltea con un rápido giro de su brazo, y la abraza, en un intento desesperado para que no se vaya, que se quede ahí, para escuchar lo que tiene que decir. “Sí, tengo una hija. Quería que lo supieras por mí, y que lo supieras antes de, no sé, antes de pensar en algo más importante”. “¿Más importante? ¿y qué puede ser más importante que una hija?”. Hubo un largo silencio, como una navaja. Entonces, así abrazados en medio del caos, se lo dijo: “Tuve que viajar seiscientos kilómetros, venirme desde el mar hasta la ciudad, tomar una micro y escucharte decir que querías ver una película de Clint Eastwood para darme cuenta de que era a ti a la mujer que estaba buscando. No volveré a conocer a nadie más como tú, de eso estoy seguro. Eres lo más importante que ha ocurrido en mi vida, y por eso mismo quiero que seas mi mujer, con todas las de la ley. Puedes pedirme lo que sea, lo cumpliré con tal de ser tu marido”. Ella lloraba. Iba a decir que sí, pero una enorme pregunta se cruzó en su camino. “¿Cualquier cosa?”.
Fuimos a la playa caminando. Debíamos conversar, ponernos al día, conocernos. Ella estaba pololeando, y mi primo conocía al loco. Hicimos buenas migas entre todos al tiro. Nos sentamos un momento en la arena, con el reflejo de la luna quebrado sobre el calmo mar de la bahía. Prendimos un caño y lo fumamos en comunidad. Después de un rato, los otros se fueron y nos dejaron solos con Rita.
- ¿Cómo se siente andar en muletas?
- No sé cómo describirlo, para mí es caminar, no más. Siempre ha sido así –el sonido de las olas no calmaba el silencio. Prendí un cigarro y le ofrecí otro a ella-. ¿Cómo es tu papá? O sea, es papá de ambos, pero para mí no ha sido eso, tú y tu hermano saben cómo es…
- No sé cómo describirlo. Dicen que nos parecemos, pero yo no heredé su carácter. Creo que es un tipo fuerte, pero a veces eso mismo lo traiciona un poco, y continúa siempre más por porfía que por gusto. No sé si me entiendes. Es extraño hablarte de él, tú eres la mayor, se supone.
- Sí, pero nunca estuvo conmigo, excepto algunas veces que lo vi cuando vino para acá. Pero no es lo mismo verlo todos los días a que te lo encuentres en la panadería cada seis meses. Cuando me lo encuentro, siempre lo noto nervioso, sé que soy algo incómodo para él.
- Él no tiene la culpa, creo. ¿Sabes? Siempre quise tener una hermana, pero no se habla de ti en la casa. A veces creo que por esa misma razón siempre quise una, pero no llegó. Mi madre perdió un embarazo hace unos años, nosotros nos ilusionamos todos. Algo pasó, y a mi mamá la tuvieron que intervenir. No sé si tenga relación, pero a lo mejor ella nunca quiso una niña. Sé que es tonto pensar así, pero siempre he culpado a mi mamá de no haberte conocido.
- ¿Ella? Según mi mamá, él se fue a Santiago.
- Claro, pero igual creo que se fue para poder entregarte algo mejor. Pero conoció a mi mamá, y hasta donde sé, como condición para que se casaran, ella le pidió que no te viera nunca más.
No fue así, la verdad. Años después, me enteraría de que mi madre le solicitó no descuidar a los potenciales hijos que tendrían en conjunto, por darle preferencia a Rita. Mi padre, en consecuencia a él mismo, optó por la negación completa. No quiso volver a verla, ni hablarle, ni mencionarla. Nunca contó sus encuentros en Dichato, ni lo que se decían, ni qué le provocaba el verla. Él optó por otro camino, por continuar, casarse con mi madre, y darnos la mejor vida que podríamos vivir. De eso no hay duda, mi padre siempre trabajó para mantenernos, y mi madre igual. Creo que lejos de olvidarla, la imagen de Rita lo perseguía siempre, y por ello se deslomaba por nosotros.
- Me acuerdo de ti, yo estaba chico, y tú colgabas ropa allá arriba, en la casa de la abuela. Eras más alta que yo, llevabas un vestido blanco, tú tendías una sábana o una toalla, el campo estaba verde, así que debía ser septiembre, como ahora. Te empinabas para pasar la tela por sobre el alambre. Pero hay algo que no me cuadra: llevabas lentes
- Nunca he usado lentes. Sólo las muletas.
- No es que quiera confundirte, pero así es como mi mente te recordaba. Eras distinta. Ahora creo que te pareces a una compañera de curso con la que me llevo bastante bien, así que no fue tan difícil aceptar tu cara.
- Bueno, si te llevas bien con ella, supongo que podrás llevarte bien conmigo. Llamemos a los chicos para que entremos a la fonda.
La seguí. Ya habíamos conversado durante largo rato. Cuando los demás volvieron, los abracé. Nos fuimos todos hacia la fonda, donde no había que pagar entrada. Había que festejar este encuentro, la reunión viva de una fractura. Es el tipo de alegría que nos llega una o dos veces en la vida. Así que nos emborrachamos en conjunto, reímos, hablamos, nos abrazamos y bailamos hasta cansarnos, incluso Rita, incluso yo que no bailo nunca. Pero bailamos, y cantamos, y celebramos. Por ella, por mí, por mi hermano, por mi padre, por nuestros padres, por todos, por siempre. Y siempre.
Hasta siempre.
Esto era distinto, sin lugar a dudas. Tenía la piel tensa, los brazos estirados, una sonrisa congelada en el rostro que no supe ni quise ocultar, y una expectativa enorme. Me lanzó una mirada indescifrable, de esas que dicen de todo en un solo segundo, cuando todo se cae a pedazos y uno se hace el loco intentando recomponer las cosas, pero entonces aquel caos instantáneo empieza a tener sentido, totalmente distinto, sin lugar a dudas. Algo así me ocurrió a mí, cuando Mario, mi primo, me dijo “¿Ves a la chica que va allá, con muletas? Ésa es tu hermana…”.
No sé si ocurrió así, pero creo que puedo imaginarlo, comprenderlo de ese modo. A lo mejor es pura ficción, pero qué importa. Todo esto me pregunto mientras escribo ahora, y capaz que todo pase piola como un cuento, aunque no faltará el que se pregunte si esto de verdad fue así. Si lo recuerdo, sonreiré, y pensaré en la palabra “quizás”. Pero en una de esas, puede que la historia haya comenzado con mi padre muy joven, aburriéndose hasta el hartazgo en Dichato, una pequeña bahía al norte de Concepción, pasando por Lirquén, Penco y Tomé. De hecho, él mismo comentó un par de veces que había un dicho a raíz de que en este último lugar, el lema del escudo municipal decía “Tomé es amor”, lo que era complementado con “Penco ternura y Dichato, cacha segura”. Es que en el lugar en donde vivía mi viejo su adolescencia, sólo había tres cosas divertidas de hacer: trabajar, beber y culear. Cansado ya de las tres cosas, se fue a la capital, buscando mejor pega, mejor carrete y mejores mujeres. Imagino que durante los primeros meses debió juntar el dinero suficiente para ir a ver a su mamá, mi abuela, quizás en un fin de semana largo. Lo que es seguro, es que mi viejo cambió el aserradero donde lo llevó mi abuelo a que trabajara para ayudar a sus hermanos, por una fábrica textil en donde trabajaba de noche y salía de la pega temprano en la mañana, listo para meterse al cine. Varias veces nos sacó pica a mi hermano y mí porque estuvo presente en el estreno de “El Padrino”, la primera función que dieron en Chile. Pero ahí, de vuelta por primera vez en la bahía, luego de que se fuera, sin plata en los bolsillos, pero con actitud canchera, invitaba a tomarse una pilsen a los amigos, los mismos que antes compartían laburo con él, al bar de la Rosita, que terminó casándose con uno de esos mismos amigos. Y entre chela y chela (que en esa época eran de a 600 cc., pero que venían en cajas de madera de a veinticuatro), se le acercó la polola que había dejado atrás, y le dijo al oído, como coqueteando, “vamos a tener un hijo”, y algo duro y frío bajó lentamente por la tráquea de papá. Igual que la primera vez que se fue, cuando regresó a Santiago lo hizo sin despedirse, excepto de la abuela.
Andábamos los tres en esas vacaciones: Pamela, Mario, y yo. Ella era mi polola de entonces, y él, mi primo. Lástima que después de un tiempo, no volveríamos a reunirnos nunca, pero eso es tema de otra historia. Pero en esa época, éramos inseparables, salíamos juntos a todos lados, ya fueran tocatas, carretes, conciertos, tomateras o cualquier cosa, y poco antes de estar ahí parados en la calle, Mario nos invitó a pasar los días del 18 de septiembre a Dichato, pues él había sido criado por la abuela, y para él ésa siempre había sido su casa. Así que partimos. Llegamos la mañana del 17, justo cuando inauguraban las fondas y ramadas. El pueblo no había recibido tantos visitantes, pero se notaba una cierta vibración producto de la actividad en las calles y en las playas, las hordas de borrachos impenitentes que estaban en su salsa. Con mi primo siempre hablábamos de Rita, mi hermana, y él ya me había dicho un par de veces que si se lo pedía, él me la presentaba. Yo estaba reticente a la idea, después de todo, ella era un tema tabú en mi familia, pues con mi padre tenían nula relación. Al menos, eso pensaba yo. Me inquietaba la posibilidad de encontrarme con ella, con algo que, quisiera o no, me había hecho falta en algún momento. Esa noche, los tres íbamos enfundados en nuestras chaquetas de cuero, y Rita apareció en la conversación.
- Pero dime, ¿qué pasa si ahora te encuentras con ella?
- No sé, huevón, no tengo idea. Capaz que la abrace, no sé. Lo más probable es que intentaría conversar con ella, pero no sé. Depende mucho de cómo nos aceptemos, o si eso no pasa eso último.
- ¿Cuántas veces hemos hablado de esto? Tú mismo me decías que querías conocerla.
- Sí, pero una cosa es que quiera hacerlo, y otra es la reacción que tenga ella. No quiero que se sienta invadida. A lo mejor ella no está ni ahí, y yo llego a molestarla.
- O a lo mejor no –replicó Pamela.
- A lo mejor no, pero igual pienso en ello, y me provoca cierta reticencia. No creo que para ella lo de mi viejo sea un tema cerrado. En una de esas me termina odiando a mí y a mi familia.
- No creo –interrumpió ella, de nuevo-. No tienes nada que perder. Tienes que confiar en ti, no más. Yo sé que lo tomarás de la mejor forma y que a ella la harás sentir cómoda.
Cómo quería creer en esas palabras.
Entonces, un día en la micro, el viejo sale de la pega, con el aire helado de la mañana, frotándose las manos y echando vapor por la boca, y toma asiento al lado de la ventana, de cara a la vereda, y se va mirando a la gente, el vuelo de las palomas, las nubes de algodón que se empinan por el borde de la cordillera nevada, la escarcha que claquea en las aguas estancadas, los autos veloces en la calzada. De pronto, una mujer se sienta a su lado, con un montón de bolsas plásticas llenas de cojines y retazos de tela, que a mi padre le encanta fabricar. Él observa las bolsas, e intenta mirar la cara de la mujer que lleva aquellas confecciones. Es linda, piensa, no es tan alta, es delgada, tiene el pelo negro y largo. Lleva unos lentes que le dan un aire interesante. Para no ser tan obvio, mi padre mira hacia la calle, en el momento en que la micro pasa frente al cine de Santa Lucía, el supercinerama. Dan la última de Clint Eastwood. “Podría bajarme y pasar a verla”, se dice. La mujer que va al lado se queda mirando el afiche en donde sale el actor ataviado de vaquero, con una enorme pistola en su mano, y murmura “ya la vendré a ver”, casi imperceptiblemente. Casi. Mi padre, como quien no quiere la cosa, le pregunta a ella “disculpa, ¿te gusta Clint Eastwood?”. “Claro”, responde ella, “me encanta”. “¿Te molestaría si te invito al cine? Soy admirador de Eastwood”. Ella sonrió. Esa misma tarde, se juntaron a ver la película. Seis meses después, se casaron. Hasta ahora permanecen juntos.
“¿Ves a la chica que va allá, con muletas? Ésa es tu hermana…”. Quedé de una pieza, como despertando de un sueño vívido. La recordaba de chico, no debo haber tenido más de cuatro o cinco años. Llevaba lentes, y colgaba ropa en el patio trasero de la casa de la abuela. Y ahora, está allí, cerca, salgo detrás de ella, corriendo entre la gente. La pierdo un instante, pero de pronto aparece junto a mí, casi tocando mi brazo. Está hablando con alguien más. No soy más que nervios, un montón de temblores que se mueve con lentitud, con miedo. No sé qué mierda pasará, pero lo hago, sin pensarlo mucho toco su hombro, y le digo “¿Rita?”, y ella se me queda mirando como si esperara a que yo le refresque la memoria, que mi cara cuadre en su memoria con la de un amigo o con la de alguien que conoció por ahí, con un nombre, o algo. “Soy el Capitán”. “¿Quién?”, me dice. Yo, tu hermano.
Mi madre llora. No puede con esto, es mucho para ella, tal revelación. Mi padre corre detrás de ella, la voltea con un rápido giro de su brazo, y la abraza, en un intento desesperado para que no se vaya, que se quede ahí, para escuchar lo que tiene que decir. “Sí, tengo una hija. Quería que lo supieras por mí, y que lo supieras antes de, no sé, antes de pensar en algo más importante”. “¿Más importante? ¿y qué puede ser más importante que una hija?”. Hubo un largo silencio, como una navaja. Entonces, así abrazados en medio del caos, se lo dijo: “Tuve que viajar seiscientos kilómetros, venirme desde el mar hasta la ciudad, tomar una micro y escucharte decir que querías ver una película de Clint Eastwood para darme cuenta de que era a ti a la mujer que estaba buscando. No volveré a conocer a nadie más como tú, de eso estoy seguro. Eres lo más importante que ha ocurrido en mi vida, y por eso mismo quiero que seas mi mujer, con todas las de la ley. Puedes pedirme lo que sea, lo cumpliré con tal de ser tu marido”. Ella lloraba. Iba a decir que sí, pero una enorme pregunta se cruzó en su camino. “¿Cualquier cosa?”.
Fuimos a la playa caminando. Debíamos conversar, ponernos al día, conocernos. Ella estaba pololeando, y mi primo conocía al loco. Hicimos buenas migas entre todos al tiro. Nos sentamos un momento en la arena, con el reflejo de la luna quebrado sobre el calmo mar de la bahía. Prendimos un caño y lo fumamos en comunidad. Después de un rato, los otros se fueron y nos dejaron solos con Rita.
- ¿Cómo se siente andar en muletas?
- No sé cómo describirlo, para mí es caminar, no más. Siempre ha sido así –el sonido de las olas no calmaba el silencio. Prendí un cigarro y le ofrecí otro a ella-. ¿Cómo es tu papá? O sea, es papá de ambos, pero para mí no ha sido eso, tú y tu hermano saben cómo es…
- No sé cómo describirlo. Dicen que nos parecemos, pero yo no heredé su carácter. Creo que es un tipo fuerte, pero a veces eso mismo lo traiciona un poco, y continúa siempre más por porfía que por gusto. No sé si me entiendes. Es extraño hablarte de él, tú eres la mayor, se supone.
- Sí, pero nunca estuvo conmigo, excepto algunas veces que lo vi cuando vino para acá. Pero no es lo mismo verlo todos los días a que te lo encuentres en la panadería cada seis meses. Cuando me lo encuentro, siempre lo noto nervioso, sé que soy algo incómodo para él.
- Él no tiene la culpa, creo. ¿Sabes? Siempre quise tener una hermana, pero no se habla de ti en la casa. A veces creo que por esa misma razón siempre quise una, pero no llegó. Mi madre perdió un embarazo hace unos años, nosotros nos ilusionamos todos. Algo pasó, y a mi mamá la tuvieron que intervenir. No sé si tenga relación, pero a lo mejor ella nunca quiso una niña. Sé que es tonto pensar así, pero siempre he culpado a mi mamá de no haberte conocido.
- ¿Ella? Según mi mamá, él se fue a Santiago.
- Claro, pero igual creo que se fue para poder entregarte algo mejor. Pero conoció a mi mamá, y hasta donde sé, como condición para que se casaran, ella le pidió que no te viera nunca más.
No fue así, la verdad. Años después, me enteraría de que mi madre le solicitó no descuidar a los potenciales hijos que tendrían en conjunto, por darle preferencia a Rita. Mi padre, en consecuencia a él mismo, optó por la negación completa. No quiso volver a verla, ni hablarle, ni mencionarla. Nunca contó sus encuentros en Dichato, ni lo que se decían, ni qué le provocaba el verla. Él optó por otro camino, por continuar, casarse con mi madre, y darnos la mejor vida que podríamos vivir. De eso no hay duda, mi padre siempre trabajó para mantenernos, y mi madre igual. Creo que lejos de olvidarla, la imagen de Rita lo perseguía siempre, y por ello se deslomaba por nosotros.
- Me acuerdo de ti, yo estaba chico, y tú colgabas ropa allá arriba, en la casa de la abuela. Eras más alta que yo, llevabas un vestido blanco, tú tendías una sábana o una toalla, el campo estaba verde, así que debía ser septiembre, como ahora. Te empinabas para pasar la tela por sobre el alambre. Pero hay algo que no me cuadra: llevabas lentes
- Nunca he usado lentes. Sólo las muletas.
- No es que quiera confundirte, pero así es como mi mente te recordaba. Eras distinta. Ahora creo que te pareces a una compañera de curso con la que me llevo bastante bien, así que no fue tan difícil aceptar tu cara.
- Bueno, si te llevas bien con ella, supongo que podrás llevarte bien conmigo. Llamemos a los chicos para que entremos a la fonda.
La seguí. Ya habíamos conversado durante largo rato. Cuando los demás volvieron, los abracé. Nos fuimos todos hacia la fonda, donde no había que pagar entrada. Había que festejar este encuentro, la reunión viva de una fractura. Es el tipo de alegría que nos llega una o dos veces en la vida. Así que nos emborrachamos en conjunto, reímos, hablamos, nos abrazamos y bailamos hasta cansarnos, incluso Rita, incluso yo que no bailo nunca. Pero bailamos, y cantamos, y celebramos. Por ella, por mí, por mi hermano, por mi padre, por nuestros padres, por todos, por siempre. Y siempre.
Hasta siempre.
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