miércoles, julio 08, 2009

XI.- ELLA

Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano…

Esto era distinto, sin lugar a dudas. Tenía la piel tensa, los brazos estirados, una sonrisa congelada en el rostro que no supe ni quise ocultar, y una expectativa enorme. Me lanzó una mirada indescifrable, de esas que dicen de todo en un solo segundo, cuando todo se cae a pedazos y uno se hace el loco intentando recomponer las cosas, pero entonces aquel caos instantáneo empieza a tener sentido, totalmente distinto, sin lugar a dudas. Algo así me ocurrió a mí, cuando Mario, mi primo, me dijo “¿Ves a la chica que va allá, con muletas? Ésa es tu hermana…”.

No sé si ocurrió así, pero creo que puedo imaginarlo, comprenderlo de ese modo. A lo mejor es pura ficción, pero qué importa. Todo esto me pregunto mientras escribo ahora, y capaz que todo pase piola como un cuento, aunque no faltará el que se pregunte si esto de verdad fue así. Si lo recuerdo, sonreiré, y pensaré en la palabra “quizás”. Pero en una de esas, puede que la historia haya comenzado con mi padre muy joven, aburriéndose hasta el hartazgo en Dichato, una pequeña bahía al norte de Concepción, pasando por Lirquén, Penco y Tomé. De hecho, él mismo comentó un par de veces que había un dicho a raíz de que en este último lugar, el lema del escudo municipal decía “Tomé es amor”, lo que era complementado con “Penco ternura y Dichato, cacha segura”. Es que en el lugar en donde vivía mi viejo su adolescencia, sólo había tres cosas divertidas de hacer: trabajar, beber y culear. Cansado ya de las tres cosas, se fue a la capital, buscando mejor pega, mejor carrete y mejores mujeres. Imagino que durante los primeros meses debió juntar el dinero suficiente para ir a ver a su mamá, mi abuela, quizás en un fin de semana largo. Lo que es seguro, es que mi viejo cambió el aserradero donde lo llevó mi abuelo a que trabajara para ayudar a sus hermanos, por una fábrica textil en donde trabajaba de noche y salía de la pega temprano en la mañana, listo para meterse al cine. Varias veces nos sacó pica a mi hermano y mí porque estuvo presente en el estreno de “El Padrino”, la primera función que dieron en Chile. Pero ahí, de vuelta por primera vez en la bahía, luego de que se fuera, sin plata en los bolsillos, pero con actitud canchera, invitaba a tomarse una pilsen a los amigos, los mismos que antes compartían laburo con él, al bar de la Rosita, que terminó casándose con uno de esos mismos amigos. Y entre chela y chela (que en esa época eran de a 600 cc., pero que venían en cajas de madera de a veinticuatro), se le acercó la polola que había dejado atrás, y le dijo al oído, como coqueteando, “vamos a tener un hijo”, y algo duro y frío bajó lentamente por la tráquea de papá. Igual que la primera vez que se fue, cuando regresó a Santiago lo hizo sin despedirse, excepto de la abuela.

Andábamos los tres en esas vacaciones: Pamela, Mario, y yo. Ella era mi polola de entonces, y él, mi primo. Lástima que después de un tiempo, no volveríamos a reunirnos nunca, pero eso es tema de otra historia. Pero en esa época, éramos inseparables, salíamos juntos a todos lados, ya fueran tocatas, carretes, conciertos, tomateras o cualquier cosa, y poco antes de estar ahí parados en la calle, Mario nos invitó a pasar los días del 18 de septiembre a Dichato, pues él había sido criado por la abuela, y para él ésa siempre había sido su casa. Así que partimos. Llegamos la mañana del 17, justo cuando inauguraban las fondas y ramadas. El pueblo no había recibido tantos visitantes, pero se notaba una cierta vibración producto de la actividad en las calles y en las playas, las hordas de borrachos impenitentes que estaban en su salsa. Con mi primo siempre hablábamos de Rita, mi hermana, y él ya me había dicho un par de veces que si se lo pedía, él me la presentaba. Yo estaba reticente a la idea, después de todo, ella era un tema tabú en mi familia, pues con mi padre tenían nula relación. Al menos, eso pensaba yo. Me inquietaba la posibilidad de encontrarme con ella, con algo que, quisiera o no, me había hecho falta en algún momento. Esa noche, los tres íbamos enfundados en nuestras chaquetas de cuero, y Rita apareció en la conversación.

- Pero dime, ¿qué pasa si ahora te encuentras con ella?
- No sé, huevón, no tengo idea. Capaz que la abrace, no sé. Lo más probable es que intentaría conversar con ella, pero no sé. Depende mucho de cómo nos aceptemos, o si eso no pasa eso último.
- ¿Cuántas veces hemos hablado de esto? Tú mismo me decías que querías conocerla.
- Sí, pero una cosa es que quiera hacerlo, y otra es la reacción que tenga ella. No quiero que se sienta invadida. A lo mejor ella no está ni ahí, y yo llego a molestarla.
- O a lo mejor no –replicó Pamela.
- A lo mejor no, pero igual pienso en ello, y me provoca cierta reticencia. No creo que para ella lo de mi viejo sea un tema cerrado. En una de esas me termina odiando a mí y a mi familia.
- No creo –interrumpió ella, de nuevo-. No tienes nada que perder. Tienes que confiar en ti, no más. Yo sé que lo tomarás de la mejor forma y que a ella la harás sentir cómoda.

Cómo quería creer en esas palabras.

Entonces, un día en la micro, el viejo sale de la pega, con el aire helado de la mañana, frotándose las manos y echando vapor por la boca, y toma asiento al lado de la ventana, de cara a la vereda, y se va mirando a la gente, el vuelo de las palomas, las nubes de algodón que se empinan por el borde de la cordillera nevada, la escarcha que claquea en las aguas estancadas, los autos veloces en la calzada. De pronto, una mujer se sienta a su lado, con un montón de bolsas plásticas llenas de cojines y retazos de tela, que a mi padre le encanta fabricar. Él observa las bolsas, e intenta mirar la cara de la mujer que lleva aquellas confecciones. Es linda, piensa, no es tan alta, es delgada, tiene el pelo negro y largo. Lleva unos lentes que le dan un aire interesante. Para no ser tan obvio, mi padre mira hacia la calle, en el momento en que la micro pasa frente al cine de Santa Lucía, el supercinerama. Dan la última de Clint Eastwood. “Podría bajarme y pasar a verla”, se dice. La mujer que va al lado se queda mirando el afiche en donde sale el actor ataviado de vaquero, con una enorme pistola en su mano, y murmura “ya la vendré a ver”, casi imperceptiblemente. Casi. Mi padre, como quien no quiere la cosa, le pregunta a ella “disculpa, ¿te gusta Clint Eastwood?”. “Claro”, responde ella, “me encanta”. “¿Te molestaría si te invito al cine? Soy admirador de Eastwood”. Ella sonrió. Esa misma tarde, se juntaron a ver la película. Seis meses después, se casaron. Hasta ahora permanecen juntos.

“¿Ves a la chica que va allá, con muletas? Ésa es tu hermana…”. Quedé de una pieza, como despertando de un sueño vívido. La recordaba de chico, no debo haber tenido más de cuatro o cinco años. Llevaba lentes, y colgaba ropa en el patio trasero de la casa de la abuela. Y ahora, está allí, cerca, salgo detrás de ella, corriendo entre la gente. La pierdo un instante, pero de pronto aparece junto a mí, casi tocando mi brazo. Está hablando con alguien más. No soy más que nervios, un montón de temblores que se mueve con lentitud, con miedo. No sé qué mierda pasará, pero lo hago, sin pensarlo mucho toco su hombro, y le digo “¿Rita?”, y ella se me queda mirando como si esperara a que yo le refresque la memoria, que mi cara cuadre en su memoria con la de un amigo o con la de alguien que conoció por ahí, con un nombre, o algo. “Soy el Capitán”. “¿Quién?”, me dice. Yo, tu hermano.

Mi madre llora. No puede con esto, es mucho para ella, tal revelación. Mi padre corre detrás de ella, la voltea con un rápido giro de su brazo, y la abraza, en un intento desesperado para que no se vaya, que se quede ahí, para escuchar lo que tiene que decir. “Sí, tengo una hija. Quería que lo supieras por mí, y que lo supieras antes de, no sé, antes de pensar en algo más importante”. “¿Más importante? ¿y qué puede ser más importante que una hija?”. Hubo un largo silencio, como una navaja. Entonces, así abrazados en medio del caos, se lo dijo: “Tuve que viajar seiscientos kilómetros, venirme desde el mar hasta la ciudad, tomar una micro y escucharte decir que querías ver una película de Clint Eastwood para darme cuenta de que era a ti a la mujer que estaba buscando. No volveré a conocer a nadie más como tú, de eso estoy seguro. Eres lo más importante que ha ocurrido en mi vida, y por eso mismo quiero que seas mi mujer, con todas las de la ley. Puedes pedirme lo que sea, lo cumpliré con tal de ser tu marido”. Ella lloraba. Iba a decir que sí, pero una enorme pregunta se cruzó en su camino. “¿Cualquier cosa?”.

Fuimos a la playa caminando. Debíamos conversar, ponernos al día, conocernos. Ella estaba pololeando, y mi primo conocía al loco. Hicimos buenas migas entre todos al tiro. Nos sentamos un momento en la arena, con el reflejo de la luna quebrado sobre el calmo mar de la bahía. Prendimos un caño y lo fumamos en comunidad. Después de un rato, los otros se fueron y nos dejaron solos con Rita.

- ¿Cómo se siente andar en muletas?
- No sé cómo describirlo, para mí es caminar, no más. Siempre ha sido así –el sonido de las olas no calmaba el silencio. Prendí un cigarro y le ofrecí otro a ella-. ¿Cómo es tu papá? O sea, es papá de ambos, pero para mí no ha sido eso, tú y tu hermano saben cómo es…
- No sé cómo describirlo. Dicen que nos parecemos, pero yo no heredé su carácter. Creo que es un tipo fuerte, pero a veces eso mismo lo traiciona un poco, y continúa siempre más por porfía que por gusto. No sé si me entiendes. Es extraño hablarte de él, tú eres la mayor, se supone.
- Sí, pero nunca estuvo conmigo, excepto algunas veces que lo vi cuando vino para acá. Pero no es lo mismo verlo todos los días a que te lo encuentres en la panadería cada seis meses. Cuando me lo encuentro, siempre lo noto nervioso, sé que soy algo incómodo para él.
- Él no tiene la culpa, creo. ¿Sabes? Siempre quise tener una hermana, pero no se habla de ti en la casa. A veces creo que por esa misma razón siempre quise una, pero no llegó. Mi madre perdió un embarazo hace unos años, nosotros nos ilusionamos todos. Algo pasó, y a mi mamá la tuvieron que intervenir. No sé si tenga relación, pero a lo mejor ella nunca quiso una niña. Sé que es tonto pensar así, pero siempre he culpado a mi mamá de no haberte conocido.
- ¿Ella? Según mi mamá, él se fue a Santiago.
- Claro, pero igual creo que se fue para poder entregarte algo mejor. Pero conoció a mi mamá, y hasta donde sé, como condición para que se casaran, ella le pidió que no te viera nunca más.

No fue así, la verdad. Años después, me enteraría de que mi madre le solicitó no descuidar a los potenciales hijos que tendrían en conjunto, por darle preferencia a Rita. Mi padre, en consecuencia a él mismo, optó por la negación completa. No quiso volver a verla, ni hablarle, ni mencionarla. Nunca contó sus encuentros en Dichato, ni lo que se decían, ni qué le provocaba el verla. Él optó por otro camino, por continuar, casarse con mi madre, y darnos la mejor vida que podríamos vivir. De eso no hay duda, mi padre siempre trabajó para mantenernos, y mi madre igual. Creo que lejos de olvidarla, la imagen de Rita lo perseguía siempre, y por ello se deslomaba por nosotros.

- Me acuerdo de ti, yo estaba chico, y tú colgabas ropa allá arriba, en la casa de la abuela. Eras más alta que yo, llevabas un vestido blanco, tú tendías una sábana o una toalla, el campo estaba verde, así que debía ser septiembre, como ahora. Te empinabas para pasar la tela por sobre el alambre. Pero hay algo que no me cuadra: llevabas lentes
- Nunca he usado lentes. Sólo las muletas.
- No es que quiera confundirte, pero así es como mi mente te recordaba. Eras distinta. Ahora creo que te pareces a una compañera de curso con la que me llevo bastante bien, así que no fue tan difícil aceptar tu cara.
- Bueno, si te llevas bien con ella, supongo que podrás llevarte bien conmigo. Llamemos a los chicos para que entremos a la fonda.

La seguí. Ya habíamos conversado durante largo rato. Cuando los demás volvieron, los abracé. Nos fuimos todos hacia la fonda, donde no había que pagar entrada. Había que festejar este encuentro, la reunión viva de una fractura. Es el tipo de alegría que nos llega una o dos veces en la vida. Así que nos emborrachamos en conjunto, reímos, hablamos, nos abrazamos y bailamos hasta cansarnos, incluso Rita, incluso yo que no bailo nunca. Pero bailamos, y cantamos, y celebramos. Por ella, por mí, por mi hermano, por mi padre, por nuestros padres, por todos, por siempre. Y siempre.

Hasta siempre.

1 comentario:

Zaga dijo...

Eres un buen narrador.

No sé si te conozco, pero estabas entre mis seguidores y decidí leerte. Y fue acertado, me gustó esta entrada. Un saludo.