sábado, marzo 28, 2009

TEMBLOR

Era de noche en Puerto Montt. Me había acercado al enorme ventanal del mall, un rincón oculto y solitario al que los escolares iban a atracar, y desde el cual se contemplaba casi toda la ciudad. Saqué el celular de mi bolsillo y vi la hora: eran las ocho, aún faltaba una hora para salir. "Mierda", pensé. Había sido un día flojo, en el que no había conseguido vender ni un juego de cuerdas para guitarra. Trabajaba vendiendo instrumentos musicales y accesorios en una gran mutitienda de tres pisos, y los días de semana solían ser lentos. "¡A la chucha!" dije, empañando el cristal, "necesito una cerveza". Volví a la tienda, saqué mis cosas de detrás del aparador, apagué los equipos y me viré sin decirle a nadie. Supuse que no me echarían de menos. Bajé por la escalera del personal hasta el nivel de la calle. Al llegar al portón, abrí mi bolso y le mostré el contenido al guardia. No me había robado nada ese día.

Afuera, el viento helaba hasta el espíritu, y lograba que la gente hundiera sus manos al fondo de los bolsillos y levantaran los cuellos de sus chaquetas. Todo parecía moverse. Doblé hacia el supermercado, en el mismo edificio de la tienda, pero en el primer piso. Fui directo al refrigerador de las pilsener. Estaba sacando una desechable de litro, cuando sentí una mano en mi hombro. Era Cristián, el socio con el que vivía.
- ¡Buena, culeado! Invita una pilsen -me dijo.
- Tengo para una no más.
- Devuélvela y sácate tres retornables. Tengo el papelito de los envases.
Le hice caso y enfilamos a la caja cargando las botellas. Ahí nos esperaba Jeanette, una amiga mutua que tenía perforadas sus cejas con unos piercing de mancuerna y un tatuaje de la oruga de Alicia en el País de las Maravillas en su espalda. Junto a ella, estaba su hermana menor y Marcial, un loco que vendía unas empanadas que él mismo hacía. "Nos vamos a fumar un caño y de ahí tengo que arreglarle el computador a la Jeanette", explicó Cristián. Ella fue la que pagó las cervezas. Caminamos hasta la costanera y nos fumamos el porro. Con aquel viento, era una ardua labor de habilidad y suerte, pero al rato ya lo habíamos fumado y estábamos volados. Marcial se despidió luego, y se fue caminando mientras tiraba el carrito con las empanadas que le habian sobrado. Nosotros agarramos una de las innumerables micros que pasaron, y nos fuimos a Alerce. Sentí una una ligera nostalgia por una razón incierta.

Al rato, me encontraba sentado en un mullido sofá de cuero, junto al confortable fuego de una combustión lenta, y sostenía en mi mano un vaso de cerveza que aún no conseguía entibiarse. En una tele, comenzaba un partido, uno del Colo. Estaban Matías Fernández, Alexis Sánches, Gonzalo Fierro, Humberto Suazo y Jorge Valdivia. Un equipazo. A un lado de la tele, en otro mullido sillón de cuero, estaba un loco que era el pololo de Jeanette. Estaba durísimo. No se le entendía nada de lo que decía, ni su nombre alcancé a captar bien, y todo porque sus mandíbulas apenas se separaban de tan duro. Temblaba. Me asusté. Tomé otro sorbo de cerveza. De pronto, se escucharon pasos bajando por la escalera. Eran Cristián y Jeanette que venían con una sonrisa en sus caras, ya que el computador estaba arreglado, listo, ya no tenía virus y corría mucho más rápido. Jeanette me extendió su mano, ofreciéndome una pastilla azul y blanca. "Son anfetaminas artesanales, las hizo un químico-farmacéutico. Me dijo que con una bastaba, y ya ven, el huevón se manda dos", vociferó, apuntando con la nariz a su novio, que tiritaba más todavía, sudaba y se desesperaba. Dijo algo como "bajón rico", pero no estoy seguro. Nos reímos. "Cristián ya tiene, esta es para ti" me dijo Jeanette. Agarré la pastilla y me la eché en la boca, tomé un buen trago de cerveza para pasarla. Con el codo empinado, oí el silbato inicial del partido. Y yo seguía más volado que la cresta.

Luego de 40 minutos de partido y dos vasos más, tuve que pararme para ir al baño. Pensaba que podría perderme algún gol, cosa recurrente. Fui por el pasillo hasta la puerta del fondo, y cuando quise cerrarla con pestillo, sentí la primera convulsión, como una patada en la guata. Un ácido caliente subía por mi garganta. Pero fue la segunda convulsión la que me hizo vomitar. Reaccioné rápido y alcancé a levantar la tapa del wáter y una potente ola de vómito salió de mi boca y se estrelló contra el interior, inundando y salpicando pequeños residuos de las comidas del día. La oleada se detuvo un instante, pero sólo estaba agarrando la fuerza necesaria para que todo el cuerpo se recogiera y saltara para hacerme vomitar de nuevo, en un espasmo mayor, un impulso fuerte y seco que casi me saca las tripas. Por fin, paró. Mis brazos estaban apoyados en los bordes de la taza, y recordé entonces la vieja metáfora del manubrio de loza. Me reí, pues estaba manejando. Un grueso hilo de baba me escurrió por la boca, tendiendo un puente hasta el agua y los restos inmundos que flotaban en ella.

Me miré al espejo para cerciorarme de tener buen aspecto. Salvo los ojos rojos, nada más me delataba. Había intentado mear, pero la anfetamina me puso la tula del tamaño de un maní y no pude hacerlo. Mientras me miraba al espejo, un calor me subió por la nuca, así que me eché un poco de agua. De pronto sentí un grito: "¡Golazo!", seguido de una "O" que se sostenía en el aire como el hilo de baba sobre la vianda. Cerré la llave, me sequé un poco, tiré la cadena y partí a ver la repetición. Era un golazo. El huevón duro seguía en el sillón, sonriendo tieso. Dijo algo que no caché.

Cristián apareció en el living, para ver el gol, también. "¡Oh, la cagó!, el medio golazo". Dejó su vaso a medio beber encima de una mesa. "¿Vamos?" dijo. Yo asentí. Nos despedimos rápidamente, y nos largamos de ahí. Afuera, el viento seguía igual, y las nubes que tapaban el cielo nocturno cruzaban a gran velocidad. Parecían una cosa vivia, retorciéndose de dolor. "Huevón, cacha", me dijo Cristián, estirando su mano con el dorso hacia arriba. El pulso en sus dedos era incontrolable. "Estoy más duro". Yo igual. Le conté lo que había pasado en el baño, lo del manubrio de loza. Se cagó de la risa. Entonces fue cuando él también recibió la patada en el estómago. Dio vuelta su cara hacia la calzada, y lanzó un tremendo chorro de comida a medio digerir y jugos gástricos. El viento logró torcer de manera visible al chorro. No había nadie más en la calle. No sé por qué razón, pero abrí la boca y comencé a vomitar otra vez. Y otra, y otra. Vomitaba y caminaba, y Cristián hacía lo mismo. "No, huevón, yo no tomo más de estas pastillitas". "Yo tampoco". Claro, yo tampoco.

Estuvimos esperando largo rato a que pasara un colectivo. No podíamos parar de hablar. Logramos hacer parar un auto que nos cobró mucho más de lo presupuestado. Al final, sólo pagamos un pasaje. Lo convencimos por cansancio, yo creo, pues no parábamos de hablar y menos de regatear. "Mierda", pensé, "estoy muy duro". El corazón me golpeaba con insistencia. nos bajamos en el centro y nos pusimos a caminar hasta la casa. Llovía. Aún tenía sed, así que le dije a Cristián que compráramos unas cervezas antes de llegar, ya que nos ahorraríamos el pique de vuelta, además de que los efectos producidos por esas anfetas debían ser bajados rápidamente. Apenas abríamos la boca para hablar, pero nos comprendíamos. Mi corazón parecía una metralleta. Seguimos hasta el primer clandestino, un lugar sucio, hediondo a gato y fritangas, decadente, en donde atendía un tipo gordo, de lentes.. Era la mejor oportunidad que teníamos a esa hora y en ese lugar. "Buenas Noches. Déme dos cervezas, por favor". le dije, al tiempo que estiraba mi mano para darle un billete de dos mil. Cuando vi al que atendía, abrió los ojos de manera extraña, los cerró ligero, inclinándose. Una sonrisa apareció en su cara, tensando su vieja boca hacia la izquiera y abriendo sus ojos. "¿Cómo dijo?", me preguntó. Sin contestar ni medio palabra, se escuchó algo conocido: alguien gritó nuevamente "¡Golazo!!!". Me acerqué más al mesón, pero no pude ver la cara de quien había gritado.

No hay comentarios.: