lunes, abril 13, 2009

FRUTILLAR

Ese 18 se me presentó medio raro. Era que no, pues todos habían empezado a carretear el viernes y yo recibí la condena de trabajar el sábado y el domingo, por lo que sólo pude unirme a la fiesta el domingo en la noche, cuando muchos ya estaban reponiéndose de un par de días de juerga. Igual, desperté el lunes en la mañana, 18 mismo, solo en casa, con la ropa puesta, un dolor que giraba a gran velocidad en mi cabeza, y la desagradable sensación de tener un animal muerto en la boca. Mi teléfono sonaba en el bolsillo del pantalón y no paraba de vibrar. Me quejé un poco y contesté con desgano. Era Karina, mi novia.

- ¿Aló, mi amor?
- Hola mi amor, ¿cómo estás?
- Encañado
- Para variar. Oye, te llamaba para decirte si nos íbamos temprano a Frutillar –Chucha. Me había olvidado de lo de Frutillar
- ¿No era en la tarde?
- Es para hacer una previa con los chicos, y para ayudarlos a poner los instrumentos y la amplificación.
- ¿Y o si no tendríamos que irnos separados?
- Exactamente –eso no me sonó a buena idea.
- Ya, vamos temprano entonces. Juntémonos en una hora más en Benavente, ahí en La Araucana.

Aceptó. Así que tenía una hora para componer la caña. Partí por buscar mis cosas: las zapatillas, la bufanda, el abrigo y las llaves dentro de él. No estaban por ninguna parte, a pesar de que las había usado la noche anterior. Fui al living comedor, al baño, a la cocina, a la pieza de Cristián. Nada. Tuve la premonición de que me sentiría estúpido, y no me equivoqué: al abrir la puerta de entrada, en el descansillo, se encontraban todas mis cosas en perfecta alineación. Me reí de aquella imbecilidad, y agradecí el haber arrendado una casa interior.

Luego de eso, puse un poco de agua en el hervidor y me fui al baño. El gas se había acabado, y no quería gastar lo poco que me quedaba en un balón nuevo, así que la hice corta en la ducha. El agua helada logró despabilarme un poco. Me lavé los dientes y me afeité con un poco de agua del hervidor. En la mesa del living-comedor, había una botella de mineral que estaba ahí desde quizás cuando, y me empiné el último poco de agua desvanecida. Era horrible. Necesitaba un café, cargado y dulce. Me asomé a la ventana para ver el cielo y el cerro que nos enfrentaba, con una población apenas agarrada a la ladera y que emergía de una buena cantidad de árboles, arbustos y enredaderas que crecían con entera libertad. Y las gentes de esas casas, en la estrechez de los pasajes, iban a comprar pan, paseaban al perro, hacían asados, peleaban a cuchillos o a balazos, secaban sus ropas limpias, culeaban en la oscuridad, jugaban a la pelota y hacían sus vidas como ocurriría en cualquier parte del mundo. “Va a llover, mejor echo zapatillas y un chaleco”. Luego, terminé mi café, armé un pito que estaba en la mesa del computador, me puse la chaqueta y el bolso con libros y cuadernos, y salí a la calle. Estaba despejado, pero se notaba que llovería. El aire rezumaba humedad, y pequeños hilos de agua se abrían paso por las calles sin pavimentar, varios gatos miraban pasar el día y el árbol que coronaba el cementerio católico, emplazado en una pequeña loma, se mecía con los vaivenes del viento. Caminé hasta el primer almacén que vi abierto, y me compré una mineral y unas pastillas de menta. Varios perros salieron al paso, los mismos perros de siempre, a los que cada día les daba un cariño. Movían sus colas y se refregaban contra mis piernas. Prendí el porro y caminé, no más, hasta la esquina propuesta. Llegué cinco minutos antes. Aún estaba con aliento a copete.

Al rato apareció Karina, con su guitarra colgada de los hombros. Nos saludamos y exageró un gesto de desagrado con el tufo que yo llevaba. Nos reímos. Fuimos caminando al Terminal. Nada nos apuraba, era temprano aún.

Karina es músico. O música. No sé cómo decirlo. Canta y toca guitarra, y es parte de una banda llamada D’Sinapsis. Conozco a los chicos de la banda, son todos muy buena onda. La cosa es que a pesar del tiempo que llevábamos (nueve meses de conocernos, unos cuantos meses de relación y cerca de dos semanas de compromiso oficial), nunca la había visto en alguna tocata. Ella ya había desechado a varios tipos que intentaban acercársele después de que la habían visto tocar. Eso, en mi caso, jugó a favor, pues no era un fan, simplemente me gustó, y terminé enganchado con ella.

En el Terminal, sonó su teléfono. Era Winnie, el guitarrista de la banda. En un rato más saldría a Frutillar, y nos ofreció llevarnos en su auto. Aceptamos gustoso. Mientras Karina hablaba, me detuve a mirarla. Llevaba jeans ajustados, un chaleco negro, una bufanda multicolor que llevaba a manera de cintillo, unos aros de alerce y una chaqueta negra. Con su cabello negro cayendo por sus hombros, se veía pequeña y hermosa, sonreía y sus ojos coqueteaban con los míos. Era raro. Nunca me había sentido así con una chica.

En menos de una hora estuvimos allá. Fuimos a la casa de Juvenal, el baterista, que ensayaba con Ángelo, el bajista, y con Darío. Los tres formaban una banda aparte, llamada Survive. Estaban en una pieza pequeña, donde Juve tenía su batería. La pieza estaba tapizada por un montón de afiches y fotos de un sinnúmero de grupos de rock. Era sorprendente. Alguien prendió un porro, y lo compartió con todos. Al rato, tuvimos que movilizar la batería, casi sin desarmarla, hasta el local en donde tocarían, y que se ubicaba a un par de cuadras de ahí. En el local, ya estaban poniendo los equipos, y tardarían un rato en dejar todo listo y hacer la prueba de sonido. Le dije a Karina que iría a saludar a Lalo, un amigo mío que era dueño de un pub en Frutillar. Karina me miró con algo de desconfianza, y me dijo “no te demores mucho”. Le prometí estar de vuelta luego, y sobrio.

Fui caminando hasta el local del cual Lalo era dueño, “El Muro”, un sitio donde se escucha rock, se toma cerveza y chicas guapas atienden con una sonrisa sostenida en los labios. Lalo no estaba, andaba en otro local, según me informaron. Partí hacia el otro bar, y allí estaba, gastando sus codos en la barra. No se veía bien. Nos abrazamos. “Capitán, que bueno verte, concha de tu madre”. Su mujer, que estaba embarazada de nuevo, estaba teniendo complicaciones con el bebé. Estaba hospitalizada, y todos los familiares lo habían llamado para que estuviera allí, apoyando a su mujer. Sin embargo, y como solía ocurrir, optó por lanzarse. “A las mujeres hay que tratarlas así”, dijo, y mirando a la barwoman, exclamó “¡ya poh, sírvele un whisky a mi amigo!”. Nos tomamos el trago. Repetía insistentemente la situación de su mujer. “No duermo hace tres días, y no quiero parar hasta que ella salga del hospital”. Claro, quería olvidarlo todo, no quería estar presente, él sólo quería que todo pasara rápido. No había otra forma en la que supiera lidiar con esto, pensé. Así que lo acompañé. Me dijo que quería salir de ahí, y seguir bebiendo. Partimos en un taxi hasta el supermercado y compramos un Jack Daniels, y luego pidió ir a algún lugar que no conozco, para comprar falopa. Ya me estaba oliendo que no llegaría ni temprano ni lúcido, como había prometido. En el taxi, Lalo reía y hablaba de cualquier cosa. De pronto, su celular sonó con insistencia. Era un tipo que trabajaba en su local: una de las chicas había llegado atrasada y no quería trabajar. “¡Dile a esa maraca que pesque sus huevadas y se vaya! ¡Cuando vuelva no quiero verla allí!”. Cortó. “Maraca culeada” dijo, y se lanzó a hablar sobre ella y sus irresponsabilidades. Nos bajamos frente a una casa que no era la suya, en un lugar que nunca había visto. Gritó un nombre que ya olvidé, y entonces una luz apareció de pronto, desde el fondo de aquella oscuridad. “Pasa”, dijo una voz que no pude reconocer, y entramos. Nos dirigimos hacia el final del sitio, guiados por la luz de la linterna. Había ahí una pieza sola y oscura, que apenas si mantenía algo de claridad a causa de una vela que se consumía lentamente. El tiempo pasó raudo, y nos despachamos la botella y la bolsa rápidamente. Cuando vi la hora, no lo podía creer. Tenía que irme, y ya estaba bastante ebrio y duro. Me explicaron como irme, y me partí caminando. No era lejos.

Desde afuera, la música se escuchaba fuerte. Estaba tocando Survive, con Darío haciendo un solo de guitarra incendiario. Busqué con la mirada a Karina, y de pronto la encontré. No parecía muy contenta de verme. Me acerqué tambaleándome, dispuesto a pedirle disculpas. No sé en qué minuto subió al escenario, ni si aceptó mis disculpas. Aproveché y pedí otra cerveza. Nunca la había visto tocar. Me sentía más enamorado mientras más canciones tocaba ella, al tiempo que yo llenaba un vaso de cerveza y daba una profunda espiración por la nariz. Y mientras miraba con cara de leso su presentación, me iba preguntando por qué razón yo le había gustado a ella. Como siempre, no encontré ninguna respuesta.

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