martes, mayo 26, 2009

VIII.- Navidad

Navidad, Navidad, blanca Navidad…

En el colegio, todos se despedían dándose abrazos y buenos deseos. Los que vivían en el pueblo se irían a encerrar con sus familias, los demás arrancaban para encontrarse con los suyos en Puerto Montt, Osorno, Frutillar, Chiloé o donde fuera que estuvieran esos seres queridos. Yo no quise huir. O, más bien, me resigné a no hacerlo, pues el aguinaldo llegó justo ese día, cuando ya todos los boletos de los buses estaban vendidos. No estaba dispuesto a irme parado de nuevo en el bus, ya que al menos eran tres horas de viaje, y saldría otro bus el 25, cuando poca gente viajaría, así que me quedé solo allí, en Hornopirén, al lado del mar y la cordillera, un lugar enclaustrado ante la inmensidad de la naturaleza, con volcanes, árboles, ríos y vegetación por doquier, varias empresas salmoneras, un pequeño puerto en donde recalaban un montón de chalupas y navíos de menor calado, en un mar muy calmo, todo eso bajo un cielo que resplandecía los días despejados y se oscurecía como la muerte cuando llovía. Un lugar hermoso, sin duda, al que yo había llegado luego de abandonar la pega de los instrumentos, y donde estuve cerca de seis meses haciendo clases en el liceo local. Y como ocurría siempre, la actividad en el liceo iba disminuyendo desde noviembre, último mes de los cuartos medios, hasta extinguirse por completo en los días finales de diciembre, entre inventarios, actas y firmas de papeles de último minuto, y un relajo que los profesores comienzan a disfrutar luego de meses de tensiones. Esa víspera de Navidad todos parecían tener una obligación, menos yo, con mi familia lejos y mi novia, Karina, en Puerto Montt y con sus padres que no celebraban el acontecimiento. Por lo mismo, fui como siempre al supermercado que quedaba al cruzar la plaza de armas, a un par de cuadras de la cabaña en la que vivía, y compré una botella de vodka, un par de latas de bebida energética y un pack de cervezas. A la vuelta, en la cabaña, me tomé dos latas y saqué mi ropa para lavarla, y puse a Slayer en la radio. Miré el mar por la ventana, pero no quise ir a nadar.

Enter to the realm of Satan…

La cabaña se la arrendaba a Luciano, un tipo flaco, de ojos verdes y bigotes, fumador empedernido, de carácter fuerte, frases cortas y buena onda, que además era dueño de otras ocho cabañas y de un bar bastante bonito, hecho de madera y con mesas de pool. Al igual que algunos otros profesores, me había abierto una cuenta en el local, por lo que podía ir a emborracharme convenientemente y luego pagar a fin de mes, junto con el alquiler. Una vez me dijo “no me salgas con huevadas”, y entendí perfecto: a la primera metida de pata en su código de comportamiento, me echaba de la cabaña. Eso no decía nada en particular, salvo hacerle daño a cualquier cosa, o bien, algún escándalo mayúsculo o un reclamo infundado. Por lo demás, le daba lo mismo lo que yo hiciera dentro, y mantuve un desorden huevón de grande mientras estuve ahí.

A las ocho llamó mi madre. Yo estaba en el traspatio del bar, colgando la ropa que había lavado, y un poco entonado por lo que había tomado en el proceso. Para la mañana siguiente estaría todo seco. “Te llamaba para desearte feliz navidad. Estamos todos reunidos: tu papá, tu hermano y su señora, las niñas, los papás de Alejandra, unos amigos de Fabián”. Sonreí. Le dije los planes que tenía, restándole importancia al hecho de estar solo pues, al no ser creyente, la navidad sólo representaba un día más para mí. Ella comenzó su particular discurso católico, pero esa vez no me molestó. Con el celular en la oreja, oyendo a mi madre, volteé hacia la izquierda, y me quedé parado allí, mirando al volcán Hornopirén, un pequeño coloso que se empinaba a espaldas del pueblo. A esa hora recibía una extraña luz del sol, filtrada por las nubes que se alzaban sobre el horizonte, lo que daba un tono rojizo. “Qué bueno que estén todos. Me gustaría estar ahí”. Por el teléfono se escuchaba el ajetreo en el departamento de mi hermano Fabián, el claqueo de la loza y las voces felices, risas, el sonido cristalino de los vasos en brindis, el entrechocar de los cubiertos, el tono de sonrisa en la voz de mi madre, los pasos breves e inquietos de los niños correteando en el piso de madera. De pronto el viento botó una polera. Luego la lavaría de nuevo. Ese momento sólo era el volcán, el patio, el bar, yo aquí, colgando ropa, y ellos allá. El viento sopló de nuevo, y dejé de sonreír.

The death has taken my soul…

Luciano apareció por una puerta que daba a la cocina del local. Esperó a que terminara de hablar con mi madre e hizo una señal para decirme algo. Dejé la polera sucia en el lavadero, y me acerqué. “Oye, Capitán, si estás solo en la casa, puedes venir a cenar con nosotros. Tendremos comida de más”. “No, gracias”, le dije, “a lo mejor vengo a tomar algo, pero no quiero molestar en la cena”. “Anda, no seas huevón, ven a cenar no más”. Le dije que lo pensaría. Por el momento, me fui a la casa. No recuerdo cómo (quizás el pack dado de baja a esa hora tendría algo que ver), pero en un momento estaba vestido con pantalones de tela, camisa y vestón negros, recién afeitado y con el pelo en un moño. Dejé el vodka en el freezer, y me fui a tomar uno de los mismos al bar. Luciano lo sirvió, con tónica, una rodaja de limón bien cortada, y un chorrito del jugo de esa fruta, con dos hielos. Entonces, vino la pregunta que a esas alturas ya sabía que debería responder: “¿por qué cambiaste de opinión?”. Y, puta, huevón, es que estaba más solo que la cresta. Muchas veces pensé que la navidad era una mierda, pero esta vez la cagó, no tengo a nadie acá, pero hasta el barman tiene derecho a pasar la noche con su familia, no con los curados de siempre. Por lo mismo me aprovisioné bien, para tener algo que hacer y no deprimirme, para dejarte tranquilo un rato con los tuyos. A lo mejor quieres estar solo, y yo tengo sed, no más. Comenzó a cagarse de la risa Luciano. Lo que me faltaba. No dijo nada. No necesitaba hacerlo, pero la situación ameritaba que se viera en su gracia. Su hija pequeña corría de un lugar a otro intentando buscar al Viejito Pascuero, pero el muy maricón no aparecía. Comencé a reír, entonces, y no paré más. Me senté a su mesa, compartí con su familia, nos tomamos un ron, todos abrieron sus regalos y me fui a acostar, para no seguir molestando. Al despedirme, estreché su mano con gratitud. El hocico ya lo tenía caliente, así que, sin pedirlo, me regaló una botella de agua tónica y un par de limones. En la casa, no demoré mucho en preparar una buena dosis, que puse en el mismo envase de tónica, y salí a mirar la noche. Estaba garuando, con gotas de agua finísimas que caían con pausa. Miré hacia las montañas, unas enorme sombras rocosas de bordes filosos. Bebí un largo trago de vodka tonic, solo, en medio de aquella silenciosa oscuridad. Un farol de la calle se prendió por unos segundos, luego titiló, y ya no volvió a prenderse. Ningún sonido se escuchaba en el pueblo, y con seguridad nadie andaba en la calle. El cielo estaba semicerrado, con nubes que opacaban a miles de estrellas. Si existía Dios o algo así, por ahí debía estar. “¿¡Estás ahí, concha-de-tu-madre!? ¿¡o estás haciéndole un puto cumpleaños al culeado de tu hijo!?”, grité. “Seguro al huevón lo llevaste a putas. Ya estaba bueno ya, muchos pensábamos que te salió maricón, después de no ponérselo a María Magdalena. Seguro estás con él… maricón”. No quise seguir. No obtendría respuesta alguna, después de todo. Sólo me mandé un trago aún más largo de vodka, y sonreí. En eso, se escuché el retumbar de unos tacones. Por la esquina de la calle siguiente, alguien apareció. No pude divisarla bien, y no quise incomodarla, hasta que de pronto, se me acercó. “¿Capitán?”. Mierda, era la señora de un colega –Leandro, de biología-, que venía llorando y con una botella de mango sour en la mano. “Iba a ver si estaba abierto el bar”. Le invité un trago del mío, pues de seguro Luciano no abriría para nosotros dos a esa hora la noche de navidad. Isabel, la chica en cuestión, estaba destrozada. Se notaba que había llorado y que no había tenido la mejor de las cenas. Tenía los ojos hinchados, y rojos. “Tengo un caño”, me dijo. Lo prendimos. Me contó con lujo de detalles lo que pasó con Leandro, cómo se había ido para dejarla sola en navidad, del raro comportamiento que ambos habían adquirido, de lo mal que llevaba la separación, de lo mucho que lo extrañaba, y toda esa mierda. Por lo menos alguien lo pasaba peor que yo en ese momento, aunque me costó un tanto procesarlo porque ya me sentía en Saturno. Saqué un matacolas para darle el bajo al caño. A lo lejos, una luz roja se paseó por el estuario, y supimos que los pacos andaban cerca. Me dijo que fuéramos a su cabaña a tomarnos el resto tranquilos, pero la mía quedaba más cerca. En mi casa, saqué la ropa sucia de encima de los sillones, despejé un poco el enredo de libros y papeles que tenía en el living, puse a Fulano y nos sentamos. Isabel siguió hablando, y yo seguí bebiendo. Habló, habló, habló, bebió, habló, habló, fumó, habló, se cansó y comenzó de nuevo a hablar. El mismo discurso, de Leandro y nada más que él, una y otra vez. Después de un buen rato de la misma perorata que ya no tenía lógica, me bajaron las ganas de echarla, y me paré para hacerlo, pero me pareció descortés de mi parte decirle que se fuera de mi casa en navidad después de contarme todo aquello, así que la miré, ella se puso de pie, y nos dimos un abrazo. Ella lloró. Yo no decía nada. Sólo nos quedamos así un rato, sin decir nada, los brazos cruzados, los sollozos de ella contenidos, la respiración pesada, el tufo a copete y el tiempo multiplicado. Luego de un rato, nos separamos. “Gracias”, dijo, dándome un beso en la mejilla. Se veía para el pico. Yo alcé la botella. “Salud”, le dije, mientras le abría la puerta. Y ella se fue caminando, en la madrugada, en la garúa que una leve brisa hacía oscilar, devorada por la oscuridad.

martes, mayo 12, 2009

TEMPORAL

Manuscrito proveniente de una de las libretas encontradas entre las pertenencias de _____________________, también conocido como “Capitán Sed”. Tiene fecha del 08 de mayo de 2009, aunque es muy probable que haya concluido el texto después. Hay párrafos borrados, ennegrecidos casi por completo. La presencia de éstos se indicará. Al texto se le ha dado el título genérico de “La veloz destrucción”, frase que aparece no tarjada en uno de los párrafos con borrones.

LA VELOZ DESTRUCCIÓN

El tipo se sentó en un trozo de concreto que alguien había puesto ahí con ese mismo propósito, pues el lugar era uno de los mejores miradores de la bahía. Los ojos se le achicaron ante una ráfaga de viento que se le vino encima, y que se replicaba a un ritmo trepidante. Lagrimeó un poco, sin ninguna intención. La brasa de su porro se ponía roja y consumía la hierba con mayor rapidez cuando arreciaba la ventolera. No halló otra cosa que hace que hundir las manos en los bolsillos de su abrigo, mientras exhalaba el humo que contenían sus pulmones. Admiró el terrible clima que se había venido encima, las naves menores que sólo llevaban el vaivén del oleaje, los árboles azotados con violencia, terrones enormes que se deslizaban por la ladera de la colina, las nubes arremolinándose a gran velocidad. Nada más absurdo que este día. Sacó la mano derecha de su bolsillo y la llevó hasta su boca, mientras daba una última y profunda fumada. Luego, tomó la cola y la lanzó lo más lejos posible, pero el viento se la devolvió y casi le pegó en la cara. Entonces, comenzó la lluvia.

El tipo pasaba por ese lugar al menos tres veces por semana y, como siempre, sacaba un porro, y lo fumaba sentado en el mismo trozo de concreto, mirando la misma bahía y los mismos acontecimientos. Y a la gente que subía por un sendero que se abría hasta el mirador, ya se le había hecho una presencia conocida, incluso algunos lo saludaban cortésmente con una bajada de cabeza, una ligera reverencia, un guiño o una alzada de manos. Más nadie sabía su nombre, ni su procedencia. Un día de tantos, sacó una libreta, y se puso a escribir, o quizás a garabatear algún dibujo. En ese momento no podía apreciarse, aunque yo mismo lo sabría tiempo después, cuando lo conocí. No es gran cosa que lo diga, pero el tipo me tenía intrigado. De alguna manera, me sentía análogo con él, pues, si bien he conocido amigos, he bebido y culeado un montón en Puerto Montt, si bien he fumado pitos y jalado caspa del diablo hasta el hartazgo, y hasta mina había encontrado, a veces deseaba estar tan sólo como él. Era intrigante.

Yo (párrafo tarjado, 5 líneas)

Una tarde, lo encontré en una de las mesas del Zeus, con una cerveza de litro, unos libros y unos cuadernos. Parecía enfrascado en lo que hacía. No había mucha gente en ese momento. Yo había llegado temprano, antes de las ocho. Me arranqué de la pega pues en el Zeus tenían una promoción: dos cervezas en dos lucas antes de las ocho. Cuando llegué, pagué dos al tiro, para tomarme la otra más tarde. Me quedé en la barra, mirando al tipo que parecía hundir su cabeza en aquellos cuadernos en los que borroneaba con fuerza, y en los que luego volvía a escribir. Recuerdo que hacía frío, pues tuve que sacarme los guantes, y el aire que exhalaba se convertía en una corriente de vapor. Luego de que me serví el primer trago, le pregunté al Tío “Oiga, ¿usted conoce a ese socio?”. “A veces viene para acá, se toma un par de cervezas y se va. No habla mucho, parece que escribe no más. Le pregunté una vez que qué escribía, y dijo que estaba en mitad de una novela. Parece que le salió más difícil de lo que pensaba”. Mientras los comensales aumentaban con el correr de las horas, el tipo comenzó a observar lo que ocurría a su alrededor, e iba anotando cosas en sus cuadernos. Al parecer, se detenía en los gestos de la gente, en sus tonos de voz, en sus movimientos. De pronto, me miró fijo. “Mierda”, pensé, “cachó que lo estoy viendo”. Me hice el leso, me empiné el vaso de cerveza, pero eso me delató más, una acción innecesaria para el momento. Entonces, comenzó a ordenar sus cosas, tomó el resto de cerveza que le quedaba, se limpió sus bigotes y partió. Sólo dijo “Chao, gracias” al pasar por la barra.

No pasó mucho tiempo antes de que le viera de nuevo, esta vez cerca del terminal, un día en que estaba tratando de conseguirme esos pitos indignamente pequeños que venden los borrachos por ahí. Una chica se me había acercado para ofrecerse a conseguir un paquete de 5 lucas, y le pasé el billete a pesar de la mala espina que ello me provocaba. Me preguntó si tenía los $4.500, pues a ella se los dejaban a ese precio y el proveedor no tenía sencillo. Sonreí, su patudez era graciosa. Le dije que no. Cuando se alejó para buscar la empanada, la seguí con la vista para no perderla. Y de pronto, ahí estaba él, sentado en el pasto y apoyando la espalda en el tronco de un árbol. Estaba más cocido que botón de oro. Eso era obvio, pues cabeceaba como esos perritos de juguete que ponen los taxistas para que asientan con el movimiento del vehículo. No sé por qué razón, pero aquello me produjo pena, y decidí volver al rato para ver cómo estaba. Para cuando volví ya se había ido. Como no tenía nada mejor que hacer, decidí ir a tomar un vodka en el Comida & Sabor, que está bastante lejos del terminal. La caminata por la costanera fumándome la cola me vendría bien.

De pronto, no sé qué mierda pasó entre medio (párrafo tarjado, 3 líneas)

Ya no (párrafo tarjado, 4 líneas). No sé por qué, pero de repente decidí ir al Zeus. Quedaba más cerca, claro, aunque no sé si ésa era la verdadera razón.

A veces nos enfrentamos a (párrafo tarjado, 3 líneas) la veloz destrucción, el pensamiento salvaje y la incredulidad, la sed y el ansia, la desfiguración. No, no sé (párrafo tarjado, 2 líneas).

Pedí dos cervezas, de nuevo, y me fui a sentar a una mesa, alejado de la barra. Recordé al tipo del otro día, y comencé a sacar los cuadernos que siempre llevaba en mi bolso y que me daba flojera sacar para escribir. Así era como siempre perdía las buenas ideas. Después de un rato de ver caras borrachas y escuchar sinsentidos y carcajadas estridentes, y de escribir algunas líneas bastante malas, apareció él. Se arrimó a la barra y pidió una cerveza y un vaso. El local estaba lleno, pero podía distinguirlo con precisión. Era raro, pensé que ya había vivido esta misma situación. Seguí en lo mío, bebí un rato y me paré para ir a mear al baño. Esperaba mi turno para entrar, y entonces apareció el huevón. Se paró junto a mí: estaba vestido entero de negro, tenía el pelo ondulado y largo, recogido en un moño que se extendía por su espalda, usaba unos lentes de marco ancho, y tenía barba y bigotes. “¿Está ocupado?” preguntó, como si hiciera falta. Sólo lo miré, sin decir nada. De adentro del baño, se escuchó una honda y breve aspiración, y luego otra. “¡Ah mierda!”, se escuchó luego, y un loco salió de adentro, limpiándose la nariz. Quise entrar solo, pero el tipo del pelo largo entró después de mí. Ambos desembuchamos y nos pusimos a mear en la taza, que olía horrible. Pensé en ese juego de niños, la “Cruz del sur”, una tontera originada por una serie de la tele, en donde aparecían unos ninjas espaciales y un barco parecido al Caleuche. “Oye”, dijo de pronto, “te vi escribiendo en la mesa”. “Sí”, respondí. Ya me imaginaba hacia dónde iría la conversación. “¿Sabes? Yo también escribo, y hasta ahora, no he conocido a escritores de Puerto Montt”. La verdad, yo tampoco había conocido a nadie que se dedicara a la literatura, pero eso era poco importante. La mayoría de los escritores que conocí eran unos concha-de-su-madre, unos maracos sin talento que se creían siempre mejor que el resto. Escribían como si fuese una competencia, para darse palmaditas en la espalda y recibir premios iguales a los mojones que había en cualquier taza del baño. Me temía que algo así iba a ocurrir, pero dejé que la conversación fluyera. “¿Y qué idea tienes?”, le pregunté. “A lo mejor te gustaría ver mis cuentos, darme una crítica, necesito la visión de otra persona”. Acepté. Le dije que se instalara en mi mesa, y que quizás le mostraría lo que yo estaba escribiendo. “Tito”, me dijo “puedes llamarme Tito”. Cinco minutos después, con las manos limpias y un vaso lleno de cerveza (cortesía del socio), leía las cosas que Tito había escrito. La verdad, no era una novela, como especulaba el Tío, eran algo así como crónicas poéticas. “Crónicas Bastardas” quería ponerles. Yo leía, él observaba mis gestos. Sus textos eran una verdadera mierda. Había uno que decía algo así como “Es fácil entristecerse en los supermercados…”, y otro en el que se daba más vueltas que la cresta para decir que andaba con la caña. Nada interesante, en todo caso. Todo lo que había percibido de él no era más que una fachada. El huevón no era un escritor, creía serlo, pero sólo era un artista, que es peor aún que ser un simple escritor.

“¿Y bien?” dijo él. “¿Qué te parecieron?”. Me tomé mi tiempo, y volví a hojear sus textos, llenos de borrones. Entonces, le mentí. “No están nada mal. Sólo debes pulirlos un poco. Se nota que están trabajados”. Sonrió con placer. Era lo que quería escuchar, sin ninguna duda, y yo se lo daba en bandeja. Ofreció su vaso para hacer un brindis, y lo correspondí. Chocamos los vasos y dijimos “salud”, y luego hablamos un rato acerca de literatura, música y cine. El maricón ni siquiera hablaba de minas. Luego de un rato, me metí la mano al bolsillo y saqué mi celular. “Espérame, es mi novia”, le dije, y salí del bar. Nunca me había llamado ella, ni nadie. Sólo quería una excusa para volver a la mesa, decirle que tenía una emergencia y largarme de ahí lo más rápido posible. Guardé mis cuadernos y mis libros, crucé mi chaqueta, le di la mano a Tito y crucé el bar para salir. Al pasar frente a la barra, sólo atiné a decir “Chao, gracias”. Nunca nos volvimos a encontrar.

lunes, mayo 04, 2009

VI.- CIRROSIS

1.- Así empieza la noche, fin de mes o quincena, qué importa, con la lluvia sobre las cabezas de los viandantes, los autos en movimiento, las luces de un barco que se pierden bajo la línea del horizonte. Es temprano para ir al Luna Roja, mejor hago la previa en el Zeus, aunque hay partido y quizás sería mejor verlo en La Taberna de Moe, o quizás esté muy helado para una pilsen y convenga ir por un vodka a luca en el Comida & Sabor. La última opción suena interesante. Allá voy.

2.- Hace algún tiempo, para el 18, la noche antes de ir a Frutillar, me fui de bar en bar mientras escribía un cuento llamado “Peregrino”. La idea era tomar, al menos, una cerveza en cada local. En la quinta, volví al Luna Roja, que había estado cerrado durante algún tiempo. Las mismas caras, el mismo humo de cigarro, King Crimson sonando en los parlantes, el Tío en la barra. Pedí la cerveza y un solo vaso y me fui a sentar. Ya estaba soltando la mano, comenzaba a escribir con claridad. En algún momento dejé de hacerlo. Leí los apuntes que tenía, y no logré recordar nada de lo que había pasado.

3.- Pato Rock se gasta los codos en la barra del Zeus. Es un fundamentalista de ese estilo, nadie lo imagina en un bar si no es cerca de la barra. Por supuesto, él conoce a todos los barman de la ciudad, y dialoga con ellos, que son los que suelen escuchar. Hay algo lúcido y perverso en la forma de proceder de Pato, una suerte de barman inverso, alguien que se detiene a recibir secretos y rumores de todos los rincones oscuros de la ciudad. “Sírvame otra cerveza, Tío”, dice, mientras deja un billete sobre la barra y enciende un cigarro. “¿Cómo ha estado?”

4.- Voy al baño. Pienso que nada describe mejor a un local que el baño en el que uno mea. Los del Zeus no son desagradables, pero a veces te llevas sorpresas, como un huevón curado y con vómito sobre la polera, mientras duerme plácido sentado en la taza. Más de alguien ha jalado en los cubículos del Comida & Sabor. En los del Kaiser presencié una pelea a combos entre un trasher y un punky. Los de La Taberna de Moe estaban llenos de rallados con frasecitas tontas. En los del Luna, una mina me chupó el pico. No hay dónde perderse.

5.- En la Taberna, espero a un amigo que se fue a conseguir pitos. El Chino, como siempre, pide los carné de identidad los que quieren entrar. Se pasea de un lado a otro, saludando a todo el mundo. En el wurlitzer, alguien pone “Postmortem” de Slayer, todos comienzan a cabecear y a llevar el ritmo. Hay puros metaleros aquí. El tema termina, y comienza a sonar uno de Rafaela Carrá. Todos se miran extrañados, obviamente hay un error, un terrible error. Unos chicos sentados en un rincón, con poleras multicolores y zapatillas con resortes toman sus cosas y se levantan. Se habían equivocado de bar.

6.- Hora de almuerzo, con Karina tenemos hambre y unas cuantas lucas para ir a comer juntos a algún restaurant. Elegimos uno bien escondido, al lado de un cerro, todo porque el cartel anunciaba bistec o pollo con agregado, cazuela de vacuno y de pollo, tallarines con salsa, caldillo de mariscos y una variedad de platos vegetarianos. Cualquier opción, con bebida, pan, mantequilla, y ensaladas. El lugar es bonito, bien cuidado, con unas mesas bien arregladas. De una puerta que hay hacia la derecha, aparece de la nada un viejito. Parece el baño, pero no, es la sección de fumadores, donde hay viejos tomando vino y jugando a las cartas. El garzón se acerca y toma el pedido. Cazuela para Karina, bistec con puré para mí. “¿Y para beber?” pregunta. “Coca”, le respondo. “¿Líquida o en polvo?”. Levanté la vista, algo confundido. Cuando vi su sonrisa, comprendí.

7.- “Ese huevón es paco, todos lo tenemos cachado”. No tiene pinta de paco: es moreno, de barba, con el pelo largo. Anda con una chaqueta negra, de cuero, con algunos remaches. Debajo, un polerón de Brujería, del “Matando Güeros”, ese disco en donde sale la cabeza de un tipo en la portada. Pero hay algo que no cuadra, algo que no es correcto. Claro, es el cigarro, y el trago. No se puede usar ese polerón, fumar Kent 3 y tomar un tequila sunrise al mismo tiempo. Simplemente no se puede.

8.- ¿Quieres saber cómo se conocieron? Yo te lo contaré: con Cristián estábamos duros como palo, luego de tomarnos una de esas famosas pastillitas de Jeannette, y nos lanzamos a la noche. En el Zeus, Cristián se encontró con una amiga, y ella estaba con tres amigas más. Además, encontramos a Pato Rock y a Parancán, otro conocido. Antes de irnos, me paré discreto y partí al baño a vomitar. Luego, nos fuimos al departamento, allá arriba, del que nos querían echar (eso es un decir, yo aún no era parte de nada). Nos pusimos a beber. Curado, duro y con minas, por alguna parte teníamos que fracasar, no podía ser tan bueno. Pusimos música, conversamos durante un rato, una chica se escapó a la pieza de Cristián, los demás nos reímos, yo pretendía leer algunos poemas. De pronto, Pato Rock dice “las tenemos listas”. Una de las chicas se enojó, y llamó a las otras para que se fueran de inmediato. Y se fueron. Días después, Cristián se encontró con ella, la única chica de la que no hablé.

9.- Varios locales han cerrado, ya casi sale el sol. En el Luna no quedan cervezas, y todos se retiran de a poco. El Zeus está cerrado, y no quieren abrir. El Kaiser bajó las cortinas, el Comida & Sabor también, al Pachá no entro por principio, en el Túnel suena música, pero no van a abrir ni cagando, en la Tasca ya tienen las mesas arriba, en el Di Nocetti no venden cervezas a esta hora. Y nosotros con sed, todavía. Alguien sugiere que vayamos al Rancho Pancho, pero las pilsen están muy caras. Entonces ocurre el milagro: el chofer de un auto hace sonar su bocina. Es Pato, que viene lo suficientemente ebrio como para manejar. “¡Oye, vamos a la playa!”. Nos subimos, y vamos derecho al clandestino de Lintz. Nos alcanza para varias cervezas. Un rato después, estamos escuchando a La Renga metidos dentro de un auto, cagados de frío, mientras vemos salir al sol por detrás de la cordillera. Al parecer, no está tan helado para pilsen.

10.- Karina toca su guitarra y canta en el escenario del Luna. Su voz cautiva. Juvenal toca la batería con velocidad y precisión, Winnie toca riffs armónicos y buenos solos, Ángelo es un prodigio en el bajo. Cuando terminan de tocar, hay dos que se van directo al baño, y no por las ganas de mear. Karina intenta sentarse, pero es interrumpida por varios tipos que le dicen lo linda que es, lo bello que canta, lo bien que toca la guitarra, la linda pareja que formarían. Ella sólo los escucha, y sonríe. Pide que alguien le sirva un vaso de cerveza. Entonces, luego de tomar un sorbo, se echa hacia atrás y se relaja. Se siente sola, pero no quiere terminar con estos curados que la alaban, que intentan andar con ella porque canta en el Luna. Tiempo después, nos conocemos. Y yo no la alabo, y no ando con ella porque canta en el Luna.

11.- En la puerta está Raúl, cobrando entrada. Hoy toca Desaforados, la banda donde Cristián canta. Todos son de plata, menos él. Tienen buenos equipos, instrumentos caros, amplificación potente. Tocan temas de Led Zeppellin, Deep Purple, Grand Funk Railroad, AC/DC, y no sé quién más. La entrada vale dos lucas. No quiero pagar. Él dice que todos pagan, que tiene instrucciones de no dejar que nadie entre gratis. “Bien”, le digo, “aquí está la plata”. Son cuatro turros de monedas de diez pesos, con 500 cada uno, que dejo caer con todo su peso en la mano de Raúl. Él me queda mirando. “¿Qué chucha es esto?”. “Las dos lucas”. Me devuelve las monedas y me dice “que el Tío las cuente, yo ni cagando”. El Tío tampoco quiso contarlas.

12.- Es el 31 de diciembre, y todos comienzan a festejar mientras yo voy encañado y, como siempre, atrasado camino al trabajo. Voy apurado, tengo que ir. Paso a comprar unos chicles, me echo tres al mismo tiempo. Eso no puede ser saludable. En la esquina frente al centro comercial, me detengo por la luz roja. De pronto, observo aquella imponente mole de concreto y cristal, y me digo “¿y para qué chucha voy a ir a trabajar hoy?”, y me devuelvo. Una cuadra más allá, me encuentro con Boris, un socio de Frutillar, que va con otro amigo, y me preguntan si sé de algún lugar para ir a beber. Entonces descubro el misterio de la puerta, y los llevo al bar donde los viejitos, ocultos a los ojos de los demás, beben vino y juegan a las cartas, y donde el garzón va al baño cada diez minutos.

13.- Con el Comandante Dureza –además de Ángelo- habíamos quedado de arrendar una casa a la que nos cambiaríamos al día siguiente. Aún en la casa de Modelo, desmontar todo me trajo una extraña sensación de nostalgia. Entonces, decidí llamarlo. “Vente para mi casa, acá nos tomamos algo”. Después de un whisky, una piña colada, varios pack de cerveza y una ronda por varios locales del centro, tomamos el colectivo Mirasol y le preguntamos dónde podíamos comprar otro trago. Nos llevó por Los Sauces, a un par de cuadras de la nueva casa, y señaló una casa en la que había que golpear con una moneda la reja de madera. De adentro salió un hombre al que nunca le vimos la cara, y compramos dos cervezas más. A mediodía, y con un tufo de aquellos, fui a recibir las llaves de la casa. El Comandante también vivía a un par de cuadras. Luego de seis meses allí, fui al hospital por un dolor de guata. Me diagnosticaron cirrosis.