Navidad, Navidad, blanca Navidad…
En el colegio, todos se despedían dándose abrazos y buenos deseos. Los que vivían en el pueblo se irían a encerrar con sus familias, los demás arrancaban para encontrarse con los suyos en Puerto Montt, Osorno, Frutillar, Chiloé o donde fuera que estuvieran esos seres queridos. Yo no quise huir. O, más bien, me resigné a no hacerlo, pues el aguinaldo llegó justo ese día, cuando ya todos los boletos de los buses estaban vendidos. No estaba dispuesto a irme parado de nuevo en el bus, ya que al menos eran tres horas de viaje, y saldría otro bus el 25, cuando poca gente viajaría, así que me quedé solo allí, en Hornopirén, al lado del mar y la cordillera, un lugar enclaustrado ante la inmensidad de la naturaleza, con volcanes, árboles, ríos y vegetación por doquier, varias empresas salmoneras, un pequeño puerto en donde recalaban un montón de chalupas y navíos de menor calado, en un mar muy calmo, todo eso bajo un cielo que resplandecía los días despejados y se oscurecía como la muerte cuando llovía. Un lugar hermoso, sin duda, al que yo había llegado luego de abandonar la pega de los instrumentos, y donde estuve cerca de seis meses haciendo clases en el liceo local. Y como ocurría siempre, la actividad en el liceo iba disminuyendo desde noviembre, último mes de los cuartos medios, hasta extinguirse por completo en los días finales de diciembre, entre inventarios, actas y firmas de papeles de último minuto, y un relajo que los profesores comienzan a disfrutar luego de meses de tensiones. Esa víspera de Navidad todos parecían tener una obligación, menos yo, con mi familia lejos y mi novia, Karina, en Puerto Montt y con sus padres que no celebraban el acontecimiento. Por lo mismo, fui como siempre al supermercado que quedaba al cruzar la plaza de armas, a un par de cuadras de la cabaña en la que vivía, y compré una botella de vodka, un par de latas de bebida energética y un pack de cervezas. A la vuelta, en la cabaña, me tomé dos latas y saqué mi ropa para lavarla, y puse a Slayer en la radio. Miré el mar por la ventana, pero no quise ir a nadar.
Enter to the realm of Satan…
La cabaña se la arrendaba a Luciano, un tipo flaco, de ojos verdes y bigotes, fumador empedernido, de carácter fuerte, frases cortas y buena onda, que además era dueño de otras ocho cabañas y de un bar bastante bonito, hecho de madera y con mesas de pool. Al igual que algunos otros profesores, me había abierto una cuenta en el local, por lo que podía ir a emborracharme convenientemente y luego pagar a fin de mes, junto con el alquiler. Una vez me dijo “no me salgas con huevadas”, y entendí perfecto: a la primera metida de pata en su código de comportamiento, me echaba de la cabaña. Eso no decía nada en particular, salvo hacerle daño a cualquier cosa, o bien, algún escándalo mayúsculo o un reclamo infundado. Por lo demás, le daba lo mismo lo que yo hiciera dentro, y mantuve un desorden huevón de grande mientras estuve ahí.
A las ocho llamó mi madre. Yo estaba en el traspatio del bar, colgando la ropa que había lavado, y un poco entonado por lo que había tomado en el proceso. Para la mañana siguiente estaría todo seco. “Te llamaba para desearte feliz navidad. Estamos todos reunidos: tu papá, tu hermano y su señora, las niñas, los papás de Alejandra, unos amigos de Fabián”. Sonreí. Le dije los planes que tenía, restándole importancia al hecho de estar solo pues, al no ser creyente, la navidad sólo representaba un día más para mí. Ella comenzó su particular discurso católico, pero esa vez no me molestó. Con el celular en la oreja, oyendo a mi madre, volteé hacia la izquierda, y me quedé parado allí, mirando al volcán Hornopirén, un pequeño coloso que se empinaba a espaldas del pueblo. A esa hora recibía una extraña luz del sol, filtrada por las nubes que se alzaban sobre el horizonte, lo que daba un tono rojizo. “Qué bueno que estén todos. Me gustaría estar ahí”. Por el teléfono se escuchaba el ajetreo en el departamento de mi hermano Fabián, el claqueo de la loza y las voces felices, risas, el sonido cristalino de los vasos en brindis, el entrechocar de los cubiertos, el tono de sonrisa en la voz de mi madre, los pasos breves e inquietos de los niños correteando en el piso de madera. De pronto el viento botó una polera. Luego la lavaría de nuevo. Ese momento sólo era el volcán, el patio, el bar, yo aquí, colgando ropa, y ellos allá. El viento sopló de nuevo, y dejé de sonreír.
The death has taken my soul…
Luciano apareció por una puerta que daba a la cocina del local. Esperó a que terminara de hablar con mi madre e hizo una señal para decirme algo. Dejé la polera sucia en el lavadero, y me acerqué. “Oye, Capitán, si estás solo en la casa, puedes venir a cenar con nosotros. Tendremos comida de más”. “No, gracias”, le dije, “a lo mejor vengo a tomar algo, pero no quiero molestar en la cena”. “Anda, no seas huevón, ven a cenar no más”. Le dije que lo pensaría. Por el momento, me fui a la casa. No recuerdo cómo (quizás el pack dado de baja a esa hora tendría algo que ver), pero en un momento estaba vestido con pantalones de tela, camisa y vestón negros, recién afeitado y con el pelo en un moño. Dejé el vodka en el freezer, y me fui a tomar uno de los mismos al bar. Luciano lo sirvió, con tónica, una rodaja de limón bien cortada, y un chorrito del jugo de esa fruta, con dos hielos. Entonces, vino la pregunta que a esas alturas ya sabía que debería responder: “¿por qué cambiaste de opinión?”. Y, puta, huevón, es que estaba más solo que la cresta. Muchas veces pensé que la navidad era una mierda, pero esta vez la cagó, no tengo a nadie acá, pero hasta el barman tiene derecho a pasar la noche con su familia, no con los curados de siempre. Por lo mismo me aprovisioné bien, para tener algo que hacer y no deprimirme, para dejarte tranquilo un rato con los tuyos. A lo mejor quieres estar solo, y yo tengo sed, no más. Comenzó a cagarse de la risa Luciano. Lo que me faltaba. No dijo nada. No necesitaba hacerlo, pero la situación ameritaba que se viera en su gracia. Su hija pequeña corría de un lugar a otro intentando buscar al Viejito Pascuero, pero el muy maricón no aparecía. Comencé a reír, entonces, y no paré más. Me senté a su mesa, compartí con su familia, nos tomamos un ron, todos abrieron sus regalos y me fui a acostar, para no seguir molestando. Al despedirme, estreché su mano con gratitud. El hocico ya lo tenía caliente, así que, sin pedirlo, me regaló una botella de agua tónica y un par de limones. En la casa, no demoré mucho en preparar una buena dosis, que puse en el mismo envase de tónica, y salí a mirar la noche. Estaba garuando, con gotas de agua finísimas que caían con pausa. Miré hacia las montañas, unas enorme sombras rocosas de bordes filosos. Bebí un largo trago de vodka tonic, solo, en medio de aquella silenciosa oscuridad. Un farol de la calle se prendió por unos segundos, luego titiló, y ya no volvió a prenderse. Ningún sonido se escuchaba en el pueblo, y con seguridad nadie andaba en la calle. El cielo estaba semicerrado, con nubes que opacaban a miles de estrellas. Si existía Dios o algo así, por ahí debía estar. “¿¡Estás ahí, concha-de-tu-madre!? ¿¡o estás haciéndole un puto cumpleaños al culeado de tu hijo!?”, grité. “Seguro al huevón lo llevaste a putas. Ya estaba bueno ya, muchos pensábamos que te salió maricón, después de no ponérselo a María Magdalena. Seguro estás con él… maricón”. No quise seguir. No obtendría respuesta alguna, después de todo. Sólo me mandé un trago aún más largo de vodka, y sonreí. En eso, se escuché el retumbar de unos tacones. Por la esquina de la calle siguiente, alguien apareció. No pude divisarla bien, y no quise incomodarla, hasta que de pronto, se me acercó. “¿Capitán?”. Mierda, era la señora de un colega –Leandro, de biología-, que venía llorando y con una botella de mango sour en la mano. “Iba a ver si estaba abierto el bar”. Le invité un trago del mío, pues de seguro Luciano no abriría para nosotros dos a esa hora la noche de navidad. Isabel, la chica en cuestión, estaba destrozada. Se notaba que había llorado y que no había tenido la mejor de las cenas. Tenía los ojos hinchados, y rojos. “Tengo un caño”, me dijo. Lo prendimos. Me contó con lujo de detalles lo que pasó con Leandro, cómo se había ido para dejarla sola en navidad, del raro comportamiento que ambos habían adquirido, de lo mal que llevaba la separación, de lo mucho que lo extrañaba, y toda esa mierda. Por lo menos alguien lo pasaba peor que yo en ese momento, aunque me costó un tanto procesarlo porque ya me sentía en Saturno. Saqué un matacolas para darle el bajo al caño. A lo lejos, una luz roja se paseó por el estuario, y supimos que los pacos andaban cerca. Me dijo que fuéramos a su cabaña a tomarnos el resto tranquilos, pero la mía quedaba más cerca. En mi casa, saqué la ropa sucia de encima de los sillones, despejé un poco el enredo de libros y papeles que tenía en el living, puse a Fulano y nos sentamos. Isabel siguió hablando, y yo seguí bebiendo. Habló, habló, habló, bebió, habló, habló, fumó, habló, se cansó y comenzó de nuevo a hablar. El mismo discurso, de Leandro y nada más que él, una y otra vez. Después de un buen rato de la misma perorata que ya no tenía lógica, me bajaron las ganas de echarla, y me paré para hacerlo, pero me pareció descortés de mi parte decirle que se fuera de mi casa en navidad después de contarme todo aquello, así que la miré, ella se puso de pie, y nos dimos un abrazo. Ella lloró. Yo no decía nada. Sólo nos quedamos así un rato, sin decir nada, los brazos cruzados, los sollozos de ella contenidos, la respiración pesada, el tufo a copete y el tiempo multiplicado. Luego de un rato, nos separamos. “Gracias”, dijo, dándome un beso en la mejilla. Se veía para el pico. Yo alcé la botella. “Salud”, le dije, mientras le abría la puerta. Y ella se fue caminando, en la madrugada, en la garúa que una leve brisa hacía oscilar, devorada por la oscuridad.
martes, mayo 26, 2009
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