1.- Así empieza la noche, fin de mes o quincena, qué importa, con la lluvia sobre las cabezas de los viandantes, los autos en movimiento, las luces de un barco que se pierden bajo la línea del horizonte. Es temprano para ir al Luna Roja, mejor hago la previa en el Zeus, aunque hay partido y quizás sería mejor verlo en La Taberna de Moe, o quizás esté muy helado para una pilsen y convenga ir por un vodka a luca en el Comida & Sabor. La última opción suena interesante. Allá voy.
2.- Hace algún tiempo, para el 18, la noche antes de ir a Frutillar, me fui de bar en bar mientras escribía un cuento llamado “Peregrino”. La idea era tomar, al menos, una cerveza en cada local. En la quinta, volví al Luna Roja, que había estado cerrado durante algún tiempo. Las mismas caras, el mismo humo de cigarro, King Crimson sonando en los parlantes, el Tío en la barra. Pedí la cerveza y un solo vaso y me fui a sentar. Ya estaba soltando la mano, comenzaba a escribir con claridad. En algún momento dejé de hacerlo. Leí los apuntes que tenía, y no logré recordar nada de lo que había pasado.
3.- Pato Rock se gasta los codos en la barra del Zeus. Es un fundamentalista de ese estilo, nadie lo imagina en un bar si no es cerca de la barra. Por supuesto, él conoce a todos los barman de la ciudad, y dialoga con ellos, que son los que suelen escuchar. Hay algo lúcido y perverso en la forma de proceder de Pato, una suerte de barman inverso, alguien que se detiene a recibir secretos y rumores de todos los rincones oscuros de la ciudad. “Sírvame otra cerveza, Tío”, dice, mientras deja un billete sobre la barra y enciende un cigarro. “¿Cómo ha estado?”
4.- Voy al baño. Pienso que nada describe mejor a un local que el baño en el que uno mea. Los del Zeus no son desagradables, pero a veces te llevas sorpresas, como un huevón curado y con vómito sobre la polera, mientras duerme plácido sentado en la taza. Más de alguien ha jalado en los cubículos del Comida & Sabor. En los del Kaiser presencié una pelea a combos entre un trasher y un punky. Los de La Taberna de Moe estaban llenos de rallados con frasecitas tontas. En los del Luna, una mina me chupó el pico. No hay dónde perderse.
5.- En la Taberna, espero a un amigo que se fue a conseguir pitos. El Chino, como siempre, pide los carné de identidad los que quieren entrar. Se pasea de un lado a otro, saludando a todo el mundo. En el wurlitzer, alguien pone “Postmortem” de Slayer, todos comienzan a cabecear y a llevar el ritmo. Hay puros metaleros aquí. El tema termina, y comienza a sonar uno de Rafaela Carrá. Todos se miran extrañados, obviamente hay un error, un terrible error. Unos chicos sentados en un rincón, con poleras multicolores y zapatillas con resortes toman sus cosas y se levantan. Se habían equivocado de bar.
6.- Hora de almuerzo, con Karina tenemos hambre y unas cuantas lucas para ir a comer juntos a algún restaurant. Elegimos uno bien escondido, al lado de un cerro, todo porque el cartel anunciaba bistec o pollo con agregado, cazuela de vacuno y de pollo, tallarines con salsa, caldillo de mariscos y una variedad de platos vegetarianos. Cualquier opción, con bebida, pan, mantequilla, y ensaladas. El lugar es bonito, bien cuidado, con unas mesas bien arregladas. De una puerta que hay hacia la derecha, aparece de la nada un viejito. Parece el baño, pero no, es la sección de fumadores, donde hay viejos tomando vino y jugando a las cartas. El garzón se acerca y toma el pedido. Cazuela para Karina, bistec con puré para mí. “¿Y para beber?” pregunta. “Coca”, le respondo. “¿Líquida o en polvo?”. Levanté la vista, algo confundido. Cuando vi su sonrisa, comprendí.
7.- “Ese huevón es paco, todos lo tenemos cachado”. No tiene pinta de paco: es moreno, de barba, con el pelo largo. Anda con una chaqueta negra, de cuero, con algunos remaches. Debajo, un polerón de Brujería, del “Matando Güeros”, ese disco en donde sale la cabeza de un tipo en la portada. Pero hay algo que no cuadra, algo que no es correcto. Claro, es el cigarro, y el trago. No se puede usar ese polerón, fumar Kent 3 y tomar un tequila sunrise al mismo tiempo. Simplemente no se puede.
8.- ¿Quieres saber cómo se conocieron? Yo te lo contaré: con Cristián estábamos duros como palo, luego de tomarnos una de esas famosas pastillitas de Jeannette, y nos lanzamos a la noche. En el Zeus, Cristián se encontró con una amiga, y ella estaba con tres amigas más. Además, encontramos a Pato Rock y a Parancán, otro conocido. Antes de irnos, me paré discreto y partí al baño a vomitar. Luego, nos fuimos al departamento, allá arriba, del que nos querían echar (eso es un decir, yo aún no era parte de nada). Nos pusimos a beber. Curado, duro y con minas, por alguna parte teníamos que fracasar, no podía ser tan bueno. Pusimos música, conversamos durante un rato, una chica se escapó a la pieza de Cristián, los demás nos reímos, yo pretendía leer algunos poemas. De pronto, Pato Rock dice “las tenemos listas”. Una de las chicas se enojó, y llamó a las otras para que se fueran de inmediato. Y se fueron. Días después, Cristián se encontró con ella, la única chica de la que no hablé.
9.- Varios locales han cerrado, ya casi sale el sol. En el Luna no quedan cervezas, y todos se retiran de a poco. El Zeus está cerrado, y no quieren abrir. El Kaiser bajó las cortinas, el Comida & Sabor también, al Pachá no entro por principio, en el Túnel suena música, pero no van a abrir ni cagando, en la Tasca ya tienen las mesas arriba, en el Di Nocetti no venden cervezas a esta hora. Y nosotros con sed, todavía. Alguien sugiere que vayamos al Rancho Pancho, pero las pilsen están muy caras. Entonces ocurre el milagro: el chofer de un auto hace sonar su bocina. Es Pato, que viene lo suficientemente ebrio como para manejar. “¡Oye, vamos a la playa!”. Nos subimos, y vamos derecho al clandestino de Lintz. Nos alcanza para varias cervezas. Un rato después, estamos escuchando a La Renga metidos dentro de un auto, cagados de frío, mientras vemos salir al sol por detrás de la cordillera. Al parecer, no está tan helado para pilsen.
10.- Karina toca su guitarra y canta en el escenario del Luna. Su voz cautiva. Juvenal toca la batería con velocidad y precisión, Winnie toca riffs armónicos y buenos solos, Ángelo es un prodigio en el bajo. Cuando terminan de tocar, hay dos que se van directo al baño, y no por las ganas de mear. Karina intenta sentarse, pero es interrumpida por varios tipos que le dicen lo linda que es, lo bello que canta, lo bien que toca la guitarra, la linda pareja que formarían. Ella sólo los escucha, y sonríe. Pide que alguien le sirva un vaso de cerveza. Entonces, luego de tomar un sorbo, se echa hacia atrás y se relaja. Se siente sola, pero no quiere terminar con estos curados que la alaban, que intentan andar con ella porque canta en el Luna. Tiempo después, nos conocemos. Y yo no la alabo, y no ando con ella porque canta en el Luna.
11.- En la puerta está Raúl, cobrando entrada. Hoy toca Desaforados, la banda donde Cristián canta. Todos son de plata, menos él. Tienen buenos equipos, instrumentos caros, amplificación potente. Tocan temas de Led Zeppellin, Deep Purple, Grand Funk Railroad, AC/DC, y no sé quién más. La entrada vale dos lucas. No quiero pagar. Él dice que todos pagan, que tiene instrucciones de no dejar que nadie entre gratis. “Bien”, le digo, “aquí está la plata”. Son cuatro turros de monedas de diez pesos, con 500 cada uno, que dejo caer con todo su peso en la mano de Raúl. Él me queda mirando. “¿Qué chucha es esto?”. “Las dos lucas”. Me devuelve las monedas y me dice “que el Tío las cuente, yo ni cagando”. El Tío tampoco quiso contarlas.
12.- Es el 31 de diciembre, y todos comienzan a festejar mientras yo voy encañado y, como siempre, atrasado camino al trabajo. Voy apurado, tengo que ir. Paso a comprar unos chicles, me echo tres al mismo tiempo. Eso no puede ser saludable. En la esquina frente al centro comercial, me detengo por la luz roja. De pronto, observo aquella imponente mole de concreto y cristal, y me digo “¿y para qué chucha voy a ir a trabajar hoy?”, y me devuelvo. Una cuadra más allá, me encuentro con Boris, un socio de Frutillar, que va con otro amigo, y me preguntan si sé de algún lugar para ir a beber. Entonces descubro el misterio de la puerta, y los llevo al bar donde los viejitos, ocultos a los ojos de los demás, beben vino y juegan a las cartas, y donde el garzón va al baño cada diez minutos.
13.- Con el Comandante Dureza –además de Ángelo- habíamos quedado de arrendar una casa a la que nos cambiaríamos al día siguiente. Aún en la casa de Modelo, desmontar todo me trajo una extraña sensación de nostalgia. Entonces, decidí llamarlo. “Vente para mi casa, acá nos tomamos algo”. Después de un whisky, una piña colada, varios pack de cerveza y una ronda por varios locales del centro, tomamos el colectivo Mirasol y le preguntamos dónde podíamos comprar otro trago. Nos llevó por Los Sauces, a un par de cuadras de la nueva casa, y señaló una casa en la que había que golpear con una moneda la reja de madera. De adentro salió un hombre al que nunca le vimos la cara, y compramos dos cervezas más. A mediodía, y con un tufo de aquellos, fui a recibir las llaves de la casa. El Comandante también vivía a un par de cuadras. Luego de seis meses allí, fui al hospital por un dolor de guata. Me diagnosticaron cirrosis.
lunes, mayo 04, 2009
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario