Era una verdadera maraca. Me había dejado plantado por última vez, eso era seguro. Pero ¿qué podía hacer yo ante ese hermoso culo, esas tetas de infarto y sus labios, esos carnosos labios que ya me los veía haciéndome un mamón? Por lo mismo, ya la había perdonado dos veces, pero ahora era distinto, de eso no cabía duda. Decidí llamar a otra chica, una amiga a la que igual le tenía ganas. “Hola, ¿Pamela? Oye, sé que es algo encima, pero ¿te gustaría ir a un recital? Sí, tocan Divididos, Mandrácula y Triciclo. Sí, mira, es que tengo dos entradas y no sabía a quién invitar… ¿te tinca a las nueve? En la Alameda con San Martín. Sí, es en el Teatro Teletón, nos podemos ir caminando mientras nos fumamos un porro. Ya pues, nos vemos más ratito”. Pam no estaba nada mal, tampoco, aunque era distinta a Coté, la que me había plantado. Tenía buenas piernas, era menuda, con ojos grandes y labios generosos. Además, le gustaba el metal, lo que era una ventaja, si se quiere. No sabía si le iban a gustar las bandas que irían a tocar aquella noche, pero yo iba por Divididos. Mal que mal, llevaba plata en el bolsillo, unos condones en la billetera y cinco lucas en pitos. Nada mal, estaba seguro de que sería una gran noche, aunque no hubiera partido de la forma que hubiera querido. Pero ya estaba, minas siempre habrían y ya tenía otra cita.
“Hola Pam”, “Hola Capitán”. Nos encontramos en el lugar que acordamos, y el saludo fue un beso en la cara más bien frio. Saqué mi cajetilla de Marlboros y le ofrecí uno de entrada, pero lo rechazó. Tenía los suyos, Belmont blancos. También saqué un porro, y lo prendí después del cigarro. “Es paragua”, le dije. “No importa, no soy regodeona”. Nos fuimos fumando por el centro.
- ¿Cómo has estado? Hace rato que no nos vemos
- Más o menos. Terminé hace poco con un loco que era más celoso que la cresta. Además, le gustaba el jazz, así que no íbamos juntos a ninguna parte, a ninguna tocata. Cacha que la última a la que fui era la de Morbid Angel, y tuve que ir sola. Menos mal me encontré con algunos amigos en el estadio, o si no, yo creo que me hubieran agarrado el poto todo el rato.
- Qué mala… pero, ¿qué onda? ¿el loco te pegó?
- No, cuando lo intentó le mandé un combo en el hocico y hasta ahí llegó. Lo mandé a la chucha.
- Menos mal lo paraste, pudo haber sido peor. Pero no entiendo cómo lo conociste –hubo un silencio incómodo. Supuse que no quería hablar de él -. Ya, olvídalo. No importa. Menos mal lo paraste.
Adentro, estaba tocando Mandrácula, con la formación original. Alejandro Silva estaba inspirado en la guitarra. Nos llevamos la sorpresa de que vendían copete adentro. Ni lo dudé, y le invité un trago a Pam, un ron cola. Yo pedí lo mismo. Mi cabeza estaba en las nubes, y mis párpados se caían. Seguro que tenía los ojos rojos. La gente paseaba de un lado a otro, muchos esperaban su turno en la barra, y otros, en unos balcones acondicionados como salones VIP, subían los pies a los barandales y dejaban sus vasos vacíos en las bandejas que llevaban un grupo de garzones. Frente al escenario, los fanáticos más desatados de la banda gritaban y cabeceaban con tal intensidad que de seguro al otro día amanecerían con tortícolis.
- ¿Cachaste? Está Alejandro Silva.
- ¿Quién?
- Alejandro Silva. Lo que pasa es que no se sabía si iba a estar hoy con el resto de la banda. Lo que pasa es que es el más conocido de todos los integrantes. Lleva tiempo ya tocando solo.
- Ah, no sabía.
Los hielos del ron cola comenzaban a derretirse, aguando el trago. Ya saldrían a Tocar Divididos.
Comenzaron con “Alma de budín” y continuaron con “Elefantes en Europa”, “Sábado”, y luego siguieron varios temones, entre ellos “Qué ves”, “Paisano de Hurlingham”, “El arriero”, “El 38”, “Sobrio a las piñas” y “Cajita musical”. En “Paisano…” a Mollo le tiraron una zapatilla al escenario, a manera de tributo. Mollo la pescó, la miró, y tocó con ella un solo incendiario. Mierda, qué buen recital. Nosotros con Pam estábamos de la mitad del teatro hacia atrás, de pie, mirando a aquella banda hacer lo suyo. Ella parecía un tanto aburrida, pero la comprendía. Claro, hay una diferencia adrenalínica importante entre Morbid Angel y Divididos. Fui por más ron, ella esperó mientras yo hice la fila. Intenté hablarle, pero la música estaba demasiado fuerte y el recital demasiado bueno como para insistir. Volvimos al mismo lugar hasta que se fueron entre aplausos y después de dos bis. Cuando terminó todo y bajaron el telón, la invité al Bar de René a tomarnos unas cervezas. Yo iba a mil, ella parecía un tanto desencantada. “Sí, estuvieron buenos”, me dijo, “pero igual yo nunca voy a cosas así, siempre voy a tocatas más metaleros”. No hubieras podido notarlo si la hubieras visto en la calle, parecía simplemente una chica normal, linda, pero siempre escuchaba metal, desde Slayer hasta Vital Remains. Saqué otro porro y se lo ofrecí. Caminamos de nuevo hasta la Alameda, fumando. Comenzaba a refrescar, y la noche sin estrellas de Santiago se volvía más oscura.
El bar bullía de actividad. Las mesas estaban repletas, y era difícil pasar hasta el fondo entre tanta gente. A gritos, logré que me vendieran dos Escudo y dos vasos plásticos. Pasamos hasta la parte de atrás por un estrecho pasillo en donde rondaban varios tipos con poleras metaleros y varias chicas de minifalda y medias caladas. El humo flotaba en el aire, y los extractores no daban abasto. En un rincón apartado, una mesa se desocupaba. Parecía que mi suerte comenzaba a mejorar. Nos sentamos y dejé la cajetilla encima, los blancos se le habían acabado a Pam. Serví cerveza en su vaso, cuidando de no estropearlo con demasiada espuma, pues el gas se va con el exceso y la cerveza pierde sabor. Datos de borracho. Empezamos a conversar más animadamente a medida que bajaba el contenido de las botellas. Después de un rato en que nos habíamos olvidado de los metaleros, del humo, del atiborrado pasillo, ella se paró y fue al baño, que quedaba en el segundo piso. Mientras subía por la escalera, le di una mirada a sus piernas. Sí, estaba bastante buena. Saqué un cigarrillo y prendí, echando el humo por la nariz. Me eché hacia atrás en mi asiento. Un grupo de tres locos y una mina se sentaron en la mesa del frente, con tres cervezas. Empezaron a llenar sus vasos. La chica era linda, pero tenía cara de ser muy pendeja. “Ahora voy a jugármela”, me dije, y bebí un trago de cerveza. En los parlantes sonaba Danzig, nada más apropiado. Pam venía bajando, traía una sonrisa en sus labios carnosos. Se acercaba a la mesa. De pronto, uno de los tipos que se había sentado en la mesa del frente dice “¡Pam!”. Ella se da vuelta, lo mira con sorpresa y lo saluda con un abrazo. La chica, en tanto, se perdía en un largo y salivoso beso con otro de los tipos. “Cagué”, me dije. Pamela me miró y con un gesto indicó que me fuera a esa mesa. Acepté a desgano. Los saludé a todos y me senté junto a ella, pues era la única a la que conocía. Ella siguió hablando con su amigo, yo seguí bebiendo, hasta que cerraron el lugar y ya no siguieron vendiendo cervezas. Los seis nos vimos de pronto en la calle. Todos los que estaban dentro del bar seguían ahí, en la vereda. “Me voy”, le dije a Pam. “No, no te vayas, van a abrir acá al lado”. Le hice caso, pensando en que quizás tendía una última oportunidad con ella. Claro, a veces uno es tan huevón. Saqué un porro y lo prendí para compartirlo con la bandita con la que andaba. La mina con cara de pendeja estaba cocida, apenas se mantenía en pie, y el tipo que se la había estado agarrando no paraba de tocarle las tetas. Seguro que el porro ya no le haría nada. No pasó media hora y abrieron el local de al lado. Nunca había entrado ahí: era un galpón enorme, con algunas mesas en las orillas y una pequeña y estrecha barra en la que todo el mundo intentaba pasar por encima del resto, estirando las manos con billetes entre los dedos. Un par de orientales pasaban las cervezas mientras un tercero contaba el dinero con un cigarro colgando de la boca. Era extraño. Compré dos cervezas y me fui hasta donde estaba el resto de la gente, que fumaban con desgano. La música era fuerte, estridente. El lugar estaba repleto. La chica borracha se había ido con su galán, y el otro tipo que quedó solo se perdió entre la multitud, así que sólo éramos Pam, su amigo y yo. Nos tomamos la primera cerveza rápidamente, casi sin hablar. Cuando se acabó, Pam se me acercó y me dijo al oído “nos vamos”. Supuse que ese “nos” no me incluiría a mí, y no me equivoqué. Me dio un beso en la mejilla, el tipo me dio un apretón de manos y yo me quedé con mi cerveza. “Me la tomo y me voy”, pensé. No era que tuviera mucha más opción, así que sólo me quedé tranquilo, sentado en el borde de una mesa, mirando a la gente que reía con sus enormes bocas abiertas y a los que bailaban sin ritmo ni intención. De pronto, un tipo se me acercó, bailando. Iba vestido con ropas buzo y un jockey Nike en su cabeza. Movía los hombros y estiraba sus labios frente a mi cara. Yo lo miraba, y bebía. La tercera vez, le paré el carro. La quinta, le dije “huevón, córtala, no quiero atados”. Cuando ya había perdido la cuenta de las veces en que el culeado hizo lo mismo, le dije por última vez “mira concha-de-tu-madre, para tu hueveo o te voy a sacar la chucha. No estoy hueveando”. Sonrió, y se perdió en medio de la gente. Respiré aliviado, pues no me gusta pelear. Empiné el codo y me mandé un buen sorbo de cerveza, quería irme rápido de ahí. Llevaba poco más de la mitad. Entonces, volvió, meneando los hombros y estirando sus manos hacia mí, lanzándome besos. La mierda me hirvió. Ya lo había intentado todo y el maricón culeado no me había hecho caso. No le dije nada, sólo le planté un combo en el hocico con tal rabia que saltó hacia atrás, desestabilizado. Estaba a punto de lanzarme sobre él para agarrarlo a combos, cuando tres tipos me sujetaron. Eran los guardias, unos mastodontes de metro ochenta, que tiraban, alejándome del maricón. “¡Ya, me voy!”, grité, intentando liberarme, “¡Pero quiero que todos sepan que ese fue el culeado que empezó!”, y salí. Afuera, busqué el último billete de diez lucas que me quedaba, pero sólo encontré un porro. “Mierda”, pensé, y partí a buscar un cajero automático. Saqué mis últimas lucas, y partí a tomar un taxi, el primero que pillara. Comenzaba a amanecer ya. Una vez arriba, eché los billetes en la billetera, y miré los condones que no se habían movido de ahí. Miré la calle, la gente volviendo de los carretes, la luz brillando en el borde de la cordillera, el tráfico que comenzaba a inundar las calles. Era el peor cumpleaños que había pasado.
miércoles, junio 17, 2009
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