martes, abril 28, 2009

V.- DOGMA

Menos mal que ya terminaba el día. Debía ser jueves, seguro, alrededor del día 25 de un mes incierto, pues mis bolsillos no tenían nada de dinero, por lo que todo el tiempo que estuve en la tienda, intenté conseguirme algo. Quería un par de lucas, pero sólo conseguí lo suficiente para no tener que irme caminando hasta la casa de Karina, mi novia, quien había tenido el día libre. Así que llegada las nueve de la noche, agarré mis cosas, apagué los equipos y me fui sin despedirme de nadie, pensando en la lentitud con la que las horas se habían ido derritiendo. Atravesé la puerta sobre la cual un letrero prohibía el paso de cualquier persona que no trabajara en el local. Como en todas esas puertas, el misterio no era más que una escalera que culebreaba por las murallas hasta el nivel de la calle, una construcción descuidada en la que sobresalían el montacarga y una jaula en la que se depositaban los desechos de los cargamentos que iban llegando. Y allí, en aquel lugar, estaba la puerta por donde entraban y salían todos los funcionarios de la tienda, y era en ese acceso en donde permanecía un guardia, día y noche, inspeccionando los bolsos de todos. Había días heladísimos, y entonces el guardia de turno se enfundaba en un grueso overol térmico, lo que le daba un aspecto de oso surrealista. Ese día estaba un tipo pequeño y calvo, de cara gruesa, arrugada, y expresión aburrida. Abrí mi bolso, pero no notó el afinador que me había robado.

Caminé un trecho hasta un paradero que estaba un tanto alejado del centro comercial, con tal de no irme parado en la micro, cosa que conseguí. El lado de la ventana, mirando al mar, a aquella oscuridad absoluta en la que se perdían las islas, los poblados, las montañas. Saqué un libro de mi bolso, Trópico de Cáncer, de Henry Miller. El vehículo se aproximaba sin prisa al centro comercial, y todo indicaba que el chofer se estacionaría un momento afuera de aquel lugar, con la intención de llenar la micro. Ya me había hecho a la idea de aquello, así que me arrellané como pude en el asiento y abrí el libro, justo en las aventuras del señor Nulidad. Comenzó a subir un variopinto grupo de pasajeros: estudiantes con olor a copete, vendedores y promotoras de distintas marcas, señoras que peleaban los asientos que quedaban libres, hombres gordos vestido con camisetas de equipos deportivos, oficinistas deseosos de fin de semana, escolares de uniformes oscuros y risa fácil. El chofer prendió la radio, alguien con una sopaipilla en la mano pidió que lo llevaran por 200, pero la petición fue denegada. La micro comenzó a andar, y el sonido de la radio fue consumido por el rugido del motor. El volumen de la radio subió, y entonces se escuchó un “nuestro señor Jesucristo” desde los parlantes. Traté de concentrarme nuevamente en el señor Nulidad, pero el tipo que hablaba por la radio estaba en una catarsis de gritos, rezos y exclamaciones al cielo: “¡Porque ya no tendrás nada que temer, pues Dios es más grande que tu problema, Dios es amor, Dios es el camino, la verdad y la vida, Dios de fe y esperanza que todo lo gobierna y todo lo sabe, entrégate y cambia tu vida, sueña con un futuro mejor, con una esperanza de vida digna y alejada de los caminos de Satán…!”. La cosa estaba empezando a molestarme, pues toda esa perorata de mierda con respecto a la fe,se asemejaba harto a imposición. No podía concentrarme en la lectura de algo tan deliciosamente indecoroso como el socio de Henry Miller cagando en un bidet en una casa de putas parisiense, con todas esas referencias a Dios, al pecado y el arrepentimiento y la culpa y la moral y huevadas. Desde mi asiento, grité al asiento del chofer “Oiga, ¿puede bajar la radio?”. El susodicho se limitó a mirar con cara de enojado por el retrovisor. Esperé alguna otra reacción, pero nada. Grité lo mismo, con el mismo resultado. A la tercera vez, decidido a que cambiara o apagara la radio, me paré de mi asiento y me abrí camino hasta llegar adelante, donde el hombre conducía.

- Disculpe, no sé si me escuchó, pero pedí tres veces que bajara la radio.
- No quiero -dijo él, con cara de enojado.
- Oiga, no se trata de que usted quiera o no, usted está obligado.
- Claro que no, no estoy obligado. Si no quiero, no cambio la radio.
- Pero usted tiene que saber que existe un artículo que dice textualmente que la radio del vehículo puede funcionar con volumen moderado y siempre que ningún pasajero se oponga. Bueno, yo me opongo.
- ¿Y por qué? Yo no tengo por qué hacer lo que usted me dice –continuaba el tipo. De verdad era una situación molesta.
- Da lo mismo por qué, aunque si quiere saberlo, no creo en Dios y me parece muy violento que trate que los demás creamos. Vengo cansado de mi trabajo y no quiero escuchar esto.
- Yo también estoy cansado, y no quiero cambiar la radio. Toma –me dijo, extendiendo su mano con el importe de un pasaje-. Si quieres ándate en otra micro, pero yo no voy a cambiar la radio.
- Esto no se trata de que quiera o no, yo pido un derecho, nada más.

A esas alturas, algunas personas comenzaron a cuchichear y a lanzar ciertos gritos hacia delante. Decían “ya pues, que se deje de molestar”. Yo no hice caso, y seguí hablando con el conductor. El cartel que decía aquello de “la radio del vehículo puede funcionar…” estaba tapado por un póster que anunciaba unas carreras a la chilena en Maullín. Le hice notar esto, descorriendo la cinta adhesiva que sostenía el anuncio. “¡Deje eseo ahí!” dijo el tipo, enojado. Seguía extendiendo la mano con el dinero. La micro subía por Crucero, una cuesta pronunciada que se abre de pronto en un mirador de la bahía. La voz del pastor seguía al mismo volumen, y los cuchicheos aumentaban. “Que se siente”, “no reclame más”, “para qué molesta tanto”. Aquello era indignante. De pronto, un tipo que iba en el primer asiento, detrás del parabrisas, se acercó a mi lado a decirme algo que no alcancé a escuchar. Me agaché. “Déjese de molestar al hermano o le puede ir mal”, me dice. “¡Sólo tienes que confiar en el amor de Dios!”, salió por los parlantes. “¿Y por qué no te metes en tus huevadas, concha-de-tu-madre?” le respondo. El chofer bajó el volumen, y escuchó aquella respuesta. La máquina se detuvo de un frenazo, y el conductor se paró con una amenazante cara de indignación. Por fin podía verlo con claridad, su cabeza con una calva reluciente, la boca que caía oblicua por un lado de la cara, las profundas arrugas de su cara, su cuello largo y lleno de pliegues, y cerca de un metro ochenta de huevón y una robusta contextura que parecían amenazantes a esa distancia tan breve. Ya me había metido en camisa de once varas, pero no estaba dispuesto a retroceder ni cambiar mi actitud. Todo tenía un aire insoportable a pelea. Pensé que quizás obtendría el apoyo de algunos pasajeros, pues todo me indicaba que estaba en la razón. Pero sólo escuché “¡Bájenlo!”, “¡sáquenle la mierda por sacrílego!”, “¡échenlo!” y cosas similares. Era obvio que no obtendría nada de ahí, y la perspectiva de pelear con un grupo de personas distaba mucho de la de enfrentarme solo a un evangélico de metro ochenta. “Está bien”, les dije a los pasajeros “no era mi intención molestar en su viaje, sólo pedía un derecho que me estaba siendo negado”. Me estaba tirando al piso, intentando conseguir algo de lástima. Nada. Estaba derrotado, herido, humillado. Comencé a bajar los peldaños de la pisadera, la puerta se abrió, el frío me llegó de golpe. No había pisado la calle aún, cuando una señora gorda y negra se paró de su asiento, al fondo de la micro, y rompió el silencio en el que la micro había quedado, gritando “¡NO PUEDEN CALLAR A JESUCRISTO!”.

El bus se alejó afirmándose apenas de la cuesta. El viento comenzaba a subir la intensidad. En la vereda de enfrente, se extendía aquel mirador en el que no se veía nada más que la oscuridad del mar y las luces de la ciudad. Era una bella imagen. Aún faltaba media hora de caminata hasta la casa de Karina.

martes, abril 21, 2009

IV.- PERROS

El invierno se había dejado caer de repente sobre Santiago, botando de un soplido las pocas hojas que aún pendían con pereza de los árboles, mientras los cielos se oscurecían más y más con el correr de los días. Entonces me encontraba yo en el ansia de Santiago, esa desesperación por el fin de semana, la de quebrar la rutina y sentirse libre un rato, después de ser esclavo del tiempo y de uno mismo durante la semana. En Puerto Montt uno es libre, no hay necesidad de hacer ese espacio para no perder la cordura. Es por ello, al no tener una noción más precisa de libertad, que esperaba impaciente cada viernes, a eso de las siete, el infaltable llamado de mi amigo Duarte (¡la contradicción!: sujeto a un llamado regular para ser libre… seré menso). Y claro, aquel frío viernes no fue la excepción, y el teléfono sonó tres veces antes de que mi madre atendiera y con un gesto de desaprobación me dijera que se trataba de mi socio. “Ya, nos vemos a las diez”, corté y fui a cambiarme de ropa. Mi madre parecía enojada. “¿Vas a salir? Llevas dos meses saliendo todos los fines de semana, ¿no te parece que es un poco mucho?”. La verdad, no, pero no dije nada. Simplemente abroché el cinturón, até los lazos de mis zapatos, organicé mi bolso y salí, no sin antes darle un beso a mi madre y prometerle que volvería temprano. No pareció muy convencida de ello.

El camión de la basura aún no había pasado, y algunos perros sumían sus cabezas en las pilas de desechos en búsqueda de algo para comer. El aire de la noche era fresco, y un olor a lluvia amenazaba con liquidar el fin de semana. Caminando, me encontré con Jano, que preguntó por mi familia, con Claudio, que quería saber si era yo el que le tenía unas películas, con Viviana, que se iba a Coquimbo junto a su pololo Mortis, y con Franco, que decidió acompañarme. Y es que, antes de juntarme con Duarte, tenía que pasar a comprar pitos al Campa, un conjunto de casas en el que todos se dedicaban a vender pitos, pasta base, chicotas, falopa y alguna otra cosa que nunca supe. Los de Patato estaban muy chicos, así que le compramos a José Luis. Esos eran una ruleta rusa: una semana podían ser una mierda, y a la siguiente podían ser los mejores que había probado en meses. Fueron de los segundos esta vez, y con Franco nos fumamos uno a medias, así que la caminata y el posterior viaje en micro fueron bastante gratos, pues sólo veía el paisaje, sin filtros de ninguna especie. En la Alameda, comenzaban los trabajos que irían a transformar la ciudad por culpa del nuevo plan de transportes, y edificios altos eran construidos por obreros que piropeaban a cada mujer que pasaba por la calle, sin importar su belleza física. La gente indiferente se paseaba para llegar a distintos lugares, sus carretes personales. ¿Cuántos irían a morir durante la noche? Las huevadas que pienso cuando estoy volado. Es San Isidro, la calle, frente al cerro Santa Lucía, los tenderos llevándose los carritos sopaipilleros para guardarlos, el vapor de los sánguches de potito, los travestis que intentaban agarrar incautos, estudiantes borrachos y oficinistas en busca de algún topless. Eran las 10:10, hora perfecta. Duarte me esperaba en el lugar convenido, en la esquina de Curicó, una placita pequeña y oscura, con una calle donde los autos no pueden detenerse. “¡Hola, rata de cloaca!”, “¡Hola, maricón!”. Nos sentamos y empecé a sacar las cosas para armar un porro. Frente a nosotros, un tipo que estaba más cocido que botón de oro, acariciaba con fuerza a un tiñoso perro. El viento soplaba ligero, la noche se oscurecía.

- ¿Cómo has estado, Capitán?
- Aquí pues, culeado, pasando la semana. Encontré trabajo.
- ¿Y a qué vieja te comiste para encontrarlo?
- Huevón. Es un reemplazo, en un liceo en San Miguel. Cabezón me dio el dato, ya que está trabajando allá. Parece que la mina tiene problemas en los ojos, un problema serio. Estaré un par de meses, al menos –eché la yerba en el papel de arroz, un OCB negro, la acomodé con equilibrio, y con un rápido giro dejé el contenido dentro. Luego, pasé la lengua por la parte con goma y cerré el porro, que parecía un corrector.
- Qué bueno, compadre. Me alegro un montón.
- ¿A ti cómo te ha ido? ¿cómo estás con tu novia?
- Bien, aunque no quiere que coma carne. Tú sabes, ella salva perritos, tiene gatos y no quiere que nadie coma animalitos. Como si una gallina se mereciera otra cosa que ser una cazuela. Pero estamos bien… ella sabe que como carne, pero no lo hago cuando estoy con ella.
- ¿Y si te casas? Eso sería el “cagaste no más”.
- Sí, pero no creo que eso pase muy luego –no pasó, de hecho.
- ¿Oye, Duarte?
- ¿Sí?
- ¿¡Y TU HERMANA!?
- ¡Mira concha-de-tu-madre, te voy a sacar la chucha, maricón de mierda!!!

Yo me reía a carcajadas. Duarte era tan buen amigo mío que, si bien sabía que me agarraba a su hermana, no le ponía color si yo llegaba con otra mina a un carrete. Según como lo veía, yo le hacía un favor a su hermana, y más encima yo lo hueveaba. Prendí el caño y aspiré con fuerza, pasándoselo en seguida a mi socio. El tipo que acariciaba al perro seguía en lo mismo, pero noté algo extraño: su forma de acariciar, era como si se estuviera calentando con el animal, como si se lo estuviera engrupiendo. Claro, estaba ebrio, pero de pronto el tipo comenzó a bajarse el cierre de los pantalones, y comenzó a acomodarse para intentar sacar la tula al aire. Era surreal. Apretaba con firmeza las caderas del perro, acercándolas a su entrepierna. “Cacha”, le dije a Duarte, “el huevón ese se quiere culear al perro”. En las sombras, imaginé los ojos desencajados del huevón por la calentura. De pronto, el can peló los dientes, gruñó con fuerza y lanzó un mordisco que el tipo evitó. Éste se asustó, apretó con más fuerza, pero el animal lanzó otro tarascón que dio en el objetivo, así que no le quedó otra que dejar ir al quiltro, que caminó tres pasos y se rascó su piel descascarada, como si nada hubiera pasado. “No, no estoy tan volado, no lo imaginé”. El tipo pareció decepcionado, y se tocó la cara en el lugar en donde había sido mordido. Duarte me pasó el porro, y creo que fue la brasa incandescente o el olor lo que alertó al loco que estábamos fumando. Comenzó a buscar en un bolso que tenía a su lado, algo que la oscuridad ocultó. Cuando lo cogió, se levantó tambaleando de su asiento, y se acercó a nosotros haciendo un ademán de fumar con su mano izquierda. Con la derecha, escondía en su espalda aquello que extrajo de su bolso, y yo trataba de ver qué mierda era, aunque no podía. El perro cruzó la calle cuando el semáforo dio rojo, y se perdió por la esquina. De pronto, lo vi: era un combo, uno de esos enormes martillos que pueden destrozar la cabeza de cualquiera. El tipo se movía de un lado para otro, amenazante. “¡Huevón, vamos, vámonos!” le dije a Duarte, que seguía hablando algo que no entendí. “¡Vamos, mierda!” le dije con seriedad, y caminamos rápido. El tipo quedó con el combo en una mano, el pico al aire y una sarta de amenazas incomprensibles en su boca. Doblamos por la primera calle que pillamos y le conté a Duarte lo ocurrido. No la quería creer. Yo estaba nervioso, necesitaba tranquilizarme con un trago, así que nos fuimos directo a un bar que había cerca de la universidad y en el que éramos clientes habituales. Le contamos todo lo ocurrido a la dueña, que miraba con cara de sorpresa. “Hay cada loco en este mundo” dijo. El bar estaba extrañamente desierto para ser fin de mes. Claro, el tipo debía haberse gastado el sueldo entero para alcanzar aquel estado de curadera. Nos sentamos en una mesa con Duarte, junto a una ventana, y nos pusimos a conversar nuevamente. Estábamos más volados que la cresta. Después de un rato, ya habíamos olvidado a medias el incidente, y hablábamos de cine, música y de cualquier cosa. Le volví a preguntar por su hermana en tono de broma, y volvió a tirarme el rosario de chuchadas. Comenzaron a aparecer los conocidos, y ya no éramos más que saludos y sonrisas, caras de sorpresa contando la historia recién ocurrida. Las cervezas se vaciaban con rapidez. Era una buena noche, después de todo.

De pronto, una figura destartalada apareció en la puerta: ¡era el zoófilo del combo! Se lo dije a Duarte, que no se movió para nada, asustado. Lo contrario ocurría con el huevón, que se tambaleaba sin ritmo, como si se fuera cayendo a pedazos. No miró a nadie, ni a nosotros, ni a las minas, ni a la barra, y pasó directo al baño. Le hicimos notar a la tía que era el mismo del que le habíamos hablado, y tomó cartas para evitar problemas: mandó a llamar a Leo, su hijo, un mastodonte al que yo ya había visto pelear alguna vez, para desgracia de su contrincante, un curado odioso que había tratado de correrle mano a una prima de la tía. Ahora Leo, sin miedo, fue hasta el baño. “Ten cuidado”, le dijo Duarte, y nos paramos detrás de él mientras golpeaba la puerta del baño. Nada, ni una respuesta, ni un sonido. Golpeó tres veces más, pero nada. Al final, Leo se aburrió, y pateó la puerta con fuerza. La puerta rebotó, y se abrió lenta y pesadamente, mostrando una figura que se perdía en la oscuridad. Leo prendió la luz. Allí, sentado en la taza con los pantalones a la rodilla, el tipo se había cagado entero. Dormía profundamente, sin percatarse del horrendo hedor con el que había impregnado el local. Por supuesto, al único lugar que no le había atinado, era la taza.

martes, abril 14, 2009

BOTELLAZO

Despertar una mañana cualquiera con la caña viva, vegetar un rato tendido en la cama y contabilizar los recuerdos como destellos breves, y al mismo tiempo reírse de las cagadas que me mandé la noche anterior, la sed, esa infinita sed que no podría saciar toda el agua de los lagos, el tufo hediondo, la culpa sonriente. Eso, y correrse una paja en la ducha y el rito de intentar sacarse el olor a copete que emana desde todos los poros del cuerpo, intentarlo con café y dulces de menta, prepararse para ir a la pega sabiendo que aún estoy cocido, el fin último de este estado, el reconocimiento de la borrachera ante la negativa que le daré a los demás, mentirme así mismito y un “nunca más” que se desvanece en el aire no bien se pronuncia. Es la vida que he buscado y que abrazo con el ansia inmediata del placer, del devaneo inútil, de la profundidad de pensamiento que no es más que una huevada, una excusa para seguir chupando. Cuando pasa esto y llego encañado a la pega, me baja un súbito interés por ordenar los instrumentos en la bodega, lo que reafirma mi intención de no atender público. El aliento podría espantarlos, o bien, curar sus heridas. “El botellazo”, decía mi vieja. Qué expresión más exacta. Cargo en esos instantes con las botellas de la noche que pasó. Entre tanta caja con instrumentos y accesorios y productos de audio profesional, hago un espacio abajo, justo en medio, en donde no me encuentre nadie, y duermo. Pongo el despertador del celular para que suene dentro de media hora. Es iluso pensar que se me va a pasar la resaca en ese rato, pero vale la pena intentarlo.

No es un buen sueño el que se produce después de una noche de carrete. No hay un descanso real, sólo oscuridad y desaliento. Es algo así como un corte en tu vida, como si te fueras de vacaciones a otra dimensión y volvieras un segundo después. Apagada de tele, para ser más preciso. Pero este sueño es otra cosa, no es evadirme, es un intento desesperado por responder en el trabajo, por sacar la pega adelante con cierta indecencia, creo. Escucho a alguien que viene, sus pasos resuenan en el piso metálico. “¿Capitán? ¿estás por ahí?”. No respondo, sólo escucho. De pronto las cajas se mueven a mi izquierda, la luz entra, y la voz que preguntaba por mí se siente más cerca. El lugar debe estar pasado a copete, pues respiro con fuerza, de puro nervio. “¡Aquí estás!”. Es Juan, un tipo de la bodega con el que nos juntamos a fumar pitos casi todos los días. “Oye, el jefe te estaba buscando desesperado. Parece que alguien quiere comprar una guitarra, así que anda para abajo, mejor. Y toma”, me dijo, mientras extendía su mano ofreciéndome un chicle. “Buen lugar elegiste para dormir. A propósito, ¿a qué hora te vas a colación? Tengo $500”. Ya eran cerca de las doce y media, así que convinimos en que vendería la guitarra y saldríamos a la una a fumarnos un aperitivo. Me incorporé y fui hasta el puesto de los instrumentos. Por los parlantes de la tienda se escuchaba con insistencia la voz de una mujer que decía “promotor de instrumentos musicales, favor de dirigirse a su puesto de trabajo”.

“Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?”. Era una señora increíblemente gorda y cabezona, con la piel apretada y oscura, los ojos pequeños, un grueso traje de dos piezas, medias de nailon y zapatos bajos. Era evangélica, al parecer. Pensé en mi padre, que sí lo es. “¿Me puede mostrar esa guitarra? Necesito una electroacústica buena”. Se la alcancé. La guitarra era un pedazo de cholguán, pero era la más barata de las que ella quería. Entonces, hice todo el cuento: la afiné, la conecté directo a la mesa de sonido y toqué los únicos acordes que sabía. Le expliqué la conveniencia de que viniera con un amplificador pequeñito, y por qué no podía ponerle cuerdas de metal. Parecía convencida. “Es para tocar en la iglesia”. Fui un poco más lejos, entonces, y le ofrecí una de mejor calidad, pero que venía sin amplificador y que, además, era más cara. Me pidió verla, y que la conectara. De nuevo el mismo show, los mismos acordes mulas. Sonaba mucho mejor la segunda guitarra, aunque ella no lograba percibirlo. Me dijo que la última era más linda, que le trajera esa. Para eso, debía volver a la bodega, encontrar la guitarra, revisarla y afinarla. Me demoré poco. Al volver, la señora estaba rasgueando la que le ofrecí primero. “¿Sabe qué? Mejor me llevo esta. Ésa es mucha guitarra”. Vieja culeada. Tuve que volver a la bodega y encontrar la otra guitarra. Y claro, al volver, tuve que probarla entera. “¿Y no me podría regalar una uñeta?”. Otra vez los acordes. “No puedo, señora, todo lo que necesita viene adentro”. Pasamos a la caja, 12 cuotas, el vale y la garantía. Estaba a punto de terminar de envolver el instrumento cuando me dice “¡Chuta!, ¿no me la podría envolver para regalo?”. Realmente era una vieja culeada. “¿No la quería para tocar en la iglesia?”. “No, yo no toco, es mi hijo el que toca en la iglesia, y él está de cumpleaños”. La alarma del teléfono comenzó a sonar, la había olvidado por completo. En mi puesto, unos cabros chicos comenzaban a golpear la batería y a rasguear las guitarras. Una niña vio la mesa de sonido, y subió la perilla del volumen general al máximo. 500 watts de potencia la asustaron más que la cresta, y todos miraron hacia el puesto. Partí corriendo a retar a los pendejos, mientras bajaba el volumen. Los papás estaban allí parados, como si nada. “Oye, ¿cómo se te ocurre retar a mi hijo? ¿acaso no puede probar los productos?”. La alarma seguía con el ruidito. Dejé que siguiera, en algún momento se detendría. “No son juguetes, señor”. El papá del año fue hasta donde un guardia, y le pidió hablar con el gerente. Yo me devolví a terminar de envolver la guitarra. Le entregué un par de pliegos de papel de regalo a la vieja, pues no me interesaba envolver semejante huevada, apagué los equipos y me fui a colación. Mientras bajaba la escalera, la familia feliz que estaba jugando con los instrumentos iba entrando a la gerencia. “Menos mal que no tomé ron”, pensé.

Juan me estaba esperando en la puerta. Nos fuimos conversando mientras caminábamos por la costanera, rumbo al terminal. Estaba nublado y hacía frío. Aquello me gustaba, sentir el aire helado proveniente del mar, ver a las gaviotas y a las bandurrias surcando el cielo, sus graznidos despreocupados, felices, sonoros. Un grupo de atorrantes tiraba la talla mientras se empinaban un vino en caja, que iba rotando de curado en curado. Sus ropas estaban rotas, mugrientas, llenas de grasa y percán. Sentí una ligera envidia por la libertad con la que obraban. El más alto de ellos tenía pitos. Era indignante no tener otra mano en donde comprar, porque los pitos que venden en el terminal no sólo son pequeños, son ínfimos, y siempre dejaban pidiendo más. Lo único que tenían a su favor era la efectividad. Después de fumarnos ese pito, estábamos más volados que la chucha. Seguimos conversando mientras nos dirigíamos de vuelta al mall, a comernos un completo en la picada del subterráneo, donde venden una comida casi tan grasienta como los pantalones de los borrachos. Aún faltaba un buen trecho. “Quiero renunciar”, dije en un momento. Juan me miró, pues no era algo que había estado en la conversación, simplemente había salido. Creo que el porro estaba logrando que se me quitara la caña y comenzara a sentirme mejor. “¿Y por qué vas a renunciar? ¿no te gusta la pega?”. Era un buen trabajo, simple, tranquilo, y podía estar sentado todo el día tocando instrumentos. Además, ya llevaba cerca de un año allí, lo que equivalía a decir que la música me había dado de comer durante todo ese tiempo, cosa que no muchos se jactan de lograr. “No soy músico, soy escritor. Se suponía que esto iba a ser temporal, y ya llevo un año metido aquí. Dentro de esa mierda de tienda no se ve la luz del sol, no se respira el aire del mar. Sólo estoy allí, queriendo salir a beber a cualquier parte, mientras veo a la gente mover sus culos al ritmo del vaivén de sus bolsas con cosas que yo no puedo comprar, mientras atiendo a huevones que sí saben tocar y que podrían tener esta pega si lo quisieran. Ya no quiero seguir ahí”. “Bueno, entonces búscate otra pega”. Algo se iluminó dentro de mí. Era algo tan simple, tan lógico y bello, que sólo atiné a sonreír. Incluso así, volado como pico, Juanito vio algo con total claridad. Tenía razón, sólo debía conseguir otro trabajo. El viento se arremolinó con fuerza, y elevó una bolsa plástica hasta alturas insospechadas. Me gustaban los días así.

Luego de comer, Juan se devolvió a la tienda, a la bodega, a la oscuridad y el encierro cabrón. Yo siempre tenía algo más de tiempo. Holgazaneaba más, mejor dicho. Nunca llegaba a la hora. Pero esa tarde decidí no volver. Fui a un locutorio y pedí un teléfono. Llamé al jefe al trabajo, pero no estaba. Me atendió una secretaria de la tienda, una chica delgada que tenía cara de aburrida. “¿No está el jefe? ¿Puedes darle un recado? Es que ahora estoy en el doctor, en una consulta. Sí, intoxicación por mariscos, me comí unas almejas crudas ayer, y ahora ando con dolor de cabeza, dolor de estómago y desvanecimiento –claro, estas cosas no eran una mentira-. No puedo volver a trabajar ahora. Veré qué me dice el doctor, a ver si puedo volver mañana al trabajo. Gracias”. Salí de allí y volví a la calle, sonriendo y con una alegría incierta. Al menos esa tarde no volvería. Andaba con plata en los bolsillos, lo suficiente como para un par de cervezas, o tal vez un ron. Así que me eché a la boca el chicle que me había dado Juan y doblé la esquina, dispuesto a meterme en el primer bar que encontrara, y entonces comencé a escribir estas historias…

lunes, abril 13, 2009

FRUTILLAR

Ese 18 se me presentó medio raro. Era que no, pues todos habían empezado a carretear el viernes y yo recibí la condena de trabajar el sábado y el domingo, por lo que sólo pude unirme a la fiesta el domingo en la noche, cuando muchos ya estaban reponiéndose de un par de días de juerga. Igual, desperté el lunes en la mañana, 18 mismo, solo en casa, con la ropa puesta, un dolor que giraba a gran velocidad en mi cabeza, y la desagradable sensación de tener un animal muerto en la boca. Mi teléfono sonaba en el bolsillo del pantalón y no paraba de vibrar. Me quejé un poco y contesté con desgano. Era Karina, mi novia.

- ¿Aló, mi amor?
- Hola mi amor, ¿cómo estás?
- Encañado
- Para variar. Oye, te llamaba para decirte si nos íbamos temprano a Frutillar –Chucha. Me había olvidado de lo de Frutillar
- ¿No era en la tarde?
- Es para hacer una previa con los chicos, y para ayudarlos a poner los instrumentos y la amplificación.
- ¿Y o si no tendríamos que irnos separados?
- Exactamente –eso no me sonó a buena idea.
- Ya, vamos temprano entonces. Juntémonos en una hora más en Benavente, ahí en La Araucana.

Aceptó. Así que tenía una hora para componer la caña. Partí por buscar mis cosas: las zapatillas, la bufanda, el abrigo y las llaves dentro de él. No estaban por ninguna parte, a pesar de que las había usado la noche anterior. Fui al living comedor, al baño, a la cocina, a la pieza de Cristián. Nada. Tuve la premonición de que me sentiría estúpido, y no me equivoqué: al abrir la puerta de entrada, en el descansillo, se encontraban todas mis cosas en perfecta alineación. Me reí de aquella imbecilidad, y agradecí el haber arrendado una casa interior.

Luego de eso, puse un poco de agua en el hervidor y me fui al baño. El gas se había acabado, y no quería gastar lo poco que me quedaba en un balón nuevo, así que la hice corta en la ducha. El agua helada logró despabilarme un poco. Me lavé los dientes y me afeité con un poco de agua del hervidor. En la mesa del living-comedor, había una botella de mineral que estaba ahí desde quizás cuando, y me empiné el último poco de agua desvanecida. Era horrible. Necesitaba un café, cargado y dulce. Me asomé a la ventana para ver el cielo y el cerro que nos enfrentaba, con una población apenas agarrada a la ladera y que emergía de una buena cantidad de árboles, arbustos y enredaderas que crecían con entera libertad. Y las gentes de esas casas, en la estrechez de los pasajes, iban a comprar pan, paseaban al perro, hacían asados, peleaban a cuchillos o a balazos, secaban sus ropas limpias, culeaban en la oscuridad, jugaban a la pelota y hacían sus vidas como ocurriría en cualquier parte del mundo. “Va a llover, mejor echo zapatillas y un chaleco”. Luego, terminé mi café, armé un pito que estaba en la mesa del computador, me puse la chaqueta y el bolso con libros y cuadernos, y salí a la calle. Estaba despejado, pero se notaba que llovería. El aire rezumaba humedad, y pequeños hilos de agua se abrían paso por las calles sin pavimentar, varios gatos miraban pasar el día y el árbol que coronaba el cementerio católico, emplazado en una pequeña loma, se mecía con los vaivenes del viento. Caminé hasta el primer almacén que vi abierto, y me compré una mineral y unas pastillas de menta. Varios perros salieron al paso, los mismos perros de siempre, a los que cada día les daba un cariño. Movían sus colas y se refregaban contra mis piernas. Prendí el porro y caminé, no más, hasta la esquina propuesta. Llegué cinco minutos antes. Aún estaba con aliento a copete.

Al rato apareció Karina, con su guitarra colgada de los hombros. Nos saludamos y exageró un gesto de desagrado con el tufo que yo llevaba. Nos reímos. Fuimos caminando al Terminal. Nada nos apuraba, era temprano aún.

Karina es músico. O música. No sé cómo decirlo. Canta y toca guitarra, y es parte de una banda llamada D’Sinapsis. Conozco a los chicos de la banda, son todos muy buena onda. La cosa es que a pesar del tiempo que llevábamos (nueve meses de conocernos, unos cuantos meses de relación y cerca de dos semanas de compromiso oficial), nunca la había visto en alguna tocata. Ella ya había desechado a varios tipos que intentaban acercársele después de que la habían visto tocar. Eso, en mi caso, jugó a favor, pues no era un fan, simplemente me gustó, y terminé enganchado con ella.

En el Terminal, sonó su teléfono. Era Winnie, el guitarrista de la banda. En un rato más saldría a Frutillar, y nos ofreció llevarnos en su auto. Aceptamos gustoso. Mientras Karina hablaba, me detuve a mirarla. Llevaba jeans ajustados, un chaleco negro, una bufanda multicolor que llevaba a manera de cintillo, unos aros de alerce y una chaqueta negra. Con su cabello negro cayendo por sus hombros, se veía pequeña y hermosa, sonreía y sus ojos coqueteaban con los míos. Era raro. Nunca me había sentido así con una chica.

En menos de una hora estuvimos allá. Fuimos a la casa de Juvenal, el baterista, que ensayaba con Ángelo, el bajista, y con Darío. Los tres formaban una banda aparte, llamada Survive. Estaban en una pieza pequeña, donde Juve tenía su batería. La pieza estaba tapizada por un montón de afiches y fotos de un sinnúmero de grupos de rock. Era sorprendente. Alguien prendió un porro, y lo compartió con todos. Al rato, tuvimos que movilizar la batería, casi sin desarmarla, hasta el local en donde tocarían, y que se ubicaba a un par de cuadras de ahí. En el local, ya estaban poniendo los equipos, y tardarían un rato en dejar todo listo y hacer la prueba de sonido. Le dije a Karina que iría a saludar a Lalo, un amigo mío que era dueño de un pub en Frutillar. Karina me miró con algo de desconfianza, y me dijo “no te demores mucho”. Le prometí estar de vuelta luego, y sobrio.

Fui caminando hasta el local del cual Lalo era dueño, “El Muro”, un sitio donde se escucha rock, se toma cerveza y chicas guapas atienden con una sonrisa sostenida en los labios. Lalo no estaba, andaba en otro local, según me informaron. Partí hacia el otro bar, y allí estaba, gastando sus codos en la barra. No se veía bien. Nos abrazamos. “Capitán, que bueno verte, concha de tu madre”. Su mujer, que estaba embarazada de nuevo, estaba teniendo complicaciones con el bebé. Estaba hospitalizada, y todos los familiares lo habían llamado para que estuviera allí, apoyando a su mujer. Sin embargo, y como solía ocurrir, optó por lanzarse. “A las mujeres hay que tratarlas así”, dijo, y mirando a la barwoman, exclamó “¡ya poh, sírvele un whisky a mi amigo!”. Nos tomamos el trago. Repetía insistentemente la situación de su mujer. “No duermo hace tres días, y no quiero parar hasta que ella salga del hospital”. Claro, quería olvidarlo todo, no quería estar presente, él sólo quería que todo pasara rápido. No había otra forma en la que supiera lidiar con esto, pensé. Así que lo acompañé. Me dijo que quería salir de ahí, y seguir bebiendo. Partimos en un taxi hasta el supermercado y compramos un Jack Daniels, y luego pidió ir a algún lugar que no conozco, para comprar falopa. Ya me estaba oliendo que no llegaría ni temprano ni lúcido, como había prometido. En el taxi, Lalo reía y hablaba de cualquier cosa. De pronto, su celular sonó con insistencia. Era un tipo que trabajaba en su local: una de las chicas había llegado atrasada y no quería trabajar. “¡Dile a esa maraca que pesque sus huevadas y se vaya! ¡Cuando vuelva no quiero verla allí!”. Cortó. “Maraca culeada” dijo, y se lanzó a hablar sobre ella y sus irresponsabilidades. Nos bajamos frente a una casa que no era la suya, en un lugar que nunca había visto. Gritó un nombre que ya olvidé, y entonces una luz apareció de pronto, desde el fondo de aquella oscuridad. “Pasa”, dijo una voz que no pude reconocer, y entramos. Nos dirigimos hacia el final del sitio, guiados por la luz de la linterna. Había ahí una pieza sola y oscura, que apenas si mantenía algo de claridad a causa de una vela que se consumía lentamente. El tiempo pasó raudo, y nos despachamos la botella y la bolsa rápidamente. Cuando vi la hora, no lo podía creer. Tenía que irme, y ya estaba bastante ebrio y duro. Me explicaron como irme, y me partí caminando. No era lejos.

Desde afuera, la música se escuchaba fuerte. Estaba tocando Survive, con Darío haciendo un solo de guitarra incendiario. Busqué con la mirada a Karina, y de pronto la encontré. No parecía muy contenta de verme. Me acerqué tambaleándome, dispuesto a pedirle disculpas. No sé en qué minuto subió al escenario, ni si aceptó mis disculpas. Aproveché y pedí otra cerveza. Nunca la había visto tocar. Me sentía más enamorado mientras más canciones tocaba ella, al tiempo que yo llenaba un vaso de cerveza y daba una profunda espiración por la nariz. Y mientras miraba con cara de leso su presentación, me iba preguntando por qué razón yo le había gustado a ella. Como siempre, no encontré ninguna respuesta.