martes, abril 21, 2009

IV.- PERROS

El invierno se había dejado caer de repente sobre Santiago, botando de un soplido las pocas hojas que aún pendían con pereza de los árboles, mientras los cielos se oscurecían más y más con el correr de los días. Entonces me encontraba yo en el ansia de Santiago, esa desesperación por el fin de semana, la de quebrar la rutina y sentirse libre un rato, después de ser esclavo del tiempo y de uno mismo durante la semana. En Puerto Montt uno es libre, no hay necesidad de hacer ese espacio para no perder la cordura. Es por ello, al no tener una noción más precisa de libertad, que esperaba impaciente cada viernes, a eso de las siete, el infaltable llamado de mi amigo Duarte (¡la contradicción!: sujeto a un llamado regular para ser libre… seré menso). Y claro, aquel frío viernes no fue la excepción, y el teléfono sonó tres veces antes de que mi madre atendiera y con un gesto de desaprobación me dijera que se trataba de mi socio. “Ya, nos vemos a las diez”, corté y fui a cambiarme de ropa. Mi madre parecía enojada. “¿Vas a salir? Llevas dos meses saliendo todos los fines de semana, ¿no te parece que es un poco mucho?”. La verdad, no, pero no dije nada. Simplemente abroché el cinturón, até los lazos de mis zapatos, organicé mi bolso y salí, no sin antes darle un beso a mi madre y prometerle que volvería temprano. No pareció muy convencida de ello.

El camión de la basura aún no había pasado, y algunos perros sumían sus cabezas en las pilas de desechos en búsqueda de algo para comer. El aire de la noche era fresco, y un olor a lluvia amenazaba con liquidar el fin de semana. Caminando, me encontré con Jano, que preguntó por mi familia, con Claudio, que quería saber si era yo el que le tenía unas películas, con Viviana, que se iba a Coquimbo junto a su pololo Mortis, y con Franco, que decidió acompañarme. Y es que, antes de juntarme con Duarte, tenía que pasar a comprar pitos al Campa, un conjunto de casas en el que todos se dedicaban a vender pitos, pasta base, chicotas, falopa y alguna otra cosa que nunca supe. Los de Patato estaban muy chicos, así que le compramos a José Luis. Esos eran una ruleta rusa: una semana podían ser una mierda, y a la siguiente podían ser los mejores que había probado en meses. Fueron de los segundos esta vez, y con Franco nos fumamos uno a medias, así que la caminata y el posterior viaje en micro fueron bastante gratos, pues sólo veía el paisaje, sin filtros de ninguna especie. En la Alameda, comenzaban los trabajos que irían a transformar la ciudad por culpa del nuevo plan de transportes, y edificios altos eran construidos por obreros que piropeaban a cada mujer que pasaba por la calle, sin importar su belleza física. La gente indiferente se paseaba para llegar a distintos lugares, sus carretes personales. ¿Cuántos irían a morir durante la noche? Las huevadas que pienso cuando estoy volado. Es San Isidro, la calle, frente al cerro Santa Lucía, los tenderos llevándose los carritos sopaipilleros para guardarlos, el vapor de los sánguches de potito, los travestis que intentaban agarrar incautos, estudiantes borrachos y oficinistas en busca de algún topless. Eran las 10:10, hora perfecta. Duarte me esperaba en el lugar convenido, en la esquina de Curicó, una placita pequeña y oscura, con una calle donde los autos no pueden detenerse. “¡Hola, rata de cloaca!”, “¡Hola, maricón!”. Nos sentamos y empecé a sacar las cosas para armar un porro. Frente a nosotros, un tipo que estaba más cocido que botón de oro, acariciaba con fuerza a un tiñoso perro. El viento soplaba ligero, la noche se oscurecía.

- ¿Cómo has estado, Capitán?
- Aquí pues, culeado, pasando la semana. Encontré trabajo.
- ¿Y a qué vieja te comiste para encontrarlo?
- Huevón. Es un reemplazo, en un liceo en San Miguel. Cabezón me dio el dato, ya que está trabajando allá. Parece que la mina tiene problemas en los ojos, un problema serio. Estaré un par de meses, al menos –eché la yerba en el papel de arroz, un OCB negro, la acomodé con equilibrio, y con un rápido giro dejé el contenido dentro. Luego, pasé la lengua por la parte con goma y cerré el porro, que parecía un corrector.
- Qué bueno, compadre. Me alegro un montón.
- ¿A ti cómo te ha ido? ¿cómo estás con tu novia?
- Bien, aunque no quiere que coma carne. Tú sabes, ella salva perritos, tiene gatos y no quiere que nadie coma animalitos. Como si una gallina se mereciera otra cosa que ser una cazuela. Pero estamos bien… ella sabe que como carne, pero no lo hago cuando estoy con ella.
- ¿Y si te casas? Eso sería el “cagaste no más”.
- Sí, pero no creo que eso pase muy luego –no pasó, de hecho.
- ¿Oye, Duarte?
- ¿Sí?
- ¿¡Y TU HERMANA!?
- ¡Mira concha-de-tu-madre, te voy a sacar la chucha, maricón de mierda!!!

Yo me reía a carcajadas. Duarte era tan buen amigo mío que, si bien sabía que me agarraba a su hermana, no le ponía color si yo llegaba con otra mina a un carrete. Según como lo veía, yo le hacía un favor a su hermana, y más encima yo lo hueveaba. Prendí el caño y aspiré con fuerza, pasándoselo en seguida a mi socio. El tipo que acariciaba al perro seguía en lo mismo, pero noté algo extraño: su forma de acariciar, era como si se estuviera calentando con el animal, como si se lo estuviera engrupiendo. Claro, estaba ebrio, pero de pronto el tipo comenzó a bajarse el cierre de los pantalones, y comenzó a acomodarse para intentar sacar la tula al aire. Era surreal. Apretaba con firmeza las caderas del perro, acercándolas a su entrepierna. “Cacha”, le dije a Duarte, “el huevón ese se quiere culear al perro”. En las sombras, imaginé los ojos desencajados del huevón por la calentura. De pronto, el can peló los dientes, gruñó con fuerza y lanzó un mordisco que el tipo evitó. Éste se asustó, apretó con más fuerza, pero el animal lanzó otro tarascón que dio en el objetivo, así que no le quedó otra que dejar ir al quiltro, que caminó tres pasos y se rascó su piel descascarada, como si nada hubiera pasado. “No, no estoy tan volado, no lo imaginé”. El tipo pareció decepcionado, y se tocó la cara en el lugar en donde había sido mordido. Duarte me pasó el porro, y creo que fue la brasa incandescente o el olor lo que alertó al loco que estábamos fumando. Comenzó a buscar en un bolso que tenía a su lado, algo que la oscuridad ocultó. Cuando lo cogió, se levantó tambaleando de su asiento, y se acercó a nosotros haciendo un ademán de fumar con su mano izquierda. Con la derecha, escondía en su espalda aquello que extrajo de su bolso, y yo trataba de ver qué mierda era, aunque no podía. El perro cruzó la calle cuando el semáforo dio rojo, y se perdió por la esquina. De pronto, lo vi: era un combo, uno de esos enormes martillos que pueden destrozar la cabeza de cualquiera. El tipo se movía de un lado para otro, amenazante. “¡Huevón, vamos, vámonos!” le dije a Duarte, que seguía hablando algo que no entendí. “¡Vamos, mierda!” le dije con seriedad, y caminamos rápido. El tipo quedó con el combo en una mano, el pico al aire y una sarta de amenazas incomprensibles en su boca. Doblamos por la primera calle que pillamos y le conté a Duarte lo ocurrido. No la quería creer. Yo estaba nervioso, necesitaba tranquilizarme con un trago, así que nos fuimos directo a un bar que había cerca de la universidad y en el que éramos clientes habituales. Le contamos todo lo ocurrido a la dueña, que miraba con cara de sorpresa. “Hay cada loco en este mundo” dijo. El bar estaba extrañamente desierto para ser fin de mes. Claro, el tipo debía haberse gastado el sueldo entero para alcanzar aquel estado de curadera. Nos sentamos en una mesa con Duarte, junto a una ventana, y nos pusimos a conversar nuevamente. Estábamos más volados que la cresta. Después de un rato, ya habíamos olvidado a medias el incidente, y hablábamos de cine, música y de cualquier cosa. Le volví a preguntar por su hermana en tono de broma, y volvió a tirarme el rosario de chuchadas. Comenzaron a aparecer los conocidos, y ya no éramos más que saludos y sonrisas, caras de sorpresa contando la historia recién ocurrida. Las cervezas se vaciaban con rapidez. Era una buena noche, después de todo.

De pronto, una figura destartalada apareció en la puerta: ¡era el zoófilo del combo! Se lo dije a Duarte, que no se movió para nada, asustado. Lo contrario ocurría con el huevón, que se tambaleaba sin ritmo, como si se fuera cayendo a pedazos. No miró a nadie, ni a nosotros, ni a las minas, ni a la barra, y pasó directo al baño. Le hicimos notar a la tía que era el mismo del que le habíamos hablado, y tomó cartas para evitar problemas: mandó a llamar a Leo, su hijo, un mastodonte al que yo ya había visto pelear alguna vez, para desgracia de su contrincante, un curado odioso que había tratado de correrle mano a una prima de la tía. Ahora Leo, sin miedo, fue hasta el baño. “Ten cuidado”, le dijo Duarte, y nos paramos detrás de él mientras golpeaba la puerta del baño. Nada, ni una respuesta, ni un sonido. Golpeó tres veces más, pero nada. Al final, Leo se aburrió, y pateó la puerta con fuerza. La puerta rebotó, y se abrió lenta y pesadamente, mostrando una figura que se perdía en la oscuridad. Leo prendió la luz. Allí, sentado en la taza con los pantalones a la rodilla, el tipo se había cagado entero. Dormía profundamente, sin percatarse del horrendo hedor con el que había impregnado el local. Por supuesto, al único lugar que no le había atinado, era la taza.

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