martes, abril 14, 2009

BOTELLAZO

Despertar una mañana cualquiera con la caña viva, vegetar un rato tendido en la cama y contabilizar los recuerdos como destellos breves, y al mismo tiempo reírse de las cagadas que me mandé la noche anterior, la sed, esa infinita sed que no podría saciar toda el agua de los lagos, el tufo hediondo, la culpa sonriente. Eso, y correrse una paja en la ducha y el rito de intentar sacarse el olor a copete que emana desde todos los poros del cuerpo, intentarlo con café y dulces de menta, prepararse para ir a la pega sabiendo que aún estoy cocido, el fin último de este estado, el reconocimiento de la borrachera ante la negativa que le daré a los demás, mentirme así mismito y un “nunca más” que se desvanece en el aire no bien se pronuncia. Es la vida que he buscado y que abrazo con el ansia inmediata del placer, del devaneo inútil, de la profundidad de pensamiento que no es más que una huevada, una excusa para seguir chupando. Cuando pasa esto y llego encañado a la pega, me baja un súbito interés por ordenar los instrumentos en la bodega, lo que reafirma mi intención de no atender público. El aliento podría espantarlos, o bien, curar sus heridas. “El botellazo”, decía mi vieja. Qué expresión más exacta. Cargo en esos instantes con las botellas de la noche que pasó. Entre tanta caja con instrumentos y accesorios y productos de audio profesional, hago un espacio abajo, justo en medio, en donde no me encuentre nadie, y duermo. Pongo el despertador del celular para que suene dentro de media hora. Es iluso pensar que se me va a pasar la resaca en ese rato, pero vale la pena intentarlo.

No es un buen sueño el que se produce después de una noche de carrete. No hay un descanso real, sólo oscuridad y desaliento. Es algo así como un corte en tu vida, como si te fueras de vacaciones a otra dimensión y volvieras un segundo después. Apagada de tele, para ser más preciso. Pero este sueño es otra cosa, no es evadirme, es un intento desesperado por responder en el trabajo, por sacar la pega adelante con cierta indecencia, creo. Escucho a alguien que viene, sus pasos resuenan en el piso metálico. “¿Capitán? ¿estás por ahí?”. No respondo, sólo escucho. De pronto las cajas se mueven a mi izquierda, la luz entra, y la voz que preguntaba por mí se siente más cerca. El lugar debe estar pasado a copete, pues respiro con fuerza, de puro nervio. “¡Aquí estás!”. Es Juan, un tipo de la bodega con el que nos juntamos a fumar pitos casi todos los días. “Oye, el jefe te estaba buscando desesperado. Parece que alguien quiere comprar una guitarra, así que anda para abajo, mejor. Y toma”, me dijo, mientras extendía su mano ofreciéndome un chicle. “Buen lugar elegiste para dormir. A propósito, ¿a qué hora te vas a colación? Tengo $500”. Ya eran cerca de las doce y media, así que convinimos en que vendería la guitarra y saldríamos a la una a fumarnos un aperitivo. Me incorporé y fui hasta el puesto de los instrumentos. Por los parlantes de la tienda se escuchaba con insistencia la voz de una mujer que decía “promotor de instrumentos musicales, favor de dirigirse a su puesto de trabajo”.

“Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?”. Era una señora increíblemente gorda y cabezona, con la piel apretada y oscura, los ojos pequeños, un grueso traje de dos piezas, medias de nailon y zapatos bajos. Era evangélica, al parecer. Pensé en mi padre, que sí lo es. “¿Me puede mostrar esa guitarra? Necesito una electroacústica buena”. Se la alcancé. La guitarra era un pedazo de cholguán, pero era la más barata de las que ella quería. Entonces, hice todo el cuento: la afiné, la conecté directo a la mesa de sonido y toqué los únicos acordes que sabía. Le expliqué la conveniencia de que viniera con un amplificador pequeñito, y por qué no podía ponerle cuerdas de metal. Parecía convencida. “Es para tocar en la iglesia”. Fui un poco más lejos, entonces, y le ofrecí una de mejor calidad, pero que venía sin amplificador y que, además, era más cara. Me pidió verla, y que la conectara. De nuevo el mismo show, los mismos acordes mulas. Sonaba mucho mejor la segunda guitarra, aunque ella no lograba percibirlo. Me dijo que la última era más linda, que le trajera esa. Para eso, debía volver a la bodega, encontrar la guitarra, revisarla y afinarla. Me demoré poco. Al volver, la señora estaba rasgueando la que le ofrecí primero. “¿Sabe qué? Mejor me llevo esta. Ésa es mucha guitarra”. Vieja culeada. Tuve que volver a la bodega y encontrar la otra guitarra. Y claro, al volver, tuve que probarla entera. “¿Y no me podría regalar una uñeta?”. Otra vez los acordes. “No puedo, señora, todo lo que necesita viene adentro”. Pasamos a la caja, 12 cuotas, el vale y la garantía. Estaba a punto de terminar de envolver el instrumento cuando me dice “¡Chuta!, ¿no me la podría envolver para regalo?”. Realmente era una vieja culeada. “¿No la quería para tocar en la iglesia?”. “No, yo no toco, es mi hijo el que toca en la iglesia, y él está de cumpleaños”. La alarma del teléfono comenzó a sonar, la había olvidado por completo. En mi puesto, unos cabros chicos comenzaban a golpear la batería y a rasguear las guitarras. Una niña vio la mesa de sonido, y subió la perilla del volumen general al máximo. 500 watts de potencia la asustaron más que la cresta, y todos miraron hacia el puesto. Partí corriendo a retar a los pendejos, mientras bajaba el volumen. Los papás estaban allí parados, como si nada. “Oye, ¿cómo se te ocurre retar a mi hijo? ¿acaso no puede probar los productos?”. La alarma seguía con el ruidito. Dejé que siguiera, en algún momento se detendría. “No son juguetes, señor”. El papá del año fue hasta donde un guardia, y le pidió hablar con el gerente. Yo me devolví a terminar de envolver la guitarra. Le entregué un par de pliegos de papel de regalo a la vieja, pues no me interesaba envolver semejante huevada, apagué los equipos y me fui a colación. Mientras bajaba la escalera, la familia feliz que estaba jugando con los instrumentos iba entrando a la gerencia. “Menos mal que no tomé ron”, pensé.

Juan me estaba esperando en la puerta. Nos fuimos conversando mientras caminábamos por la costanera, rumbo al terminal. Estaba nublado y hacía frío. Aquello me gustaba, sentir el aire helado proveniente del mar, ver a las gaviotas y a las bandurrias surcando el cielo, sus graznidos despreocupados, felices, sonoros. Un grupo de atorrantes tiraba la talla mientras se empinaban un vino en caja, que iba rotando de curado en curado. Sus ropas estaban rotas, mugrientas, llenas de grasa y percán. Sentí una ligera envidia por la libertad con la que obraban. El más alto de ellos tenía pitos. Era indignante no tener otra mano en donde comprar, porque los pitos que venden en el terminal no sólo son pequeños, son ínfimos, y siempre dejaban pidiendo más. Lo único que tenían a su favor era la efectividad. Después de fumarnos ese pito, estábamos más volados que la chucha. Seguimos conversando mientras nos dirigíamos de vuelta al mall, a comernos un completo en la picada del subterráneo, donde venden una comida casi tan grasienta como los pantalones de los borrachos. Aún faltaba un buen trecho. “Quiero renunciar”, dije en un momento. Juan me miró, pues no era algo que había estado en la conversación, simplemente había salido. Creo que el porro estaba logrando que se me quitara la caña y comenzara a sentirme mejor. “¿Y por qué vas a renunciar? ¿no te gusta la pega?”. Era un buen trabajo, simple, tranquilo, y podía estar sentado todo el día tocando instrumentos. Además, ya llevaba cerca de un año allí, lo que equivalía a decir que la música me había dado de comer durante todo ese tiempo, cosa que no muchos se jactan de lograr. “No soy músico, soy escritor. Se suponía que esto iba a ser temporal, y ya llevo un año metido aquí. Dentro de esa mierda de tienda no se ve la luz del sol, no se respira el aire del mar. Sólo estoy allí, queriendo salir a beber a cualquier parte, mientras veo a la gente mover sus culos al ritmo del vaivén de sus bolsas con cosas que yo no puedo comprar, mientras atiendo a huevones que sí saben tocar y que podrían tener esta pega si lo quisieran. Ya no quiero seguir ahí”. “Bueno, entonces búscate otra pega”. Algo se iluminó dentro de mí. Era algo tan simple, tan lógico y bello, que sólo atiné a sonreír. Incluso así, volado como pico, Juanito vio algo con total claridad. Tenía razón, sólo debía conseguir otro trabajo. El viento se arremolinó con fuerza, y elevó una bolsa plástica hasta alturas insospechadas. Me gustaban los días así.

Luego de comer, Juan se devolvió a la tienda, a la bodega, a la oscuridad y el encierro cabrón. Yo siempre tenía algo más de tiempo. Holgazaneaba más, mejor dicho. Nunca llegaba a la hora. Pero esa tarde decidí no volver. Fui a un locutorio y pedí un teléfono. Llamé al jefe al trabajo, pero no estaba. Me atendió una secretaria de la tienda, una chica delgada que tenía cara de aburrida. “¿No está el jefe? ¿Puedes darle un recado? Es que ahora estoy en el doctor, en una consulta. Sí, intoxicación por mariscos, me comí unas almejas crudas ayer, y ahora ando con dolor de cabeza, dolor de estómago y desvanecimiento –claro, estas cosas no eran una mentira-. No puedo volver a trabajar ahora. Veré qué me dice el doctor, a ver si puedo volver mañana al trabajo. Gracias”. Salí de allí y volví a la calle, sonriendo y con una alegría incierta. Al menos esa tarde no volvería. Andaba con plata en los bolsillos, lo suficiente como para un par de cervezas, o tal vez un ron. Así que me eché a la boca el chicle que me había dado Juan y doblé la esquina, dispuesto a meterme en el primer bar que encontrara, y entonces comencé a escribir estas historias…

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