Manuscrito proveniente de una de las libretas encontradas entre las pertenencias de _____________________, también conocido como “Capitán Sed”. Tiene fecha del 08 de mayo de 2009, aunque es muy probable que haya concluido el texto después. Hay párrafos borrados, ennegrecidos casi por completo. La presencia de éstos se indicará. Al texto se le ha dado el título genérico de “La veloz destrucción”, frase que aparece no tarjada en uno de los párrafos con borrones.
LA VELOZ DESTRUCCIÓN
El tipo se sentó en un trozo de concreto que alguien había puesto ahí con ese mismo propósito, pues el lugar era uno de los mejores miradores de la bahía. Los ojos se le achicaron ante una ráfaga de viento que se le vino encima, y que se replicaba a un ritmo trepidante. Lagrimeó un poco, sin ninguna intención. La brasa de su porro se ponía roja y consumía la hierba con mayor rapidez cuando arreciaba la ventolera. No halló otra cosa que hace que hundir las manos en los bolsillos de su abrigo, mientras exhalaba el humo que contenían sus pulmones. Admiró el terrible clima que se había venido encima, las naves menores que sólo llevaban el vaivén del oleaje, los árboles azotados con violencia, terrones enormes que se deslizaban por la ladera de la colina, las nubes arremolinándose a gran velocidad. Nada más absurdo que este día. Sacó la mano derecha de su bolsillo y la llevó hasta su boca, mientras daba una última y profunda fumada. Luego, tomó la cola y la lanzó lo más lejos posible, pero el viento se la devolvió y casi le pegó en la cara. Entonces, comenzó la lluvia.
El tipo pasaba por ese lugar al menos tres veces por semana y, como siempre, sacaba un porro, y lo fumaba sentado en el mismo trozo de concreto, mirando la misma bahía y los mismos acontecimientos. Y a la gente que subía por un sendero que se abría hasta el mirador, ya se le había hecho una presencia conocida, incluso algunos lo saludaban cortésmente con una bajada de cabeza, una ligera reverencia, un guiño o una alzada de manos. Más nadie sabía su nombre, ni su procedencia. Un día de tantos, sacó una libreta, y se puso a escribir, o quizás a garabatear algún dibujo. En ese momento no podía apreciarse, aunque yo mismo lo sabría tiempo después, cuando lo conocí. No es gran cosa que lo diga, pero el tipo me tenía intrigado. De alguna manera, me sentía análogo con él, pues, si bien he conocido amigos, he bebido y culeado un montón en Puerto Montt, si bien he fumado pitos y jalado caspa del diablo hasta el hartazgo, y hasta mina había encontrado, a veces deseaba estar tan sólo como él. Era intrigante.
Yo (párrafo tarjado, 5 líneas)
Una tarde, lo encontré en una de las mesas del Zeus, con una cerveza de litro, unos libros y unos cuadernos. Parecía enfrascado en lo que hacía. No había mucha gente en ese momento. Yo había llegado temprano, antes de las ocho. Me arranqué de la pega pues en el Zeus tenían una promoción: dos cervezas en dos lucas antes de las ocho. Cuando llegué, pagué dos al tiro, para tomarme la otra más tarde. Me quedé en la barra, mirando al tipo que parecía hundir su cabeza en aquellos cuadernos en los que borroneaba con fuerza, y en los que luego volvía a escribir. Recuerdo que hacía frío, pues tuve que sacarme los guantes, y el aire que exhalaba se convertía en una corriente de vapor. Luego de que me serví el primer trago, le pregunté al Tío “Oiga, ¿usted conoce a ese socio?”. “A veces viene para acá, se toma un par de cervezas y se va. No habla mucho, parece que escribe no más. Le pregunté una vez que qué escribía, y dijo que estaba en mitad de una novela. Parece que le salió más difícil de lo que pensaba”. Mientras los comensales aumentaban con el correr de las horas, el tipo comenzó a observar lo que ocurría a su alrededor, e iba anotando cosas en sus cuadernos. Al parecer, se detenía en los gestos de la gente, en sus tonos de voz, en sus movimientos. De pronto, me miró fijo. “Mierda”, pensé, “cachó que lo estoy viendo”. Me hice el leso, me empiné el vaso de cerveza, pero eso me delató más, una acción innecesaria para el momento. Entonces, comenzó a ordenar sus cosas, tomó el resto de cerveza que le quedaba, se limpió sus bigotes y partió. Sólo dijo “Chao, gracias” al pasar por la barra.
No pasó mucho tiempo antes de que le viera de nuevo, esta vez cerca del terminal, un día en que estaba tratando de conseguirme esos pitos indignamente pequeños que venden los borrachos por ahí. Una chica se me había acercado para ofrecerse a conseguir un paquete de 5 lucas, y le pasé el billete a pesar de la mala espina que ello me provocaba. Me preguntó si tenía los $4.500, pues a ella se los dejaban a ese precio y el proveedor no tenía sencillo. Sonreí, su patudez era graciosa. Le dije que no. Cuando se alejó para buscar la empanada, la seguí con la vista para no perderla. Y de pronto, ahí estaba él, sentado en el pasto y apoyando la espalda en el tronco de un árbol. Estaba más cocido que botón de oro. Eso era obvio, pues cabeceaba como esos perritos de juguete que ponen los taxistas para que asientan con el movimiento del vehículo. No sé por qué razón, pero aquello me produjo pena, y decidí volver al rato para ver cómo estaba. Para cuando volví ya se había ido. Como no tenía nada mejor que hacer, decidí ir a tomar un vodka en el Comida & Sabor, que está bastante lejos del terminal. La caminata por la costanera fumándome la cola me vendría bien.
De pronto, no sé qué mierda pasó entre medio (párrafo tarjado, 3 líneas)
Ya no (párrafo tarjado, 4 líneas). No sé por qué, pero de repente decidí ir al Zeus. Quedaba más cerca, claro, aunque no sé si ésa era la verdadera razón.
A veces nos enfrentamos a (párrafo tarjado, 3 líneas) la veloz destrucción, el pensamiento salvaje y la incredulidad, la sed y el ansia, la desfiguración. No, no sé (párrafo tarjado, 2 líneas).
Pedí dos cervezas, de nuevo, y me fui a sentar a una mesa, alejado de la barra. Recordé al tipo del otro día, y comencé a sacar los cuadernos que siempre llevaba en mi bolso y que me daba flojera sacar para escribir. Así era como siempre perdía las buenas ideas. Después de un rato de ver caras borrachas y escuchar sinsentidos y carcajadas estridentes, y de escribir algunas líneas bastante malas, apareció él. Se arrimó a la barra y pidió una cerveza y un vaso. El local estaba lleno, pero podía distinguirlo con precisión. Era raro, pensé que ya había vivido esta misma situación. Seguí en lo mío, bebí un rato y me paré para ir a mear al baño. Esperaba mi turno para entrar, y entonces apareció el huevón. Se paró junto a mí: estaba vestido entero de negro, tenía el pelo ondulado y largo, recogido en un moño que se extendía por su espalda, usaba unos lentes de marco ancho, y tenía barba y bigotes. “¿Está ocupado?” preguntó, como si hiciera falta. Sólo lo miré, sin decir nada. De adentro del baño, se escuchó una honda y breve aspiración, y luego otra. “¡Ah mierda!”, se escuchó luego, y un loco salió de adentro, limpiándose la nariz. Quise entrar solo, pero el tipo del pelo largo entró después de mí. Ambos desembuchamos y nos pusimos a mear en la taza, que olía horrible. Pensé en ese juego de niños, la “Cruz del sur”, una tontera originada por una serie de la tele, en donde aparecían unos ninjas espaciales y un barco parecido al Caleuche. “Oye”, dijo de pronto, “te vi escribiendo en la mesa”. “Sí”, respondí. Ya me imaginaba hacia dónde iría la conversación. “¿Sabes? Yo también escribo, y hasta ahora, no he conocido a escritores de Puerto Montt”. La verdad, yo tampoco había conocido a nadie que se dedicara a la literatura, pero eso era poco importante. La mayoría de los escritores que conocí eran unos concha-de-su-madre, unos maracos sin talento que se creían siempre mejor que el resto. Escribían como si fuese una competencia, para darse palmaditas en la espalda y recibir premios iguales a los mojones que había en cualquier taza del baño. Me temía que algo así iba a ocurrir, pero dejé que la conversación fluyera. “¿Y qué idea tienes?”, le pregunté. “A lo mejor te gustaría ver mis cuentos, darme una crítica, necesito la visión de otra persona”. Acepté. Le dije que se instalara en mi mesa, y que quizás le mostraría lo que yo estaba escribiendo. “Tito”, me dijo “puedes llamarme Tito”. Cinco minutos después, con las manos limpias y un vaso lleno de cerveza (cortesía del socio), leía las cosas que Tito había escrito. La verdad, no era una novela, como especulaba el Tío, eran algo así como crónicas poéticas. “Crónicas Bastardas” quería ponerles. Yo leía, él observaba mis gestos. Sus textos eran una verdadera mierda. Había uno que decía algo así como “Es fácil entristecerse en los supermercados…”, y otro en el que se daba más vueltas que la cresta para decir que andaba con la caña. Nada interesante, en todo caso. Todo lo que había percibido de él no era más que una fachada. El huevón no era un escritor, creía serlo, pero sólo era un artista, que es peor aún que ser un simple escritor.
“¿Y bien?” dijo él. “¿Qué te parecieron?”. Me tomé mi tiempo, y volví a hojear sus textos, llenos de borrones. Entonces, le mentí. “No están nada mal. Sólo debes pulirlos un poco. Se nota que están trabajados”. Sonrió con placer. Era lo que quería escuchar, sin ninguna duda, y yo se lo daba en bandeja. Ofreció su vaso para hacer un brindis, y lo correspondí. Chocamos los vasos y dijimos “salud”, y luego hablamos un rato acerca de literatura, música y cine. El maricón ni siquiera hablaba de minas. Luego de un rato, me metí la mano al bolsillo y saqué mi celular. “Espérame, es mi novia”, le dije, y salí del bar. Nunca me había llamado ella, ni nadie. Sólo quería una excusa para volver a la mesa, decirle que tenía una emergencia y largarme de ahí lo más rápido posible. Guardé mis cuadernos y mis libros, crucé mi chaqueta, le di la mano a Tito y crucé el bar para salir. Al pasar frente a la barra, sólo atiné a decir “Chao, gracias”. Nunca nos volvimos a encontrar.
martes, mayo 12, 2009
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

1 comentario:
Paso a paso me hago participe de la historia, como si la estuviera viendo, la cual me envuelve y no me deja enpaz hasta terminar de leerla jajaja, genial , esta muy bueno esto. parece que te desdoblaste jiji
saludos
suerte
Publicar un comentario