lunes, junio 01, 2009

IX.- DERROTEROS

Dedicado a la memoria de Juan Escobar.

En esa foto, aparecemos mi padre, yo, mi hermano Fabián, Cristián, Juanito y Andrés. Estamos afuera de la casa, en Conchalí, horas antes del partido de Chile contra Colombia, en las eliminatorias para Francia ’98. Por eso es que mi papá sale con ese gorro que tiene un parche tricolor, además de estar sosteniendo la bandera, y nosotros salimos con unas poleras blancas que pintó Fabián, cada una con una letra, y que conformaban la palabra “Chile”. Yo tengo la C, Fabián la H, Cristián la I, Juanito la L y Andrés la E. En esos momentos, decíamos que las letras eran sendos acrónimos de Culeado, Hueco, Imbécil, Lerdo y Estúpido. Todos salimos sonriendo y, a excepción de mi padre, con cara de niños. Eran buenos tiempos.

En esa época, mi padre practicaba karate. Llegó a ser cinturón negro. Primero iba a una academia que estaba en el centro, en la Alameda, pero luego optó por una que abrió a media cuadra de la casa. Allí, mi padre se hizo amigo con el instructor, Bernardo, que era un tipo más bien turbio: andaba con una mujer casada, y una vez lo vi colándose en una fila del Servipag, pero nadie le dijo nada pues todos lo conocían y sabían que podía utilizar alguna llave o golpe para inmovilizar o dejar aturdido. Alguna gente decía que lo habían visto peleando, y que era un salvaje, que el karate no era más que una excusa para poder armar atados. El tipo se fue, y mi padre no volvió a dedicarse a las artes marciales. Dejó el copete, también. De hecho, hasta esa época lo iba a buscar el cabezón Lucho de repente, para invitarlo a tomar una piscola en el taller de reparación de artículos electrónicos que tenía, al lado del negocio de don Pepe. Un día Lucho lo fue a buscar, y mi viejo le dijo “no, Luchito, lo dejé”. Y eso fue todo. Simplemente lo dejó, agarró una Biblia, se puso traje y corbata y se fue a cantar salmos a un pequeño templo evangélico que quedaba a un par de cuadras. En mi familia estábamos sorprendidos. De pronto, un día, decidió aprender a tocar la guitarra. “Para poder predicar”, le dijo a mi mamá, cuando ella le preguntó por qué. La única guitarra que habíamos tenido en la casa tenía ya unos veinte años, una de esas que hacen en la cana, con el brazo ancho y la tapa color concho de vino. Mi mamá le había hecho una funda con un sobrante de tela acolchada, y había quedado bastante bien. Claro que no contaba con que un día el instrumento se caería, partiendo el brazo en dos. Papá, que siempre ha sido hábil con las herramientas, le fijó un par de pernos, y todo parecía ser asunto solucionado. Pero fue más allá, y se compró otra guitarra, bastante más cara, con su respectiva funda. Desde entonces, practica una o dos horas diarias los himnos que se cantan en su iglesia, es parte del coro polifónico y del coro instrumental, y los domingos va hasta Colina para evangelizar a la gente. Hace poco lo vi predicando en la calle. Fue raro, nunca lo había visto hacerlo. Hablaba con fuerza, con aquel ímpetu que da la necesidad de creer. Cuando me vine a Puerto Montt, me dijo “rézale al Señor, aunque no creas en Él… por algo hay que partir”.

Luego, vengo yo. No es que tenga mucho que decir acerca de mí.

Fabián aún vivía en la casa. Me parece que aún no entraba a trabajar en la agencia en la que hasta hoy trabaja. Cuando encontró esa pega, esperó un tiempo prudente, y le dijo a mi mamá “estoy buscando casa”. Al día siguiente, ya había encontrado arriendo, e insistió en cambiarse lo antes posible. Ese mismo día, y entre medio de todo el ajetreo que implica una mudanza, apareció Carlos, un antiguo amigo que se juntaba con todos los que salíamos en la foto, para invitarnos a su matrimonio, que se realizaría en un rato más. Todos estábamos sorprendidos por la velocidad a la que estaban ocurriendo las cosas. Declinamos la invitación, ya que Fabián inauguraría el departamento, y mis padres no estaban de ánimo para fiesta alguna. Esa noche, en el departamento recién habilitado, hubo alcohol para regalar, pitos al por mayor y una montaña de falopa. La independencia, había que celebrarla como corresponde. Fabián se había cambiado con Boris, un compañero suyo de la universidad, y compartieron ese lugar durante un par de años, al menos. Muchas veces fui para allá a carretear, y siempre tenían una cama dispuesta para que yo me quedara. A veces, me robaba los pocos de macoña que me encontraba por aquí, pues Fabián tenía mano de cogollo, y yo sólo podía comprar paraguas. Una vez fue para la casa, después de ponerse un piercing de punta bajo el labio. Se veía bien, aunque mi madre no pensó lo mismo y hasta terminó llorando por tamaña afrenta. Tiempo después se lo agradecí, cuando me hice mi primer tatuaje, y es que la reacción ya no fue tan fuerte como si Fafo no se hubiese puesto ese adorno. Tiempo después estuvo un poco mal, el carrete le estaba pasando la cuenta. Fue justo en el momento en el que conoció a Alejandra, la que es actualmente su señora. Ella es profesora básica en un colegio católico, así que se casaron en la capilla del lugar. Ya tenían todo planificado: un bonito departamento donde vivir, trabajos estables y una vida alejada de los excesos de antes. Ahora tienen dos niñas preciosas, Josefina y Antonia, y han tenido una buena vida. Muchas veces me baja la nostalgia, y me dan deseos de verlos a todos.

Gracias a Cristián fue que llegué a Puerto Montt. Él se vino a los diecinueve o veinte años (ya no estoy seguro), pues en su trabajo, una importante cadena de armado de computadores y accesorios para ello, lo destinó para ser el jefe de la primera sucursal de esta ciudad. Él se vino si saber nada de acá, sólo pidió que le arrendaran una casa, e instó a su polola de entonces a que se viniera con él. Ella accedió. Durante ese mes antes de que se viniera, nos veíamos con él casi a diario y, de hecho, habíamos sido tan cercanos que él se paseaba en calzoncillos por mi casa y mi madre le servía desayuno en la cama cuando se quedaba los fines de semana. Su mamá, por otro lado, no se hacía problemas con los carretes y ya sabía quiénes de los que hasta hacía poco jugábamos pichangas en la esquina de la casa, éramos los que nos dedicábamos a tomar cerveza y a fumar pitos. Durante ese tiempo, con Cristián nos agenciábamos 1.250 pesos cada uno y teníamos para comprar dos pitos de 500, una Coca de litro y medio y un vino de litro y medio, una medida precisa para acostarse tranquilo. Cuando llegó a Puerto Montt, no conocía a nadie, sólo se instaló en su casa y trabajó de lo mejor, hasta que empezó a tener problemas con su novia. Ella terminó dejándolo sin darle mayores motivos, aunque él especuló que capaz que le haya puesto el gorro. No quiero adelantar juicios, quizás fue así o quizás no. La cosa es que él se quedó solo, y conociendo a poca gente. No se quiso devolver, y empezó a sacar a relucir su personalidad y sus ganas de cantar. No tardó mucho en volverse asiduo cliente de varios bares, y en contar con su propia banda (todos tipos a los que yo mismo terminaría conociendo, incluso llegué a vivir con el guitarrista, el Comandante Dureza). Usó la casa, la misma que había solicitado le arrendaran, como sala de ensayo. Mal que mal, era aislada y no había nadie más adentro. Varias veces, terminaban las tocatas, desarmaban los equipos y los volvían a montar en la casa, para una segunda tocata que empezaba como a las tres. Cierto día, fueron de visita los gerentes de la firma, y lo mandaron a llamar. “Sabemos que usted tiene una banda de rock”, le dijeron. “Claro”, contestó él. “¿No será que estará haciéndole mucho al rock y poco al trabajo?”. Se puso nervioso, supo de inmediato que lo despedirían. O tal vez no, le dijeron que firmara la renuncia, y que ellos, gustosos, le darían los finiquitos y montos adeudados después. Nunca lo hicieron. Entonces, se acabó la casa, la banda, el mundo. Vagó en varias casas, pidiendo una vuelta de mano que a lo mejor no había acontecido. Nada le importó, sólo sobrevivir. Años después, me invitó a ir por un par de semanas. Llegamos acá con una bolsa de casi un kilo de hojas de marihuana, de una de las matas que criaba su hermano, y con 25 gramos de paragua. Menos mal no nos pillaron los pacos, nos hubieran detenido por tráfico. La cosa es que, a raíz de ese verano, me quedé acá, viviendo con él, y aún no me voy. Hace tiempo que no hablamos. De verdad, digo. Tuvimos un altercado, nada serio, pero parece que nos afectó profundamente. Nunca volvió a ser igual. Está estudiando ahora, pero no sé mucho más. A veces nos vemos, y nos saludamos, pero no sé si alguna vez volveremos a juntar plata para comprar pitos y jote.

(Continuará)

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