miércoles, junio 17, 2009

X.- MOCHA

Era una verdadera maraca. Me había dejado plantado por última vez, eso era seguro. Pero ¿qué podía hacer yo ante ese hermoso culo, esas tetas de infarto y sus labios, esos carnosos labios que ya me los veía haciéndome un mamón? Por lo mismo, ya la había perdonado dos veces, pero ahora era distinto, de eso no cabía duda. Decidí llamar a otra chica, una amiga a la que igual le tenía ganas. “Hola, ¿Pamela? Oye, sé que es algo encima, pero ¿te gustaría ir a un recital? Sí, tocan Divididos, Mandrácula y Triciclo. Sí, mira, es que tengo dos entradas y no sabía a quién invitar… ¿te tinca a las nueve? En la Alameda con San Martín. Sí, es en el Teatro Teletón, nos podemos ir caminando mientras nos fumamos un porro. Ya pues, nos vemos más ratito”. Pam no estaba nada mal, tampoco, aunque era distinta a Coté, la que me había plantado. Tenía buenas piernas, era menuda, con ojos grandes y labios generosos. Además, le gustaba el metal, lo que era una ventaja, si se quiere. No sabía si le iban a gustar las bandas que irían a tocar aquella noche, pero yo iba por Divididos. Mal que mal, llevaba plata en el bolsillo, unos condones en la billetera y cinco lucas en pitos. Nada mal, estaba seguro de que sería una gran noche, aunque no hubiera partido de la forma que hubiera querido. Pero ya estaba, minas siempre habrían y ya tenía otra cita.

“Hola Pam”, “Hola Capitán”. Nos encontramos en el lugar que acordamos, y el saludo fue un beso en la cara más bien frio. Saqué mi cajetilla de Marlboros y le ofrecí uno de entrada, pero lo rechazó. Tenía los suyos, Belmont blancos. También saqué un porro, y lo prendí después del cigarro. “Es paragua”, le dije. “No importa, no soy regodeona”. Nos fuimos fumando por el centro.
- ¿Cómo has estado? Hace rato que no nos vemos
- Más o menos. Terminé hace poco con un loco que era más celoso que la cresta. Además, le gustaba el jazz, así que no íbamos juntos a ninguna parte, a ninguna tocata. Cacha que la última a la que fui era la de Morbid Angel, y tuve que ir sola. Menos mal me encontré con algunos amigos en el estadio, o si no, yo creo que me hubieran agarrado el poto todo el rato.
- Qué mala… pero, ¿qué onda? ¿el loco te pegó?
- No, cuando lo intentó le mandé un combo en el hocico y hasta ahí llegó. Lo mandé a la chucha.
- Menos mal lo paraste, pudo haber sido peor. Pero no entiendo cómo lo conociste –hubo un silencio incómodo. Supuse que no quería hablar de él -. Ya, olvídalo. No importa. Menos mal lo paraste.

Adentro, estaba tocando Mandrácula, con la formación original. Alejandro Silva estaba inspirado en la guitarra. Nos llevamos la sorpresa de que vendían copete adentro. Ni lo dudé, y le invité un trago a Pam, un ron cola. Yo pedí lo mismo. Mi cabeza estaba en las nubes, y mis párpados se caían. Seguro que tenía los ojos rojos. La gente paseaba de un lado a otro, muchos esperaban su turno en la barra, y otros, en unos balcones acondicionados como salones VIP, subían los pies a los barandales y dejaban sus vasos vacíos en las bandejas que llevaban un grupo de garzones. Frente al escenario, los fanáticos más desatados de la banda gritaban y cabeceaban con tal intensidad que de seguro al otro día amanecerían con tortícolis.

- ¿Cachaste? Está Alejandro Silva.
- ¿Quién?
- Alejandro Silva. Lo que pasa es que no se sabía si iba a estar hoy con el resto de la banda. Lo que pasa es que es el más conocido de todos los integrantes. Lleva tiempo ya tocando solo.
- Ah, no sabía.

Los hielos del ron cola comenzaban a derretirse, aguando el trago. Ya saldrían a Tocar Divididos.

Comenzaron con “Alma de budín” y continuaron con “Elefantes en Europa”, “Sábado”, y luego siguieron varios temones, entre ellos “Qué ves”, “Paisano de Hurlingham”, “El arriero”, “El 38”, “Sobrio a las piñas” y “Cajita musical”. En “Paisano…” a Mollo le tiraron una zapatilla al escenario, a manera de tributo. Mollo la pescó, la miró, y tocó con ella un solo incendiario. Mierda, qué buen recital. Nosotros con Pam estábamos de la mitad del teatro hacia atrás, de pie, mirando a aquella banda hacer lo suyo. Ella parecía un tanto aburrida, pero la comprendía. Claro, hay una diferencia adrenalínica importante entre Morbid Angel y Divididos. Fui por más ron, ella esperó mientras yo hice la fila. Intenté hablarle, pero la música estaba demasiado fuerte y el recital demasiado bueno como para insistir. Volvimos al mismo lugar hasta que se fueron entre aplausos y después de dos bis. Cuando terminó todo y bajaron el telón, la invité al Bar de René a tomarnos unas cervezas. Yo iba a mil, ella parecía un tanto desencantada. “Sí, estuvieron buenos”, me dijo, “pero igual yo nunca voy a cosas así, siempre voy a tocatas más metaleros”. No hubieras podido notarlo si la hubieras visto en la calle, parecía simplemente una chica normal, linda, pero siempre escuchaba metal, desde Slayer hasta Vital Remains. Saqué otro porro y se lo ofrecí. Caminamos de nuevo hasta la Alameda, fumando. Comenzaba a refrescar, y la noche sin estrellas de Santiago se volvía más oscura.

El bar bullía de actividad. Las mesas estaban repletas, y era difícil pasar hasta el fondo entre tanta gente. A gritos, logré que me vendieran dos Escudo y dos vasos plásticos. Pasamos hasta la parte de atrás por un estrecho pasillo en donde rondaban varios tipos con poleras metaleros y varias chicas de minifalda y medias caladas. El humo flotaba en el aire, y los extractores no daban abasto. En un rincón apartado, una mesa se desocupaba. Parecía que mi suerte comenzaba a mejorar. Nos sentamos y dejé la cajetilla encima, los blancos se le habían acabado a Pam. Serví cerveza en su vaso, cuidando de no estropearlo con demasiada espuma, pues el gas se va con el exceso y la cerveza pierde sabor. Datos de borracho. Empezamos a conversar más animadamente a medida que bajaba el contenido de las botellas. Después de un rato en que nos habíamos olvidado de los metaleros, del humo, del atiborrado pasillo, ella se paró y fue al baño, que quedaba en el segundo piso. Mientras subía por la escalera, le di una mirada a sus piernas. Sí, estaba bastante buena. Saqué un cigarrillo y prendí, echando el humo por la nariz. Me eché hacia atrás en mi asiento. Un grupo de tres locos y una mina se sentaron en la mesa del frente, con tres cervezas. Empezaron a llenar sus vasos. La chica era linda, pero tenía cara de ser muy pendeja. “Ahora voy a jugármela”, me dije, y bebí un trago de cerveza. En los parlantes sonaba Danzig, nada más apropiado. Pam venía bajando, traía una sonrisa en sus labios carnosos. Se acercaba a la mesa. De pronto, uno de los tipos que se había sentado en la mesa del frente dice “¡Pam!”. Ella se da vuelta, lo mira con sorpresa y lo saluda con un abrazo. La chica, en tanto, se perdía en un largo y salivoso beso con otro de los tipos. “Cagué”, me dije. Pamela me miró y con un gesto indicó que me fuera a esa mesa. Acepté a desgano. Los saludé a todos y me senté junto a ella, pues era la única a la que conocía. Ella siguió hablando con su amigo, yo seguí bebiendo, hasta que cerraron el lugar y ya no siguieron vendiendo cervezas. Los seis nos vimos de pronto en la calle. Todos los que estaban dentro del bar seguían ahí, en la vereda. “Me voy”, le dije a Pam. “No, no te vayas, van a abrir acá al lado”. Le hice caso, pensando en que quizás tendía una última oportunidad con ella. Claro, a veces uno es tan huevón. Saqué un porro y lo prendí para compartirlo con la bandita con la que andaba. La mina con cara de pendeja estaba cocida, apenas se mantenía en pie, y el tipo que se la había estado agarrando no paraba de tocarle las tetas. Seguro que el porro ya no le haría nada. No pasó media hora y abrieron el local de al lado. Nunca había entrado ahí: era un galpón enorme, con algunas mesas en las orillas y una pequeña y estrecha barra en la que todo el mundo intentaba pasar por encima del resto, estirando las manos con billetes entre los dedos. Un par de orientales pasaban las cervezas mientras un tercero contaba el dinero con un cigarro colgando de la boca. Era extraño. Compré dos cervezas y me fui hasta donde estaba el resto de la gente, que fumaban con desgano. La música era fuerte, estridente. El lugar estaba repleto. La chica borracha se había ido con su galán, y el otro tipo que quedó solo se perdió entre la multitud, así que sólo éramos Pam, su amigo y yo. Nos tomamos la primera cerveza rápidamente, casi sin hablar. Cuando se acabó, Pam se me acercó y me dijo al oído “nos vamos”. Supuse que ese “nos” no me incluiría a mí, y no me equivoqué. Me dio un beso en la mejilla, el tipo me dio un apretón de manos y yo me quedé con mi cerveza. “Me la tomo y me voy”, pensé. No era que tuviera mucha más opción, así que sólo me quedé tranquilo, sentado en el borde de una mesa, mirando a la gente que reía con sus enormes bocas abiertas y a los que bailaban sin ritmo ni intención. De pronto, un tipo se me acercó, bailando. Iba vestido con ropas buzo y un jockey Nike en su cabeza. Movía los hombros y estiraba sus labios frente a mi cara. Yo lo miraba, y bebía. La tercera vez, le paré el carro. La quinta, le dije “huevón, córtala, no quiero atados”. Cuando ya había perdido la cuenta de las veces en que el culeado hizo lo mismo, le dije por última vez “mira concha-de-tu-madre, para tu hueveo o te voy a sacar la chucha. No estoy hueveando”. Sonrió, y se perdió en medio de la gente. Respiré aliviado, pues no me gusta pelear. Empiné el codo y me mandé un buen sorbo de cerveza, quería irme rápido de ahí. Llevaba poco más de la mitad. Entonces, volvió, meneando los hombros y estirando sus manos hacia mí, lanzándome besos. La mierda me hirvió. Ya lo había intentado todo y el maricón culeado no me había hecho caso. No le dije nada, sólo le planté un combo en el hocico con tal rabia que saltó hacia atrás, desestabilizado. Estaba a punto de lanzarme sobre él para agarrarlo a combos, cuando tres tipos me sujetaron. Eran los guardias, unos mastodontes de metro ochenta, que tiraban, alejándome del maricón. “¡Ya, me voy!”, grité, intentando liberarme, “¡Pero quiero que todos sepan que ese fue el culeado que empezó!”, y salí. Afuera, busqué el último billete de diez lucas que me quedaba, pero sólo encontré un porro. “Mierda”, pensé, y partí a buscar un cajero automático. Saqué mis últimas lucas, y partí a tomar un taxi, el primero que pillara. Comenzaba a amanecer ya. Una vez arriba, eché los billetes en la billetera, y miré los condones que no se habían movido de ahí. Miré la calle, la gente volviendo de los carretes, la luz brillando en el borde de la cordillera, el tráfico que comenzaba a inundar las calles. Era el peor cumpleaños que había pasado.

lunes, junio 08, 2009

IX.- DERROTEROS (continuación)

A Juanito lo conocí apenas llegué al barrio. Fue la primera persona con quien hablé, y de qué manera hablaba. Parecía siempre tener algo que decir, pero era simpático y, de cierta manera, muy ingenuo. Cándido, casi. Una vez, en un carrete en mi casa, le jugamos una pequeña broma que lo dejó muy mal: le dimos bicarbonato para que jalara, haciéndole creer que era coca. Se metió al baño con Cristián, que llevaba un paquete que habíamos preparado, y le dijo que jalara no más, con confianza. Juanito ni la probó, llegó y aspiró con fuerza, y salió del baño pellizcándose la nariz y diciendo “¡oh, está terrible de buena!”. No dudo que se hubiera sentido duro, el efecto placebo funciona durante un rato, al menos. Pero en menos de media hora, comenzó a sentirse mal, y luego de un rato estaba echado en mi cama, con los párpados irritados, mientras movía la cabeza de un lado a otro, balbuceando la misma frase una y otra vez: “¿qué me dieron?, ¿qué me dieron?”. Nosotros nos apretábamos la guata de la risa. Años después, me enteraría del daño que hace el bicarbonato al tabique nasal, así que, a lo menos, me podía imaginar lo que debió haber sufrido Juanito. Años después, lo operaron del corazón, pues tenía una afección congénita. Todos los del barrio lo fuimos a ver al hospital, y le llevamos regalos y varias cosas para que no se aburriera en las noches. Sin embargo, al salir, quedó un tanto traumado por la enorme cicatriz que subía por su esternón, y nosotros nos mofábamos de ello. Una vez, estando en la playa, todos nos fuimos a bañar, pero él rehusó meterse al agua, pues tenía cierta reticencia a mostrar su cicatriz. Pero de pronto, se decidió, y se lanzó al agua con la polera puesta. Todos nos empezamos a burlar de su actitud, así que se la sacó, y no le dio importancia al recuerdo de la operación. Sin embargo, Andrés lo apuntó con el dedo y gritó “¡miren! ¡a Juanito se le pegó una alga!”. Todos nos cagamos de risa. Hace casi un año, cuando yo ya llevaba un tiempo viviendo en Puerto Montt, estaba carreteando en casa. Era día domingo, y varios estábamos desde la noche anterior a punta de falopa. Serían las cuatro de la tarde cuando me di por vencido. “Voy a dormir, mañana tengo que trabajar”, dije, y me fui a acostar a mi cama. Dormí profundamente, y cerca de la una de la mañana, mi celular comenzó a vibrar, pues había recibido un mensaje de texto. Era de Viviana, una amiga del barrio, y decía “Se murió Juanito hace una hora, de un infarto”. Me asusté. Él era apenas un día menor que yo, y se había muerto de un ataque al corazón. Según supe después, había ido a jugar a la pelota, y cuando volvió se fue a duchar. En eso estaba cuando se desplomó. Todos asistieron al funeral, pero yo no podía ir. Las veces que he vuelto a Santiago, no me he hecho el tiempo de ir a verlo. Mi madre me contó que mi padre, al enterarse de la noticia, llegó llorando a casa, y le dijo a ella “ha ocurrido una tragedia en el barrio”. Y era eso, una verdadera tragedia. A veces pienso en Juanito, y me siento culpable por no haberlo ido a ver aún.

Andrés aparece tapándose la cara en la foto. Por esa época, él usaba siempre la misma polera que Fafo había pintado, así que eso lo obligó a cambiársela, pero no ocurrió lo mismo con los pantalones, que lavaba regularmente para volver a usarlos al día siguiente. Andrés era un verdadero crack en el fútbol, y nos sorprendía a todos con su enorme habilidad. A veces, en las pichangas, por puro gusto se pasaba al equipo contrario, uno por uno, arquero incluido, y no hacía el gol. Sólo se devolvía y se los pasaba de nuevo, entonces convertía. Siempre andaban juntos con Cristián y, de hecho, jugaron fútbol en las inferiores de Unión Española. Era un chico risueño, algo alocado, pero un buen amigo. De pronto, en algún momento, empezó a cambiar, y muchas de sus actitudes comenzaron a parecernos extrañas. Hablaba solo en los carretes, como si estuviera dialogando consigo mismo. A veces, incluso, se echaba una talla, y los demás lo oíamos y reíamos de buena gana. Su tema predilecto era la música, y continúa siéndolo. Con el correr del tiempo, todos en el barrio se fueron enterando de su condición, de que los vecinos del departamento en donde se había ido a vivir en Quilicura, querían que se fuera pues escuchaba a Cannibal Corpse todo el día y toda la noche a un volumen fortísimo. Muchas veces Andrés no podía contenerse en los carretes, y terminaba dando un jugo de aquellos. Una vez, en un asado en la casa de Claudio, echaba grandes pedazos de carne en un vaso con piscola, y luego los engullía enteros, como un pato. Después de un rato, vomitó en el baño, y siguió en el pasillo y en el living, y se fue. Su madre estaba preocupada, ya que lo había visto jalando ya varias veces. De seguro no fumaba pasta base, pero de que jalaba, jalaba, y siempre andaba con una dosis, por pequeña que fuera. Por lo mismo, su madre decidió internarlo, y pasó una época en el siquiátrico, ahí en Olivos con Avenida La Paz. Fue un período duro para él, que debió pelear con sus propios demonios. Desde entonces intenta volver a ser el de antes, y todos estamos esperanzados en ello. No por nada sigue apareciendo en los carretes, y no por nada siempre le enviamos fuerzas y energías para que siga adelante, para que vuelva a ser él mismo.

Hay varias anécdotas que nos involucran a todos, pero hay una que recuerdo con especial atención. Ocurrió una tarde de verano, cuando aún éramos menores de edad, salvo Fafo. Por eso mismo, fue él quien apareció en la botillería y compró una cerveza de litro para los cinco. Nos sentamos en uno de los bancos que estaban más escondidos, pues la plaza sólo daba a tres calles, y una de las orillas daba a una hilera de casas. En una de ellas había un taller mecánico, y siempre había autos ahí, tapando el pasaje que cruzaba el lugar. Todos nos estábamos riendo, con el nerviosismo infantil de ser pillados por los pacos o por algún vecino. Y claro, de pronto apareció una patrulla por una de las esquinas. Nos urgimos, de pronto ya no estábamos tan risueños. Bajamos la botella y la escondimos con nuestras piernas, esperando que la patrulla pasara, pero dobló en la esquina y se metió por el pasaje, justo en donde estábamos nosotros. Cuando estuvo detrás de los autos, nosotros apretamos cachete en distintas direcciones: Juanito fue hasta la cancha donde solíamos jugar a la pelota, Andrés se fue hasta el almacén de su abuelo, Fafo corrió hasta el supermercado que estaba frente a la plaza, Cristián se escondió en otra plaza y yo arranqué con la botella directo hacia uno de los varios pasajes que habían por ahí cerca. Esperé durante minutos a que hubiera alguna reacción, algún movimiento, pero ninguno de los chicos apareció. Me fui caminando con la botella por una estrecha callejuela, y salí hasta el almacén del abuelo de Andrés, en la esquina de mi casa. Ahí estaban, de nuevo, Andrés y Cristián. Al rato, apareció Fafo junto con Juanito. Nos terminamos la cerveza sentados en el banco de afuera de la casa de Juanito, y nos dedicamos a ver pasar la tarde. En una de esas, pasó mi papá, camino al supermercado, pero al otro, al más grande. Nos vio a todos, y nos saludó. Rato después, de vuelta, cruzó la calle hacia donde estábamos, y nos regaló un pack de cervezas. “Para la sed”, dijo, y se fue. Nosotros, felices, brindamos por aquella salida de mi padre. Lástima que no podamos tomar otra foto.

lunes, junio 01, 2009

IX.- DERROTEROS

Dedicado a la memoria de Juan Escobar.

En esa foto, aparecemos mi padre, yo, mi hermano Fabián, Cristián, Juanito y Andrés. Estamos afuera de la casa, en Conchalí, horas antes del partido de Chile contra Colombia, en las eliminatorias para Francia ’98. Por eso es que mi papá sale con ese gorro que tiene un parche tricolor, además de estar sosteniendo la bandera, y nosotros salimos con unas poleras blancas que pintó Fabián, cada una con una letra, y que conformaban la palabra “Chile”. Yo tengo la C, Fabián la H, Cristián la I, Juanito la L y Andrés la E. En esos momentos, decíamos que las letras eran sendos acrónimos de Culeado, Hueco, Imbécil, Lerdo y Estúpido. Todos salimos sonriendo y, a excepción de mi padre, con cara de niños. Eran buenos tiempos.

En esa época, mi padre practicaba karate. Llegó a ser cinturón negro. Primero iba a una academia que estaba en el centro, en la Alameda, pero luego optó por una que abrió a media cuadra de la casa. Allí, mi padre se hizo amigo con el instructor, Bernardo, que era un tipo más bien turbio: andaba con una mujer casada, y una vez lo vi colándose en una fila del Servipag, pero nadie le dijo nada pues todos lo conocían y sabían que podía utilizar alguna llave o golpe para inmovilizar o dejar aturdido. Alguna gente decía que lo habían visto peleando, y que era un salvaje, que el karate no era más que una excusa para poder armar atados. El tipo se fue, y mi padre no volvió a dedicarse a las artes marciales. Dejó el copete, también. De hecho, hasta esa época lo iba a buscar el cabezón Lucho de repente, para invitarlo a tomar una piscola en el taller de reparación de artículos electrónicos que tenía, al lado del negocio de don Pepe. Un día Lucho lo fue a buscar, y mi viejo le dijo “no, Luchito, lo dejé”. Y eso fue todo. Simplemente lo dejó, agarró una Biblia, se puso traje y corbata y se fue a cantar salmos a un pequeño templo evangélico que quedaba a un par de cuadras. En mi familia estábamos sorprendidos. De pronto, un día, decidió aprender a tocar la guitarra. “Para poder predicar”, le dijo a mi mamá, cuando ella le preguntó por qué. La única guitarra que habíamos tenido en la casa tenía ya unos veinte años, una de esas que hacen en la cana, con el brazo ancho y la tapa color concho de vino. Mi mamá le había hecho una funda con un sobrante de tela acolchada, y había quedado bastante bien. Claro que no contaba con que un día el instrumento se caería, partiendo el brazo en dos. Papá, que siempre ha sido hábil con las herramientas, le fijó un par de pernos, y todo parecía ser asunto solucionado. Pero fue más allá, y se compró otra guitarra, bastante más cara, con su respectiva funda. Desde entonces, practica una o dos horas diarias los himnos que se cantan en su iglesia, es parte del coro polifónico y del coro instrumental, y los domingos va hasta Colina para evangelizar a la gente. Hace poco lo vi predicando en la calle. Fue raro, nunca lo había visto hacerlo. Hablaba con fuerza, con aquel ímpetu que da la necesidad de creer. Cuando me vine a Puerto Montt, me dijo “rézale al Señor, aunque no creas en Él… por algo hay que partir”.

Luego, vengo yo. No es que tenga mucho que decir acerca de mí.

Fabián aún vivía en la casa. Me parece que aún no entraba a trabajar en la agencia en la que hasta hoy trabaja. Cuando encontró esa pega, esperó un tiempo prudente, y le dijo a mi mamá “estoy buscando casa”. Al día siguiente, ya había encontrado arriendo, e insistió en cambiarse lo antes posible. Ese mismo día, y entre medio de todo el ajetreo que implica una mudanza, apareció Carlos, un antiguo amigo que se juntaba con todos los que salíamos en la foto, para invitarnos a su matrimonio, que se realizaría en un rato más. Todos estábamos sorprendidos por la velocidad a la que estaban ocurriendo las cosas. Declinamos la invitación, ya que Fabián inauguraría el departamento, y mis padres no estaban de ánimo para fiesta alguna. Esa noche, en el departamento recién habilitado, hubo alcohol para regalar, pitos al por mayor y una montaña de falopa. La independencia, había que celebrarla como corresponde. Fabián se había cambiado con Boris, un compañero suyo de la universidad, y compartieron ese lugar durante un par de años, al menos. Muchas veces fui para allá a carretear, y siempre tenían una cama dispuesta para que yo me quedara. A veces, me robaba los pocos de macoña que me encontraba por aquí, pues Fabián tenía mano de cogollo, y yo sólo podía comprar paraguas. Una vez fue para la casa, después de ponerse un piercing de punta bajo el labio. Se veía bien, aunque mi madre no pensó lo mismo y hasta terminó llorando por tamaña afrenta. Tiempo después se lo agradecí, cuando me hice mi primer tatuaje, y es que la reacción ya no fue tan fuerte como si Fafo no se hubiese puesto ese adorno. Tiempo después estuvo un poco mal, el carrete le estaba pasando la cuenta. Fue justo en el momento en el que conoció a Alejandra, la que es actualmente su señora. Ella es profesora básica en un colegio católico, así que se casaron en la capilla del lugar. Ya tenían todo planificado: un bonito departamento donde vivir, trabajos estables y una vida alejada de los excesos de antes. Ahora tienen dos niñas preciosas, Josefina y Antonia, y han tenido una buena vida. Muchas veces me baja la nostalgia, y me dan deseos de verlos a todos.

Gracias a Cristián fue que llegué a Puerto Montt. Él se vino a los diecinueve o veinte años (ya no estoy seguro), pues en su trabajo, una importante cadena de armado de computadores y accesorios para ello, lo destinó para ser el jefe de la primera sucursal de esta ciudad. Él se vino si saber nada de acá, sólo pidió que le arrendaran una casa, e instó a su polola de entonces a que se viniera con él. Ella accedió. Durante ese mes antes de que se viniera, nos veíamos con él casi a diario y, de hecho, habíamos sido tan cercanos que él se paseaba en calzoncillos por mi casa y mi madre le servía desayuno en la cama cuando se quedaba los fines de semana. Su mamá, por otro lado, no se hacía problemas con los carretes y ya sabía quiénes de los que hasta hacía poco jugábamos pichangas en la esquina de la casa, éramos los que nos dedicábamos a tomar cerveza y a fumar pitos. Durante ese tiempo, con Cristián nos agenciábamos 1.250 pesos cada uno y teníamos para comprar dos pitos de 500, una Coca de litro y medio y un vino de litro y medio, una medida precisa para acostarse tranquilo. Cuando llegó a Puerto Montt, no conocía a nadie, sólo se instaló en su casa y trabajó de lo mejor, hasta que empezó a tener problemas con su novia. Ella terminó dejándolo sin darle mayores motivos, aunque él especuló que capaz que le haya puesto el gorro. No quiero adelantar juicios, quizás fue así o quizás no. La cosa es que él se quedó solo, y conociendo a poca gente. No se quiso devolver, y empezó a sacar a relucir su personalidad y sus ganas de cantar. No tardó mucho en volverse asiduo cliente de varios bares, y en contar con su propia banda (todos tipos a los que yo mismo terminaría conociendo, incluso llegué a vivir con el guitarrista, el Comandante Dureza). Usó la casa, la misma que había solicitado le arrendaran, como sala de ensayo. Mal que mal, era aislada y no había nadie más adentro. Varias veces, terminaban las tocatas, desarmaban los equipos y los volvían a montar en la casa, para una segunda tocata que empezaba como a las tres. Cierto día, fueron de visita los gerentes de la firma, y lo mandaron a llamar. “Sabemos que usted tiene una banda de rock”, le dijeron. “Claro”, contestó él. “¿No será que estará haciéndole mucho al rock y poco al trabajo?”. Se puso nervioso, supo de inmediato que lo despedirían. O tal vez no, le dijeron que firmara la renuncia, y que ellos, gustosos, le darían los finiquitos y montos adeudados después. Nunca lo hicieron. Entonces, se acabó la casa, la banda, el mundo. Vagó en varias casas, pidiendo una vuelta de mano que a lo mejor no había acontecido. Nada le importó, sólo sobrevivir. Años después, me invitó a ir por un par de semanas. Llegamos acá con una bolsa de casi un kilo de hojas de marihuana, de una de las matas que criaba su hermano, y con 25 gramos de paragua. Menos mal no nos pillaron los pacos, nos hubieran detenido por tráfico. La cosa es que, a raíz de ese verano, me quedé acá, viviendo con él, y aún no me voy. Hace tiempo que no hablamos. De verdad, digo. Tuvimos un altercado, nada serio, pero parece que nos afectó profundamente. Nunca volvió a ser igual. Está estudiando ahora, pero no sé mucho más. A veces nos vemos, y nos saludamos, pero no sé si alguna vez volveremos a juntar plata para comprar pitos y jote.

(Continuará)