lunes, junio 08, 2009

IX.- DERROTEROS (continuación)

A Juanito lo conocí apenas llegué al barrio. Fue la primera persona con quien hablé, y de qué manera hablaba. Parecía siempre tener algo que decir, pero era simpático y, de cierta manera, muy ingenuo. Cándido, casi. Una vez, en un carrete en mi casa, le jugamos una pequeña broma que lo dejó muy mal: le dimos bicarbonato para que jalara, haciéndole creer que era coca. Se metió al baño con Cristián, que llevaba un paquete que habíamos preparado, y le dijo que jalara no más, con confianza. Juanito ni la probó, llegó y aspiró con fuerza, y salió del baño pellizcándose la nariz y diciendo “¡oh, está terrible de buena!”. No dudo que se hubiera sentido duro, el efecto placebo funciona durante un rato, al menos. Pero en menos de media hora, comenzó a sentirse mal, y luego de un rato estaba echado en mi cama, con los párpados irritados, mientras movía la cabeza de un lado a otro, balbuceando la misma frase una y otra vez: “¿qué me dieron?, ¿qué me dieron?”. Nosotros nos apretábamos la guata de la risa. Años después, me enteraría del daño que hace el bicarbonato al tabique nasal, así que, a lo menos, me podía imaginar lo que debió haber sufrido Juanito. Años después, lo operaron del corazón, pues tenía una afección congénita. Todos los del barrio lo fuimos a ver al hospital, y le llevamos regalos y varias cosas para que no se aburriera en las noches. Sin embargo, al salir, quedó un tanto traumado por la enorme cicatriz que subía por su esternón, y nosotros nos mofábamos de ello. Una vez, estando en la playa, todos nos fuimos a bañar, pero él rehusó meterse al agua, pues tenía cierta reticencia a mostrar su cicatriz. Pero de pronto, se decidió, y se lanzó al agua con la polera puesta. Todos nos empezamos a burlar de su actitud, así que se la sacó, y no le dio importancia al recuerdo de la operación. Sin embargo, Andrés lo apuntó con el dedo y gritó “¡miren! ¡a Juanito se le pegó una alga!”. Todos nos cagamos de risa. Hace casi un año, cuando yo ya llevaba un tiempo viviendo en Puerto Montt, estaba carreteando en casa. Era día domingo, y varios estábamos desde la noche anterior a punta de falopa. Serían las cuatro de la tarde cuando me di por vencido. “Voy a dormir, mañana tengo que trabajar”, dije, y me fui a acostar a mi cama. Dormí profundamente, y cerca de la una de la mañana, mi celular comenzó a vibrar, pues había recibido un mensaje de texto. Era de Viviana, una amiga del barrio, y decía “Se murió Juanito hace una hora, de un infarto”. Me asusté. Él era apenas un día menor que yo, y se había muerto de un ataque al corazón. Según supe después, había ido a jugar a la pelota, y cuando volvió se fue a duchar. En eso estaba cuando se desplomó. Todos asistieron al funeral, pero yo no podía ir. Las veces que he vuelto a Santiago, no me he hecho el tiempo de ir a verlo. Mi madre me contó que mi padre, al enterarse de la noticia, llegó llorando a casa, y le dijo a ella “ha ocurrido una tragedia en el barrio”. Y era eso, una verdadera tragedia. A veces pienso en Juanito, y me siento culpable por no haberlo ido a ver aún.

Andrés aparece tapándose la cara en la foto. Por esa época, él usaba siempre la misma polera que Fafo había pintado, así que eso lo obligó a cambiársela, pero no ocurrió lo mismo con los pantalones, que lavaba regularmente para volver a usarlos al día siguiente. Andrés era un verdadero crack en el fútbol, y nos sorprendía a todos con su enorme habilidad. A veces, en las pichangas, por puro gusto se pasaba al equipo contrario, uno por uno, arquero incluido, y no hacía el gol. Sólo se devolvía y se los pasaba de nuevo, entonces convertía. Siempre andaban juntos con Cristián y, de hecho, jugaron fútbol en las inferiores de Unión Española. Era un chico risueño, algo alocado, pero un buen amigo. De pronto, en algún momento, empezó a cambiar, y muchas de sus actitudes comenzaron a parecernos extrañas. Hablaba solo en los carretes, como si estuviera dialogando consigo mismo. A veces, incluso, se echaba una talla, y los demás lo oíamos y reíamos de buena gana. Su tema predilecto era la música, y continúa siéndolo. Con el correr del tiempo, todos en el barrio se fueron enterando de su condición, de que los vecinos del departamento en donde se había ido a vivir en Quilicura, querían que se fuera pues escuchaba a Cannibal Corpse todo el día y toda la noche a un volumen fortísimo. Muchas veces Andrés no podía contenerse en los carretes, y terminaba dando un jugo de aquellos. Una vez, en un asado en la casa de Claudio, echaba grandes pedazos de carne en un vaso con piscola, y luego los engullía enteros, como un pato. Después de un rato, vomitó en el baño, y siguió en el pasillo y en el living, y se fue. Su madre estaba preocupada, ya que lo había visto jalando ya varias veces. De seguro no fumaba pasta base, pero de que jalaba, jalaba, y siempre andaba con una dosis, por pequeña que fuera. Por lo mismo, su madre decidió internarlo, y pasó una época en el siquiátrico, ahí en Olivos con Avenida La Paz. Fue un período duro para él, que debió pelear con sus propios demonios. Desde entonces intenta volver a ser el de antes, y todos estamos esperanzados en ello. No por nada sigue apareciendo en los carretes, y no por nada siempre le enviamos fuerzas y energías para que siga adelante, para que vuelva a ser él mismo.

Hay varias anécdotas que nos involucran a todos, pero hay una que recuerdo con especial atención. Ocurrió una tarde de verano, cuando aún éramos menores de edad, salvo Fafo. Por eso mismo, fue él quien apareció en la botillería y compró una cerveza de litro para los cinco. Nos sentamos en uno de los bancos que estaban más escondidos, pues la plaza sólo daba a tres calles, y una de las orillas daba a una hilera de casas. En una de ellas había un taller mecánico, y siempre había autos ahí, tapando el pasaje que cruzaba el lugar. Todos nos estábamos riendo, con el nerviosismo infantil de ser pillados por los pacos o por algún vecino. Y claro, de pronto apareció una patrulla por una de las esquinas. Nos urgimos, de pronto ya no estábamos tan risueños. Bajamos la botella y la escondimos con nuestras piernas, esperando que la patrulla pasara, pero dobló en la esquina y se metió por el pasaje, justo en donde estábamos nosotros. Cuando estuvo detrás de los autos, nosotros apretamos cachete en distintas direcciones: Juanito fue hasta la cancha donde solíamos jugar a la pelota, Andrés se fue hasta el almacén de su abuelo, Fafo corrió hasta el supermercado que estaba frente a la plaza, Cristián se escondió en otra plaza y yo arranqué con la botella directo hacia uno de los varios pasajes que habían por ahí cerca. Esperé durante minutos a que hubiera alguna reacción, algún movimiento, pero ninguno de los chicos apareció. Me fui caminando con la botella por una estrecha callejuela, y salí hasta el almacén del abuelo de Andrés, en la esquina de mi casa. Ahí estaban, de nuevo, Andrés y Cristián. Al rato, apareció Fafo junto con Juanito. Nos terminamos la cerveza sentados en el banco de afuera de la casa de Juanito, y nos dedicamos a ver pasar la tarde. En una de esas, pasó mi papá, camino al supermercado, pero al otro, al más grande. Nos vio a todos, y nos saludó. Rato después, de vuelta, cruzó la calle hacia donde estábamos, y nos regaló un pack de cervezas. “Para la sed”, dijo, y se fue. Nosotros, felices, brindamos por aquella salida de mi padre. Lástima que no podamos tomar otra foto.

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