viernes, julio 10, 2009

XII.- MUÑECAS

MUÑECAS

A veces hay historias que uno escucha por ahí, y que resultan de tal manera significativas, que uno no tiene cómo deshacerse de ella, aunque tampoco se sepa muy bien cómo plasmarlas. Por lo tanto, se podría decir que esto es apenas un intento, un bosquejo de algo que busco, que lo tengo frente a mis narices y que me ha partido la cabeza en varias ocasiones, en tentativas que se han ido multiplicando con el tiempo. Hoy encontré no uno, si no dos manuscritos a medio terminar que intentaban narrar la historia que contaré, y para la que siempre he tenido en mente el título de “Muñecas”. Pues bien, la historia comienza aquí:

Íbamos con Duarte al mismo pub en donde habíamos visto quedarse dormido en la taza, con la mierda desparramada, a aquel adorable curado que se lo quería meter a un perro. Nos encontramos con Kathy, la novia de Duarte, y un par de amigas de Kathy con las que nos veníamos juntando desde hacía un rato. Siempre quedábamos los viernes por la tarde, después de las siete u ocho de la noche. En el local ya nos conocían, y éramos de los privilegiados que dejábamos los bolsos y chaquetas dentro de una trastienda al fondo de la barra, podíamos servirnos solos y cancelarnos nosotros mismos en la caja, o incluso pedir alguna cerveza al lápiz de vez en cuando. Ahora era un cumpleaños, el de una de las amigas de Kathy, una chica morena y de ojos grandes llamada Magali. Pololeaba con un tipo llamado Guillermo, que no se encontraba en ese momento. La otra amiga era Carola, una chica que había terminado hacía poco con su novio de años, y que aún se encontraba resentida por ello. Ellas ya estaban allá cuando llegamos con Duarte, directo desde Conchalí. Para variar un poco, pasamos a comprar un par de porros y ya íbamos bien volados. A Duarte se le notaban los ojos chicos, y tenía una sonrisa estúpida en la cara, que se amplificaba cuando su novia le decía cualquier cosa. Yo me senté frente a él, así las chicas nos rodearían. Las saludé a todas de beso en la cara, y felicité a la cumpleañera, dedicándole una sonrisa sincera. El tiempo comenzó a fluir con velocidad, la gente hablaba y reía y las botellas de cerveza comenzaban vaciarse. De pronto el tránsito de la gente por la calle comenzó a hacerse más activo y en un solo sentido. Debíamos haber llegado antes de las siete, pues a esa hora debían llegar los internos que ocupaban el Centro de Reclusión Nocturna (¡vaya nombre para una cárcel!), y que estaba a menos de una cuadra hacia el oriente. Se me ocurrió que sería un lindo gesto regalarle un cigarro a uno de los presos, al primero que pasara o que se detuviera frente a la reja que separaba la terraza de la vereda. Llamé a un par de tipos que no me pescaron, pero el tercero se paró en la reja. Le ofrecí una cajetilla de cigarros que andaba trayendo desde hacía un rato, y se lo extendí por entre las mallas metálicas. “Compadre, para que palee un poco el aburrimiento”. “Gracias, hermano”. Tenía pinta de hippie, con una polera multicolor, unos pantalones de hilo café, zapatos de gamuza y un morral tejido que llevaba a su costado. Sus ropas estaban sucias, avejentadas, llevaba una gruesa barba y el pelo hecho dreadlocks, su rostro parecía muy viejo, con grandes surcos que lo volvían más expresivo. Olía como el demonio, pero me dio un sincero apretón de manos, y me dijo “gracias, hermano, hoy es mi cumpleaños y es el primer regalo que recibo”. Todos quedamos perplejos, le di la cajetilla entera y el tipo se fue corriendo ansioso, como si hubiera recibido un enorme premio y tuviera compulsión por cobrarlo, o como un niño al que se le regala un dulce y quisiera compartirlo con sus amigos.

- Eso fue lindo –me dijo Carola.
- Sólo fue una cajetilla, yo puedo comprarme otra.
- Ése no es el punto. La cosa es que nadie más se había dado cuenta de que pasaban, y menos se preguntaban quiénes serían aquellos tipos.
- Todos saben quiénes son.
- Yo no, no tenía idea –replicó Carola.
- Yo tampoco –dijo Kathy, abrazada a Duarte, que seguía con un vaso pegado a su mano.
- Bueno, ahora lo saben. Eso no cambia mucho las cosas. Nosotros seguimos aquí, ellos siguen teniendo que venir cada noche.
- Pero ese tipo te dio la mano, y era su cumpleaños –dijo Carola.
- Pudo estar mintiendo.
- Eso no es importante, a lo mejor es el primer regalo que recibe en meses. Además, está de cumpleaños el mismo día que Magali.
- Bueno, salud por eso –levanté mi vaso y los demás siguieron el ejemplo. Quise olvidar la situación, no darle tanta importancia, pero no pude dejar de sonreír sólo por un instante.
- Eso me recuerda otra historia, también en un cumpleaños –dijo Magali.
- A ver, cuéntala.
- No, es muy triste.
- Ya pues, cómo no la vas a contar, si ya empezaste.
- No, es que de verdad es triste.
- Cuéntala. Después estaremos tan ebrios que ni nos acordaremos –no fue mi mejor argumento. Me sentí bastante huevón, pero ella se rió.
- Bueno… aquí va.

Una amiga suya, Fernanda, tenía una hija que estaba a punto de cumplir cinco años. Como era todo un evento para la pequeña, la madre organizó una fiesta casi a regañadientes, pues trabajaba duramente por un sueldo mísero, y sólo tenía un par de piezas que arrendaba en un cité del centro. La niña se llamaba Violeta, y se habían visto con Magali varias veces, debido a que Fernanda iba con cierta regularidad a contarle sus dramas, y no podía dejar a la pequeña sola. Después de un tiempo, Violeta comenzó a jugar con Magali, y se habían hecho muy amigas, así que se podía decir que la invitación era directa de parte de la festejada. Magali se perdió antes de llegar a la fiesta, pues nunca había ido a casa de Fernanda, y Violeta había hecho notar esta situación, decidida a que cambiara, y le dijo a su madre un argumento que no pudo rechazar para la fiesta: nunca volvería a tener cinco años. Bastó un llamado por celular para que Fernanda saliera a buscar a la perdida, y la llevara por el espeso barrial que se formaba en la estrechez del cité, luego de atravesar un enorme portón negro que separaba al interior de la calle. Era un camino oscuro, además, incluso de día no llegaba la luz del sol. Así que el lugar era húmedo y frío en invierno, y asfixiante en el verano. En las dos piezas había música, un par de adultos sentados en los sillones bebiendo pisco sour, y varios niños jugando alrededor, con sombreros de colores en sus cabezas, y serpentinas y challas que colgaban de las paredes. Magali saludó a los grandes, que parecían estar muy cansados de quizás qué.

- Oye, tu casa está linda –dijo Magali. Lo decía en serio, aunque no podía obviar el hecho de que era un sitio muy pobre.
- Gracias, pero no es tanto. No me gusta vivir aquí, lo hago porque no tengo otro lugar. Mira, acá –se paró frente a ella en la misma habitación, y mostró todo lo que la rodeaba- está la cocina y el living-comedor, todo en uno. El baño está afuera, a mano derecha, te aviso al tiro por si te da por ir.
- ¿Y el dormitorio?
- Está por acá –la llevó hacia la derecha y cruzaron una puerta emplazada en un delgado tabique que servía de separación. El dormitorio era mucho más oscuro que el living. Había una cama de dos plazas, un velador y una mesita pequeña con libros y útiles escolares, además de mucha ropa tirada por ahí y algunas cosas que la oscuridad ocultaba-. Acá dormimos las dos con la Violeta.
- ¿Y dónde está ella?
- Por ahí debe andar, jugando. La saludas cuando volvamos.
- Quiero entregarle el regalo.
- Despreocúpate, le llegaron hartos regalos, así que todavía los está inspeccionando y mostrándoselo a sus amigos.
- ¿Esa muñeca también? –preguntó, apuntando a una enorme muñeca que estaba guardada en una caja sobre la cama, sobre una estantería, y que se hizo visible cuando Magali se acostumbró a la oscuridad.
- No, ésa se la regalaron hace rato.
- Pero es preciosa, mírala, qué linda. Parece una niña de verdad.
- Lo sé. Se la regalaron cuando nació, un amigo que yo tenía en esa época, y que lo he visto muy poco después de que terminé con Carlos.
- ¿O sea que hace cinco años que la tienes ahí?
- Sí, la Violeta me ha pedido que la saque, pero no he querido hacerlo. Siempre ha estado en la caja.
- Pero huevona, cómo no se la pasas. Hace cinco años que la tienes ¿Por qué no se la pasas para que juegue un rato?
- No se la paso porque… chucha, qué fuerte decir esto… no se la he pasado nunca porque es lo más caro que hay en la casa…

Magali no supo qué decir. Era una idea tan compleja concebir la pobreza así, mirarla así. Sólo se quedó mirando a su amiga, sin poder decirle nada. Sentía los ojos llorosos, pero no quiso soltar ni una lágrima, era el cumpleaños de Violeta.

- ¿Por qué no la sacas? Un momento, para que juegue con ella.
- Pero son cinco años, es lo más caro que tengo
- Es el cumpleaños de tu hija. Ella misma lo dijo, no volverá a tener cinco años.

Aquel maldito argumento le volvió a pegar de manera irrefutable. Fernanda no tuvo otra opción más que bajar la muñeca con caja y todo, llamar a su hija, que corría entrando y saliendo con regularidad de la casa, mientras sacaba con sigilo a la muñeca del envase. Cuando Violeta escuchó su nombre y advirtió que estaba Magali, partió corriendo a darle un fuerte abrazo a sus piernas. Llevaba un vestido blanco, con vuelos y una gran faja púrpura que le daba la vuelta a su panza y que estaba amarrada en su espalda, además de medias blancas y zapatos morados. Unas bellas alas de angelito estaban adosadas a sus hombros, y todo era complementado con un cintillo de la misma tela que llevaba en la barriga. Se veía hermosa.

- ¡Hola, tía Magali!
- Hola, mi amor, feliz cumpleaños. Mira, te traje un regalo –abrió su bolso y hurgó dentro, hasta que sacó un pequeño y hermoso paquete, que se lo entregó a la niña extendiendo su mano. Se había colocado de tal manera que la niña no podía ver lo que su madre hacía.
- ¡Gracias, tía! ¿Qué es?
- Tendrás que verlo solita, porque no te quiero embarrar la sorpresa. Además, te tengo otro regalo.
- ¿En serio? ¿Y qué es?

Entonces Magali se hizo a un lado, y su madre le ofreció aquella inmensa muñeca rubia, que aún conservaba las pilas originales y que nunca había estado expuesta al aire, al polvo, a nada. Violeta miraba a la muñeca, como hipnotizada. Dio un paso muy breve, de manera que quedaron con las miradas enfrentadas. Violeta no decía nada, parecía congelada; extendió de pronto los brazos, y rodeó al juguete, lo abrazó con mucha fuerza, pero aún permanecía muda, al igual que la muñeca y su expresión estática. Magali miraba la escena esperando que algo ocurriera, pero Fernanda parecía casi tan inmóvil como su hija, aprisionadas sus manos en un agarrón mutuo, como si rezara. Finalmente, la niña dejó caer una lágrima por su rostro, y luego fue otra, y varias más les siguieron. Ninguna se movía. Sólo Violeta atinó a decir algo, que era lo más apropiado para ese momento, y que ninguna pudo haber dicho: “Feliz cumpleaños”. Y siguió abrazando a su muñeca.

Todos estábamos boquiabiertos. Era una historia preciosa, de verdad. Prometí que en algún momento la escribiría, y de eso han pasado ya unos cuantos años. Aún recuerdo la impresión que me produjo, y creo haberla contado unas cinco veces en algunos lugares. Pero nunca olvidaré que la escuché ahí por primera vez, el silencio producido y la sensación de querer abrazar a la pequeña y a su juguete. “Y en este momento todos lloran” dijo Duarte. Nos cagamos de la risa. Cuando dejamos de reir, alzamos los vasos de nuevo, e hicimos salud. “Feliz cumpleaños” repetimos todos, y nos quedamos en silencio unos cuantos minutos. Afuera, ya no pasaba ningún preso.

1 comentario:

Vale dijo...

Qué título tan coincidente!!!! Vale