Menos mal que ya terminaba el día. Debía ser jueves, seguro, alrededor del día 25 de un mes incierto, pues mis bolsillos no tenían nada de dinero, por lo que todo el tiempo que estuve en la tienda, intenté conseguirme algo. Quería un par de lucas, pero sólo conseguí lo suficiente para no tener que irme caminando hasta la casa de Karina, mi novia, quien había tenido el día libre. Así que llegada las nueve de la noche, agarré mis cosas, apagué los equipos y me fui sin despedirme de nadie, pensando en la lentitud con la que las horas se habían ido derritiendo. Atravesé la puerta sobre la cual un letrero prohibía el paso de cualquier persona que no trabajara en el local. Como en todas esas puertas, el misterio no era más que una escalera que culebreaba por las murallas hasta el nivel de la calle, una construcción descuidada en la que sobresalían el montacarga y una jaula en la que se depositaban los desechos de los cargamentos que iban llegando. Y allí, en aquel lugar, estaba la puerta por donde entraban y salían todos los funcionarios de la tienda, y era en ese acceso en donde permanecía un guardia, día y noche, inspeccionando los bolsos de todos. Había días heladísimos, y entonces el guardia de turno se enfundaba en un grueso overol térmico, lo que le daba un aspecto de oso surrealista. Ese día estaba un tipo pequeño y calvo, de cara gruesa, arrugada, y expresión aburrida. Abrí mi bolso, pero no notó el afinador que me había robado.
Caminé un trecho hasta un paradero que estaba un tanto alejado del centro comercial, con tal de no irme parado en la micro, cosa que conseguí. El lado de la ventana, mirando al mar, a aquella oscuridad absoluta en la que se perdían las islas, los poblados, las montañas. Saqué un libro de mi bolso, Trópico de Cáncer, de Henry Miller. El vehículo se aproximaba sin prisa al centro comercial, y todo indicaba que el chofer se estacionaría un momento afuera de aquel lugar, con la intención de llenar la micro. Ya me había hecho a la idea de aquello, así que me arrellané como pude en el asiento y abrí el libro, justo en las aventuras del señor Nulidad. Comenzó a subir un variopinto grupo de pasajeros: estudiantes con olor a copete, vendedores y promotoras de distintas marcas, señoras que peleaban los asientos que quedaban libres, hombres gordos vestido con camisetas de equipos deportivos, oficinistas deseosos de fin de semana, escolares de uniformes oscuros y risa fácil. El chofer prendió la radio, alguien con una sopaipilla en la mano pidió que lo llevaran por 200, pero la petición fue denegada. La micro comenzó a andar, y el sonido de la radio fue consumido por el rugido del motor. El volumen de la radio subió, y entonces se escuchó un “nuestro señor Jesucristo” desde los parlantes. Traté de concentrarme nuevamente en el señor Nulidad, pero el tipo que hablaba por la radio estaba en una catarsis de gritos, rezos y exclamaciones al cielo: “¡Porque ya no tendrás nada que temer, pues Dios es más grande que tu problema, Dios es amor, Dios es el camino, la verdad y la vida, Dios de fe y esperanza que todo lo gobierna y todo lo sabe, entrégate y cambia tu vida, sueña con un futuro mejor, con una esperanza de vida digna y alejada de los caminos de Satán…!”. La cosa estaba empezando a molestarme, pues toda esa perorata de mierda con respecto a la fe,se asemejaba harto a imposición. No podía concentrarme en la lectura de algo tan deliciosamente indecoroso como el socio de Henry Miller cagando en un bidet en una casa de putas parisiense, con todas esas referencias a Dios, al pecado y el arrepentimiento y la culpa y la moral y huevadas. Desde mi asiento, grité al asiento del chofer “Oiga, ¿puede bajar la radio?”. El susodicho se limitó a mirar con cara de enojado por el retrovisor. Esperé alguna otra reacción, pero nada. Grité lo mismo, con el mismo resultado. A la tercera vez, decidido a que cambiara o apagara la radio, me paré de mi asiento y me abrí camino hasta llegar adelante, donde el hombre conducía.
- Disculpe, no sé si me escuchó, pero pedí tres veces que bajara la radio.
- No quiero -dijo él, con cara de enojado.
- Oiga, no se trata de que usted quiera o no, usted está obligado.
- Claro que no, no estoy obligado. Si no quiero, no cambio la radio.
- Pero usted tiene que saber que existe un artículo que dice textualmente que la radio del vehículo puede funcionar con volumen moderado y siempre que ningún pasajero se oponga. Bueno, yo me opongo.
- ¿Y por qué? Yo no tengo por qué hacer lo que usted me dice –continuaba el tipo. De verdad era una situación molesta.
- Da lo mismo por qué, aunque si quiere saberlo, no creo en Dios y me parece muy violento que trate que los demás creamos. Vengo cansado de mi trabajo y no quiero escuchar esto.
- Yo también estoy cansado, y no quiero cambiar la radio. Toma –me dijo, extendiendo su mano con el importe de un pasaje-. Si quieres ándate en otra micro, pero yo no voy a cambiar la radio.
- Esto no se trata de que quiera o no, yo pido un derecho, nada más.
A esas alturas, algunas personas comenzaron a cuchichear y a lanzar ciertos gritos hacia delante. Decían “ya pues, que se deje de molestar”. Yo no hice caso, y seguí hablando con el conductor. El cartel que decía aquello de “la radio del vehículo puede funcionar…” estaba tapado por un póster que anunciaba unas carreras a la chilena en Maullín. Le hice notar esto, descorriendo la cinta adhesiva que sostenía el anuncio. “¡Deje eseo ahí!” dijo el tipo, enojado. Seguía extendiendo la mano con el dinero. La micro subía por Crucero, una cuesta pronunciada que se abre de pronto en un mirador de la bahía. La voz del pastor seguía al mismo volumen, y los cuchicheos aumentaban. “Que se siente”, “no reclame más”, “para qué molesta tanto”. Aquello era indignante. De pronto, un tipo que iba en el primer asiento, detrás del parabrisas, se acercó a mi lado a decirme algo que no alcancé a escuchar. Me agaché. “Déjese de molestar al hermano o le puede ir mal”, me dice. “¡Sólo tienes que confiar en el amor de Dios!”, salió por los parlantes. “¿Y por qué no te metes en tus huevadas, concha-de-tu-madre?” le respondo. El chofer bajó el volumen, y escuchó aquella respuesta. La máquina se detuvo de un frenazo, y el conductor se paró con una amenazante cara de indignación. Por fin podía verlo con claridad, su cabeza con una calva reluciente, la boca que caía oblicua por un lado de la cara, las profundas arrugas de su cara, su cuello largo y lleno de pliegues, y cerca de un metro ochenta de huevón y una robusta contextura que parecían amenazantes a esa distancia tan breve. Ya me había metido en camisa de once varas, pero no estaba dispuesto a retroceder ni cambiar mi actitud. Todo tenía un aire insoportable a pelea. Pensé que quizás obtendría el apoyo de algunos pasajeros, pues todo me indicaba que estaba en la razón. Pero sólo escuché “¡Bájenlo!”, “¡sáquenle la mierda por sacrílego!”, “¡échenlo!” y cosas similares. Era obvio que no obtendría nada de ahí, y la perspectiva de pelear con un grupo de personas distaba mucho de la de enfrentarme solo a un evangélico de metro ochenta. “Está bien”, les dije a los pasajeros “no era mi intención molestar en su viaje, sólo pedía un derecho que me estaba siendo negado”. Me estaba tirando al piso, intentando conseguir algo de lástima. Nada. Estaba derrotado, herido, humillado. Comencé a bajar los peldaños de la pisadera, la puerta se abrió, el frío me llegó de golpe. No había pisado la calle aún, cuando una señora gorda y negra se paró de su asiento, al fondo de la micro, y rompió el silencio en el que la micro había quedado, gritando “¡NO PUEDEN CALLAR A JESUCRISTO!”.
El bus se alejó afirmándose apenas de la cuesta. El viento comenzaba a subir la intensidad. En la vereda de enfrente, se extendía aquel mirador en el que no se veía nada más que la oscuridad del mar y las luces de la ciudad. Era una bella imagen. Aún faltaba media hora de caminata hasta la casa de Karina.
martes, abril 28, 2009
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2 comentarios:
"Banda sonora de la derrota, literatura sin importancia e historias de vidas breves, como si a alguien le interesara"...Hasta esto está bueno..!
Hola, respondo acá también:
No entré por tu antiguo nombre, no lo conocía, sino por un enlace a tu perfil, a través de "la Rengs".
Entré y me gustó lo que leí, simplemente eso.
Gracias x pasar, saludoss ;)
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